Una mujer fantástica | El huracán Marina

A Sebastián Lelio, a juzgar por sus dos últimos filmes, le fascinan los personajes que no encajan en el canon, aquellos que están, casi siempre, al margen del relato, solos, sometidos a miradas hipócritas, decididos a reclamar el derecho de hacer con sus vidas los que les dé la gana. Vivir, sentir y sufrir como ellos deseen, al ritmo que quieran, sin ser cuestionados. En Una mujer fantástica (íd., 2017), su largometraje más reciente, ahora en cartelera, Marina, una joven mujer transexual, es el centro de una historia sobre el renacer y el cambio constante, aunque en el proceso se presenten obstáculos de gran magnitud.

Marina (interpretada por una cautivadora Daniela Vega) trabaja como camarera por el día y como cantante de salsa en un club local por la noche. Su novio es un hombre recientemente divorciado de casi 60 años llamado Orlando. Viven juntos y parecen ser felices. Y siendo lo felices que son, planean irse de vacaciones a las cataratas del Iguazú, para disfrutar de un amor que es interrumpido por la muerte de Orlando, que sufre un aneurisma mientras duerme. A partir de ese momento, Marina se ve activamente afectada por el pasado de su pareja, perseguida agresivamente por su ex esposa y sus hijos, además de ser asediada por aquellos que, en teoría, están allí para “apoyarla en un momento delicado”, aunque eso solo sea un eufemismo para hacerla desaparecer de la foto o hacer que se pierda en un segundo plano.

Pero Marina es, tras esa mirada, al inicio inocente y luego silenciosamente furibunda, un huracán. Y ante los prejuicios y la velada violencia que le llega de todos lados (le quitan el apartamento, el perro, le registran el cuerpo y la tratan como un objeto), Marina es capaz de hacerle frente a todo. O quizá para ponerlo en una expresión más pintoresca (y usar las palabras de la propia Daniela Vega al describir a su personaje), “a Marina le podría caer una casa encima y encontraría el momento justo para escabullirse por una ventana y salir”. Y a pesar de no llegar ilesa al final de este viaje, Marina llega transformada en alguien decidida a ser dueña de sí misma y, por lo tanto, ser dueña de su dolor y el duelo de haber perdido a alguien que la amó sin ningún tipo de reparo en este mundo intolerante y absurdo.

Hay muchas cosas bien hechas en una película como Una mujer fantástica, desde aquel plano inicial de unas cataratas de escenario paradisíaco hasta aquella secuencia en la que Marina ofrece resistencia al viento incontrolable de un Santiago sacado del realismo mágico. Pero si bien imágenes como la de una endemoniada Marina subida al techo de un automóvil pidiendo que le devuelvan a Diabla (la perra que le dejó Orlando) tienen el potencial de dejar una impronta marcada, el ritmo de la película es más bien irregular y la historia sufre de que, aunque cautivadora, Daniela Vega no es todo lo convincente que su personaje necesita. Las escenas más contemplativas o con intenciones simbólicas en ocasiones carecen de lo que abundaba en Gloria (íd., 2013), la naturalidad de una actriz como Paulina “Paly” García, que era capaz de levantar cada secuencia floja, cada momento muerto.

Y aún así, pensando ahora en esto que solo puedo describir como una falta de contundencia o que quizá solo sea la inevitabilidad de caer en el terreno de lo cauto, Una mujer fantástica es una cinta que no me he podido sacar de la cabeza. Y he pensado sobre todo en cómo se castiga al que se expone tal y como es, mientras la apariencia de quien lleva el uniforme de un policía, un médico o un miembro de una familia “normal” es donde realmente se esconden respuestas aterradoras. Por eso, mientras sé que la película bien podría ser mucho más confrontacional, me fascina que se haya encontrado espacio en Latinoamérica para contar historias que, aunque dejen aún mucho que recorrer, se sientan tan naturales y, aunque en justa medida, especialmente estremecedoras, tan estremecedora como puede llegar a ser Marina. [★★★]

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