Cinefilia 101 | #2: American Beauty

Este artículo contiene spoilers de la trama de American Beauty.

Tiempo atrás, una amiga me preguntaba qué película había sido la culpable de que yo, ahora en la veintena, amase tanto al cine. Casi sin darme cuenta volví a aquel recuerdo en el que me veo a mí mismo conmovido tras haber visto American Beauty (íd., 1999) por primera vez, cuando tenía tan solo trece años. Incluso cuando no puedo estar completamente seguro de que esa haya sido la primera película que tocó algo dentro de mí, el primer título que se me viene a la cabeza ante ese tipo de preguntas siempre es el de la ópera prima de Sam Mendes. Digamos, entonces, que American Beauty fue el primer paso que di, voluntariamente o no, hacia esta parte de mi vida en la que empecé a notar cosas nuevas en el cine ─emociones, ideas, mensajes, símbolos…─; digamos, entonces, que American Beauty fue la primera piedra a partir de la que he ido construyendo mi cinefilia.

En American Beauty, Lester Burnham (Kevin Spacey) tiene una rutina monótona, un trabajo que no le gusta, una vida sexual inexistente, y considera que “en cierta manera ya está muerto”. Lester se despierta por las mañanas, se masturba en la ducha (el mejor momento de su día), y asiste a su jornada laboral para, un día más, pretender ser alguien que no es. Al inicio de la película vemos a Lester intentando reparar la relación que tiene con su hija, Jane (Thora Birch), a quien lleva meses sin hablarle y a quien considera una típica adolescente: enfadada, insegura, y confusa. Sin embargo, una vez conoce a Angela (Mena Suvari), la mejor amiga de Jane, éste empieza a experimentar un giro en su actitud, siendo ahora capaz de plantarle cara a su esposa Carolyn (Annette Bening), una mujer obsesionada con el éxito profesional y los bienes materiales. Es después de su primer encuentro con Jane que Lester, conscientemente o no, planea recuperar su valiosa masculinidad: quiere acostarse con quien quiera ─incluso cuando ésta es una menor de edad─, probar las drogas que quiera, y cumplir los caprichos que quiera, como comprar el coche que siempre quiso y nunca tuvo.

La ruta de Lester hacia convertirse en un mejor padre (o un mejor hombre, según se quiera ver) y restablecer una conexión con su hija toma un desvío por rutas en las que este personaje cree encontrar libertad, aunque esta no sea más que un hedonismo descontrolado y egoísta. Su drástica decisión de renunciar a su trabajo y amenazar a su esposa con el divorcio (que pondría en peligro la imagen de prosperidad que a ella tanto le preocupa mantener) son provocadas por los breves encuentros entre Lester y el hijo de sus nuevos vecinos, Ricky Fitts, un chico que teme perderse y olvidar la belleza que esconden las cosas más comunes de su día a día y, por ello, graba compulsivamente lo que sucede a su alrededor. Es cuando Lester ve a Ricky renunciar a su trabajo como camarero sin pensárselo dos veces que lo pone en un pequeño pedestal. “Creo que te acabas de convertir en mi héroe personal”, le dice. El “héroe espiritual” de la película es este muchacho de dieciocho años y con claros desequilibrios psicológicos, y para Lester es más atractivo abrazar esa fragilidad, esa actitud desafiante de quien no tiene nada que perder, de quien cree eternamente que si algo perdió ya tendrá tiempo de recuperarlo más adelante. Y de allí en adelante Lester es víctima de la más nociva nostalgia y del recuerdo de una promesa que nunca llegó a cumplirse como él quería.

No obstante, el trayecto que decide tomar Lester (y que desencadena, a su vez, cambios en las vidas de quienes lo rodean, principalmente Carolyne y Jane) vuelve a tener un momento de cambio. Y el giro esta vez sucede cuando, en apariencia, él ya tiene lo que quiere: Angela. No obstante, se detiene ante una importante confesión de la joven, que avergonzada, cree que está siendo rechazada por ser “ordinaria”, su más grande temor. Por un instante, Lester parece entender que está equivocado, que eso no es la felicidad que él buscaba, que ha ido dejando de lado lo más importante: su familia. No es así, entonces, que la felicidad sean las cosas materiales o los placeres inmediatos, sino los momentos de belleza que encontramos en lugares donde no estamos mirando, esos momentos tan cotidianos que esconden un carácter divino frente al que solo cabe la gratitud. He ahí lo que te estabas perdiendo todos estos años, Lester. Y al fin lo has recuperado.

A menudo se recuerda American Beauty como la película debut de Sam Mendes. Y si bien esto es cierto, también cabe destacar que fue la película debut de Alan Ball, guionista que hasta aquel entonces solo se había visto involucrado en algunas series televisivas de comedia, y estaba aún lejos de crear y producir la mítica Dos metros bajo tierra para HBO. Aunque no totalmente inexpertos ─Mendes venía del teatro─, es tentador apuntar a la suerte como elemento que terminara por dar forma a una película esencial en el folklore cinematográfico estadounidense. Porque American Beauty es más que una simple película ganadora del Óscar; es también una de las mejores deconstrucciones de aquel mito conocido como Sueño Americano.

Pero, aunque se le desmenuce minuciosamente, el Sueño Americano no es otra cosa que la capa más superficial de este filme que, en realidad, va más allá con una facilidad envidiable. El centro depende del espectador: conflictos de identidad, sexualidad frustrada, crisis de mediana edad, el sentido de la vida y, por supuesto, la belleza. Y la película se da tiempo para explorar todos estos temas y establecer el punto de vista de todos sus personajes de manera excepcional, mostrando hábilmente el cambio por el que pasan cada uno de ellos. Esto que parece requisito incondicional para escribir cualquier película es, más a menudo de lo que uno esperaría, difícil de encontrar, especialmente con una historia que eleva las decisiones y motivaciones más mundanas de nuestras pequeñas y estúpidas vidas para sopesar sobre los asuntos más relevantes que nos dan significado como seres humanos.

En pocas palabras, y para cerrar esta segunda semana de Cinefilia 101, American Beauty es una pieza cultural imprescindible. Es una visita invasiva al interior de las casas de las familias blancas de clase media alta de los suburbios de los Estados Unidos a finales de los noventa (tiempo en que cierto público estaba más que dispuesto a canalizar su descontento con la realidad idolatrando al Tyler Durden de Brad Pitt), que destaca no solo por ser un brillante debut o por su brillante guion, sino también por ser el lugar donde residen dos brillantes interpretaciones sin las que la película podría haber terminado siendo una parodia de lo que intentaba ser, una comedia involuntaria; hablo, por supuesto, de Kevin Spacey y de Annette Bening. Es Bening, precisamente, quien brilla en cada escena en la que aparece, en cada línea que improvisa, en cada lágrima que esconde. Bening interpreta de forma excelente a esa mujer herida y menospreciada para la que cualquier cantidad de éxito es poco, que ha enterrado cualquier señal de fragilidad y delicadeza, que ahora piensa en las personas más cercanas a ella, su familia, como medios para mantener la fachada en la que tantos años ha trabajado. Y solo cuando su esposo muere es capaz de abrir el armario para dejar salir los sentimientos que siempre ha reprimido…

Y pensar que la respuesta a las dudas que tanta confusión causan en estos personajes se pueden esconder tras una bolsa bailando por culpa del viento. Y pensar que la respuesta puede estar en una fotografía a blanco y negro colgada en la pared que las rosas rojas que decoran tu cocina no te dejan ver. Y pensar que todo esto quizá no signifique nada para ti ahora, que no lo entiendas… Pero no te preocupes, algún día lo harás.

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