Verano 1993 | El verano de nuestra infancia

Cuando eres un niño los veranos se hacen eternos, en el mejor sentido de la palabra. Más que una estación es un estado de ánimo, pero esta utopía infantil dura solo tres meses al año. Recuerdo ansiar el verano en pleno invierno como quien espera encontrar un oasis en un desierto. Nunca recordábamos el calor, las picaduras de mosquitos (e insectos varios) o esa extraña y cansada sensación de estar mucho rato aburrido, que personalmente repudio. Por el contrario, siempre nos ilusionaba volver al verano porque eso nos recordaba a las mil y una aventuras que habíamos obrado a lo largo de nuestra corta vida en ese periodo que abarca desde finales de junio a principios de septiembre y el no tener que ir al colegio y poder hacer lo que uno quisiera era un lujo que solo se podía permitir uno en verano a tiempo completo. Yo no sé vosotros, pero mis veranos de la infancia eran playa con la familia, jugar a videojuegos, repetir hasta la saciedad la/s película/s que en aquel momento estuviera devorando y, claro está, irme de vacaciones a lugares que nunca habían pisado mis aún pequeños pies.

El verano de Frida que se nos muestra en la película es bastante diferente al concepto que mi yo de niño tenía de verano. Frida afronta el primer verano de su “nueva” vida, lejos de su entorno conocido, en pleno campo, donde deberá adaptarse y madurar más rápido de lo normal con parte de su familia. Más allá de la leve diferencia temporal (un servidor nació un caluroso agosto de 1996), nunca veraneé en una casa de campo ni, por suerte, me tocó vivir lo que la pobre Frida —no mencionaré aquí la desgracia en cuestión, prefiero que lo descubráis con la película—. Si empatizo tanto con ella no es porque me hubiera pasado algo similar, ni mucho menos, sino por la habilidad de Carla Simón para manejar la desgracia en esas edades (es una niña de seis años al fin y al cabo) y la capacidad de un niño para convivir con ello dentro y crecer teniendo siempre en mente eso. No quiero comparar, porque ni de lejos es lo mismo, pero hay momentos de la película en las que Frida está perdida, no sabe encontrarse a ella misma; y yo me he visto reflejado ahí. Mis padres se separaron cuando yo tenía dos años, y si bien aquello no me afectó de inmediato (por eso de no tener mucho uso de razón y tal) sí que lo fui sufriendo poco a poco conforme fui creciendo, esa espinita clavada de no saber cómo serían cuando estaban juntos. Ese ir y venir entre la casa de uno y otro trastocó un poco mi infancia y probablemente si no hubiera pasado nunca esto estoy casi seguro de que ahora mismo vería el mundo con otros ojos, al igual que estoy seguro le sucedió a la propia Carla.

Porque asumo, por tanto, que ese verano de hace veinticuatro años que relata en la película es el de la propia directora; la veracidad y autenticidad de Carla Simón se palpa en cada plano. Da gusto ver una película en la que alguien lo da todo para mostrar pedacitos de sí mismo que quizás estaban muy escondidos y que le salga tan bien. Me encantan las películas que deciden posicionarse desde el punto de vista de un niño para contar su historia, y Carla, junto a Santiago Racaj —director de fotografía de algunas de las mejores películas de nuestro cine reciente como Magical Girl (íd., 2014) o La reconquista (íd., 2016)— sacan todo el partido que pueden con su atractivo planteamiento visual; y el resultado es inmejorable. En ese sentido, y guardando las distancias, Verano 1993 se encuentra cercana a otra ópera prima española, una de las grandes obras de nuestro cine: El espíritu de la colmena (íd., 1973). Como en aquella, le beneficia que el corazón de la película, la niña protagonista, Frida, interpretada por Laia Artigas, actúe tan bien y desprenda tanta sinceridad en su interpretación. Su hermana Anna (Paula Robles), a su vez, se corona como el personaje más adorable de toda la película, una elección de casting formidable —sinceramente no sé hasta qué punto muchas de las situaciones que realiza han sido dirigidas por Carla y su equipo o es ella al natural a la que le han colocado la cámara delante—. A pesar del evidente foco de atención en la infancia y en estas dos niñas en particular, el reparto de los adultos es bastante resultón destacando sobre todo la interpretación de los padres, David VerdaguerBruna Cusí.

Por todo esto considero a Verano 1993 uno de los mejores debuts cinematográficos que recuerdo de estos últimos años, y ya no hablemos a nivel nacional. No podría hablar de sorpresa como tal, porque ya venía alabada de festivales tan prestigiosos como el de Berlín, pero sin duda me reafirmo en lo buena que es. Películas como estas revalorizan nuestro cine. Y a esa gente que solo ve superproducciones y se queja de lo horrible que es el cine español tiene que hacérselo mirar, porque películas como esta (y tantas otras de esta nueva oleada de cineastas) demuestra todo lo contrario. Sin duda, una de las películas que debería elegir cualquier amante del cine que se precie de entre toda la precaria cartelera veraniega. [★★★½]

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