Techo y comida | Madre coraje

Es inevitable, a la par que evidente, que el contexto sociocultural de un país condiciona, entre otras muchas cosas, el cine que este país produce. Las bruscas transformaciones y el gradual deterioro que ha ido viviendo España con la crisis económica se han convertido en la fuente de nuevas historias, enfoques y oportunidades creativas. La crisis nos ha separado como en 10.000 km. (íd., 2014), nos ha obligado a cometer barbaridades como en Magical Girl (íd., 2014), pero, sobre todo, nos ha obligado a sobrevivir, intentar seguir vivos, ante todo y contra todo. Es ahí donde aparece Techo y comida (íd., 2015), ópera prima de Juan Miguel del Castillo, reclamando el grito de angustia e indignación más visceral de esta tormentosa etapa.

Ambientada en el verano de 2012, Techo y comida nos presenta a Rocío (Natalia de Molina), una joven madre soltera de Jerez de la Frontera que debe cuidar a su hijo pequeño. Con muchas dificultades y sin recibir ningún tipo de ayuda por parte del Estado, vemos a Rocío pasar de trabajo precario a trabajo precario, paseando entre figuras abusivas y entrevistas sin futuro, alargando el brazo, pidiendo una oportunidad sin ningún éxito. Yendo, fundamentalmente, de miseria en miseria.

El debut como director de Juan Miguel del Castillo ha sido bien recibido. De hecho, le ha valido el Premio del Público en el Festival de Málaga y el Premio Asecan, entregado por la Asociación de Escritores Cinematográficos de Andalucía, a Mejor Ópera Prima. Me atrevo a decir, sin embargo, que lo que realmente brilla en esta película más allá del guión y la dirección, es la labor interpretativa de Natalia de Molina.

Sí, Techo y comida es cine social, cine de denuncia que existe para dar un golpe sobre la mesa, pero si no fuera por Natalia, este largometraje sería un ejercicio paupérrimo, un grito aislado sin posibilidad de que nadie lo escuche. Sin Natalia de Molina para ponerle cara, carne, sudor y lágrimas a esta película ─aún no puedo olvidar la escena inicial con Rocío despertando en medio de la noche, ahogada, sufriendo uno de tantos ataques de ansiedad─, la película, sin duda alguna, perdería fuerza de forma importante.

A pesar de representar de manera adecuada el viaje emocional de esta madre dispuesta a todo por proteger a su hijo, el mayor fallo de una película como Techo y comida es no abundar en lo humano y quedarse en lo expositivo, en mostrar un aspecto del sufrimiento que solo puede recibir el adjetivo de burocrático. Así, con un ritmo monótono y peligrosamente cercano al tedio, solo son momentos puntuales los que brillan en esta producción que, de otra manera, podría haber explorado con mayor éxito los detalles más dramáticos de aquellos que no tienen más remedio que buscar entre la basura porque de otra manera no tendrían qué comer.

No obstante, con todos los fallos, uno no puede dejar de pensar que películas como esta siguen siendo necesarias. Es necesario que alguien muestre, que alguien entre, que alguien nos diga que veamos el sufrimiento. Y aunque donde más pierde sea en el balance del drama con la crónica social, uno tiene que reconocer que Techo y comida es un gran intento por mostrar los distintos matices de una España que en 2012 conquistaba triunfos en el ámbito deportivo que provocaban que se implante una endeble imagen de conquista. En 2012 todos éramos españoles y preguntábamos a quién había que ganarles ahora. Y películas como Techo y comida nos recuerdan que no debemos olvidar lo que estaba debajo de esa tan frágil máscara de celebración. [6]

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