The Florida Project | Motel, dulce motel: Las aventuras de Moonee

Antes de acercarme a The Florida Project (íd., 2017) solo había visto una película de Sean Baker, Tangerine (íd., 2015), la cual se hizo más o menos famosa en los festivales por donde circuló —entre ellos Sitges 2015 y Americana 2016— por el hecho de haberse rodado con un iPhone 5s, fama a la que hay que añadir el hecho de que Mya Taylor fue la primera persona transgénero en ganar un Gotham y un Independent Spirit. El film me parece excelente por su humor y por el rico universo rebosante de energía y diversidad donde transcurre la acción, pero sobre todo me cautiva la mirada natural y nada moralista de Baker hacia este universo y la miseria que acompaña las vidas de las protagonistas día a día y que se encuentra en las antípodas de la perfección prefabricada vendida por Hollywood.

The Florida Project se mueve en las mismas líneas que su anterior proyecto, o incluso en un universo similar al de American Honey (íd., 2016) —algo que ya comentó mi compañero Daniel Pérez-Michán tras su paso por San Sebastián—. En este caso nos centramos en el verano del dúo madre-hija que forman Halley y Moonee, quienes por su situación económica no tienen más remedio que vender perfumes de imitación e intentar conseguir comida gratis de amigos y conocidos mientras viven en un motel mediocre de Florida a dos pasos del lugar más mágico del mundo, Disneyland. Esta curiosa contraposición es la que animó a Sean Baker y su co-guionista de confianza Chris Bergoch a retratar la realidad de muchas familias sin medios. Sin embargo, el foco de la película se encuentra principalmente en el personaje de la niña de seis años, dando pie a que ambos construyan un retrato vivo de la como la infancia y su ilusión prevalece en un entorno rodeado de pobreza.

El Celebration de Kool & the Gang con el que empieza el film, acompañando los créditos iniciales, podría engañar a algún espectador despistado sobre lo que se va a encontrar, ya que no hay nada que celebrar en la precariedad en la que viven los personaje, pero sí puede ser tomado como un presagio del entusiasmo y la inocencia que Moonee y sus amigos contagian al relato en sus aventuras por Florida. Pero aunque esto sea el show de Moonee, no podemos olvidar a su madre, Halley. Este personaje me resulta especialmente interesante porque se encuentra en una situación parecida a la de Alexandra y Sindee en Tangerine: chica joven que malvive como puede dentro de una economía submergida y sin expectativa alguna de futuro. A todo esto hay que añadir su responsabilidad como madre, formando todo un conjunto de rasgos que, de la manera que están tratados en The Florida Project, demuestran la sensibilidad y falta de juicio moral características de Sean Baker.  Otro personaje relevante es el de Bobby, el guardian del Magic Castle que bordea la línea entre encargado de motel cascarrabias y figura paterna para el dúo protagonista.

Por su interpretación como Bobby es por la que Willem Dafoe ha sido nominado como Mejor Actor de Reparto en la presente edición de los Oscar. Bajo mi punto de vista hace un gran trabajo pero está por debajo de otros nominados —y no candidatos— a la estatuilla y también por debajo de las dos figuras femeninas de esta obra. Bria Vinaite debuta en la actuación después de ser encontrada por el director en Instagram y goza de una gran credibilidad como Halley, pero es devorada por la pequeña Brooklynn Kimberly Prince. El carisma y encanto que derrocha la niña de seis años en cada uno de sus diálogos, unidos a su energía hacen difícil que no te enamores de ella, convirtiéndose totalmente en el alma de la película, como ya sucediera con Laia Artigas en Verano 1993 (Estiu 1993, 2017).

Por último toca hablar de lo formal, lo que puso Tangerine en el mapa hace tres años. The Florida Project se sitúa en las antípodas de aquella al sustituir el iPhone por el celuloide de 35 mm, algo que le aporta una textura especial a la película y que Baker se ha podido permitir gracias al mayor presupuesto del que dispone en esta ocasión. Eso no quiere decir que la película se mantenga plana y convencional en lo estético, ya que el diseñador de producción Stephonik Youth y el cinematógrafo Alexis Zaba trabajan codo a codo para hacer que los escenarios se magnifiquen como si estuviesen siendo observados desde la mirada de un niño. El tratamiento que se hace del color para lograr resultados exagerados y vibrantes —como sucede con el morado pastel característico del motel— o el uso de planos fijos y muy abiertos de las llamativas localizaciones por las que circulan los pequeños protagonistas son un par de ejemplos de recursos con los que se logra este efecto y que permiten que la propuesta de Baker sea más especial.

Con sus últimas dos películas, desgraciadamente las únicas que un servidor ha visto y puede hablar con propiedad, Sean Baker ha ido erigiéndose como uno de los cineastas independientes más interesantes del panorama actual, tanto por el tratamiento que hace de ciertos temas espinosos pero importantes como por la personalidad que consigue imprimir a nivel formal en sus proyectos. Desde aquí solamente puedo recomendaros The Florida Project y animaros a que os acerquéis al reino mágico de Moonee para dejaros embelesar por la inocencia y entusiasmo que Brooklynn Prince consigue transmitir con tanta naturalidad.  [★★★★]

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