Wonder Wheel | Fuego en Coney Island

Un artículo de Jorge Moratal.

Coney Island. Años 50. Mickey (Justin Timberlake), un socorrista que sueña con convertirse en dramaturgo, nos relata el detonante de la historia: la vuelta de Carolina (Juno Temple) a casa de su padre Humpty (Jim Belushi) tras escaparse de su matrimonio con un gangster. A esto le sigue una secuencia de casi quince minutos en el interior de la casa de Humpty en la que se nos presenta el núcleo familiar. Este arranque de Wonder Wheel (íd., 2017) es una declaración de intenciones de Woody Allen: la película aspira a alcanzar los niveles trágicos de una obra de Tennessee Williams o, como referencia explícitamente Mickey, de Eugene O’Neill. Por supuesto, en el centro de esta obra se sitúa Ginny, una increíble Kate Winslet que sufre el eterno conflicto de la filmografía del director neoyorkino: la lucha entre su lado racional y sus emociones.

En ese sentido, es fácil relacionar esta película con La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), tanto por su protagonista femenina –en ambos casos camarera y en ambos casos con un marido abusivo– como por su ambientación de época. En aquella, la lucha de la razón contra las emociones se representaba en una literal lucha entre la fantasía y la realidad; en esta, se representa mediante una relación: la aventura de Ginny con Mickey.

Los colores de la fotografía de Vittorio Storaro subrayan este dilema apoyándose en los innumerables recursos visuales que un parque de atracciones ofrece. El dormitorio de Ginny está situado junto a una gran luz de neón, dejando la cama de matrimonio bañada de azul. Es una relación fría que, aunque Humpty se niegue a verlo, Ginny solo mantiene por el interés. Como contraste, la relación con Mickey está coloreada de un intenso rojo. Ginny no solo encuentra las únicas chispas de pasión de su vida en ese romance, sino que además lo carga de fantasía hasta el punto de soñar que Mickey escribirá una obra para ella y la sacará de ese lugar al que está segura no pertenecer. “Esta no es mi vida. ¿Crees que esta es mi vida?”, le dice en un momento a Mickey. “Yo no soy camarera. Solo estoy actuando”.

El juego de colores –y el núcleo de esta relación– se aprecia mejor que nunca en una escena en la que Ginny y Mickey se acuestan debajo de uno de los muelles de Coney Island. Una escena que, además, representa lo mejor y lo peor de la película. Por un lado, Kate Winslet y su maravilloso personaje, que en un primer plano narra la historia de su primer matrimonio con un batería. Por el otro, un Justin Timberlake incapaz de defender un personaje bastante flojo de por sí y un acercamiento a la lírica de Tennessee Williams que no le sienta muy bien al cinismo al que acostumbra Woody Allen. Frases como “Tocaba al ritmo del pulso de mi corazón” suenan más a un melodrama barato que a una película de la persona que más veces ha ganado el Oscar a Mejor Guion Original.

Sí que encontramos otros ramalazos de genialidad en la subtrama que presenta al hijo del primer matrimonio de Ginny, un niño con un pequeño problema: siente la necesidad de prender fuego a todo lo que ve. Esas llamas nos dan la metáfora visual más potente en el cine de Allen desde aquel anillo de Match Point (íd., 2005). Más desdibujada queda la subtrama mafiosa, protagonizada por el recurrente Tony Sirico y su compañero de Los Soprano Steve Schirripa. Aunque todos agradecemos el reencuentro, la amenaza física que presentan dos señores de alrededor de setenta años es mínima y eso, sumado a una dirección que huye del efectismo, acaba eliminando un posible y muy interesante ejercicio de tensión.

El tercer acto eleva toda la película. Los cincuenta años de experiencia de Allen se notan en su forma de reunir todos los elementos que ha ido presentando a lo largo de la trama. Ginny se desata, convirtiéndose casi en una mezcla de Blanche DuBois y Norma Desmond y permitiendo a Winslet demostrar todo su talento. Todas las anteriores posibles torpezas de la película se olvidan y, cuando aparecen los créditos –siempre blancos sobre fondo negro–, uno no puede más que esperar a que llegue ya el año siguiente para volver a disfrutar del genio neoyorkino. [★★★½]

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