Cinefilia 101 | #1: Casablanca

Llevamos tiempo prometiendo nuevas secciones que nos permitieran hablar de películas que quizá de otra forma no tendrían hueco en esta santa casa, y ya era hora de cumplir con lo dicho: estrenamos una sección muy especial que viene directa de la cabeza pensante de nuestro colaborador Carlos Quiñones, Cinefilia 101. ¿En qué consiste? Veamos: nuestra intención es escribir un artículo, con periodicidad semanal (la idea es cada domingo), sobre una película que recomendaríamos a alguien que está empezando a adentrarse en el inagotable mundo del cine. Es decir, nos proponemos explorar, cada vez desde la perspectiva del autor, filmes que consideramos esenciales para tener una base sólida en esto del séptimo arte. Obras legendarias, importantes, que nos hayan marcado y que, creemos, pueden marcar a los que las vean. Así, por malabares del destino le ha tocado estrenar este nuevo espacio a un servidor, y me he propuesto hablar, sin destripar giros de la trama, de una película imperecedera que considero de visionado obligatorio: Casablanca (íd., 1942).

Nos encontramos ante una película que se enmarca en el sistema de estudios de Hollywood, quizá la etapa de más brillantez de la meca del cine estadounidense gracias no solo a los grandes genios que trabajaban allí, sino también a la cantidad de ellos. A uno le puede entrar vértigo si se asoma al número de producciones que se hacían cada año y a las incontables grandes películas que surgían del sistema, y Casablanca, en un inicio, parecía ser una más. Un guion escrito a varias manos, lo cual siempre puede convertirse en un problema, que bien podría haberse revelado como otra cinta cualquiera dentro de la maquinaria cinematográfica; una notable, quizá, pero sin brillar de la forma que acabó haciéndolo. Porque gracias a la perspectiva de todo el tiempo que ha pasado podemos observar los factores que hicieron de Casablanca una película de un calado que perdura 75 años después de su estreno: un guion brillante, los actores adecuados y, por encima todo, un Michael Curtiz dirigiendo con la capacidad visual de los más grandes narradores.

Percibimos la enorme inteligencia del libreto y de la plasmación fílmica en los primeros compases de la película, observando, por ejemplo, la manera en la que se nos introducen a los dos grandes personajes del relato, Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman). Por un lado tenemos al protagonista, Rick, cuya presentación me recuerda a la que escribió F. Scott Fitzgerald en su obra maestra El gran Gatsby: primero se nos habla del personaje a través de otros, después nos adentramos en su reino (en el caso de Gatsby su mansión, en el de Rick su bar) y por último aparece en persona. Sin embargo, la forma de introducir a Ilsa es del todo diferente, pues la naturaleza de su presencia en aquel lugar resulta imprevista: Ilsa se mete en plano de forma repentina, sin preparación previa, ya que en el relato aparece de la misma forma en la vida de Rick, sin avisar. Así se nos empieza a narrar una historia profundamente triste que nos habla de la imposibilidad de volver al pasado, en el cual dos personas se enamoraban mientras el mundo volaba por los aires debido a la Segunda Guerra Mundial. Es de agradecer, sobre todo vista a día de hoy, que el guion esquive en la medida de lo posible cualquier elemento propagandístico; siempre que parece haber algún desliz, la película prosigue su camino, que no es el comentario sobre ese momento histórico (aunque lo tiene, pues el contexto juega un papel fundamental en el devenir de la trama respecto a uno de los personajes, Victor Laszlo), sino una historia de corazones rotos y miradas vidriosas, es decir, la historia de Rick e Ilsa.

Me resulta fascinante la capacidad que tiene Michael Curtiz en esta película para encapsular en primeros planos y en miradas todo el sentimiento que se vislumbra entre las palabras cínicas que suelta Rick. Es difícil no emocionarse ante escenas que reflejan la nostalgia de una forma tan poderosa, como por ejemplo en la que Sam empieza a cantar el famoso As Time Goes By y se nos muestra a Ingrid Bergman en un primer plano en el que podemos ver, solo en sus ojos, una tristeza infinita. O el fragmento en la estación que se desarrolla en el flashback, un día lluvioso en el que Rick recibe esa nota que le marcará para siempre, siendo maravilloso además el cómo Curtiz subraya la fugacidad de ese amor a través de la tinta de la carta desvaneciéndose ante la imparable tormenta. Porque esos días en París no se van a poder repetir, y cada vez que suena la mencionada As Time Goes By los personajes sienten el dolor del recuerdo imborrable. Por no hablar, sin destripar nada, de esa mítica escena que cierra la película y que contiene más frases memorables que muchas filmografías enteras.

Creo que la capacidad de impacto de Casablanca se sigue demostrando tan intensa gracias en parte a la brillantez literaria de su guion: nos faltan dedos para contar las contestaciones ingeniosas que salen, sobre todo, de la boca de Rick, y es un personaje que supone una piedra angular en la posterior construcción de los antihéroes que llevan inundando el cine y la televisión en estos últimos años. Se siente una obra actual y muy accesible para todo aquel que empiece a ver cine; además, lo grande es que no es una de esas películas que vas considerando más pequeñas a medida que te enfrentas a otras cinematografías, sino que aguanta como una joya única, de una sensibilidad que si tantos años pervive, bien podríamos considerarla ya inmortal. Está repleta de magia, en serio. Es uno de los trabajos más brillantes salidos del sistema de estudios de Hollywood y demuestra la enorme capacidad de Curtiz para inyectar de emoción cada imagen de ese cínico Humphrey Bogart y cada primer plano de una Ingrid Bergman que parece brillar con luz propia, en ocasiones de forma literal. Una de las grandes obras maestras de la historia del cine.

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