Warcraft: El origen | Lo de siempre, y más aburrido

Que las adaptaciones de videojuegos al cine no suelen llegar a buen puerto es algo bien sabido. Ejemplos tenemos a punta pala, desde aquella lejana e infame versión cinematográfica de Super Mario hasta la relativamente reciente visita del conocido príncipe de Persia a la gran pantalla. Películas que, en general, son productos que no alcanzan ni la mediocridad y que además, para rematar, suponen en su mayoría un insulto al material con el que trabajan y que tan bien había funcionado en la consola. Con este panorama que no parece que vaya a cambiar, aunque estamos atentos al Assassin’s Creed de Justin Kurzel, nos llega la adaptación del famoso juego de estrategia de Blizzard, Warcraft, de la mano de Duncan Jones, conocido principalmente por dos cosas: ser el hijo de David Bowie y, lo que nos concierne, ser el director de Moon (íd., 2009)

Dejo claro, antes de nada, que no estoy familiarizado en absoluto con el mundo de Warcraft, por lo que adentrarme en esa película suponía a su vez introducirme en el universo que creó Blizzard hace ya un buen puñado de años. La historia se podría resumir en una línea: los orcos han viajado, portal mágico mediante, al mundo de los humanos, y tienen como objetivo asentarse allí, conquistando dichas tierras y haciéndolas suyas. Una trama que irá alternando las clásicas (en el sentido más mediocre de la palabra) intrigas, tanto en la parte de los humanos como en la de los orcos. En cualquier caso, el guión no está bien desarrollado en ninguno de los dos bandos, siendo simplista y hasta tonto, con personajes estereotipados con un carisma dudoso.

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Lo peor que se puede decir de una película de este tipo, que se sitúa en los blockbusters palomiteros sin mayores pretensiones, es que sea una cinta aburrida, y Warcraft: El origen (Warcraft: The Beginning, 2016) lo es. Sus dos horas resultan interminables, y personalmente ya desde el primer tercio del metraje estaba revolviéndome en la butaca. El ritmo es comatoso, incapaz de manejar mediante el montaje las tramas de ambos bandos con solvencia, notándose continuamente azarosos los saltos que nos llevan de un sitio a otro. Preocupa, además, que ni si quiera la acción y los imponentes diseños de los orcos, donde se nota el presupuesto, ofrezcan un espectáculo para el recuerdo: las escenas supuestamente más espectaculares caen en lo monótono al no saber aportar nada nuevo al panorama del blockbuster. Si no posees ni tienes intención de hacer una trama interesante al menos esmérate en las escenas de combate, pero Warcraft no triunfa en ello.

Tampoco ayuda que los actores sean tan o más planos que los personajes que interpretan, o que la épica parezca haberse olvidado de presentarse a la función. Es una película que se siente vacía, impersonal, con un Duncan Jones que parece más preocupado en que las caras de los orcos estén bien diseñadas que en lo que está contando; en serio, resulta preocupante que una historia así, tan manida, se las apañe para ser más aburrida y torpe que de costumbre. Y es que a una adaptación de Warcraft tampoco vas buscando una narrativa trabajada, que ojalá la tuviera, pero no es sorpresa que no esté; pero sí que vas buscando épica, entretenimiento puro, una película comercial que te haga pasar un buen rato. Y ésta es todo menos eso. Hace tiempo que no sufro tanto en una sala de cine, que no deseo que lleguen ya los títulos de crédito para poner fin a la tortura. Las adaptaciones ponzoñosas de videojuegos dan la bienvenida a la familia a un nuevo miembro, y a este paso la casa se les va a quedar pequeña. Tocará esperar si Fassbender y compañía cambian algo que ya no es una racha, sino una costumbre. [★]

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