A propósito de Llewyn Davis y el aparente adiós

Llevo un tiempo obsesionado con A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013). Supuso mi primer contacto con el cine de los hermanos Coen, y aunque al salir de la sala no la consideré una gran película -que sí buena-, a día de hoy y tras un revisionado se mantiene en mis pensamientos, mirándome a los ojos y negando con la cabeza a la pregunta de si tiene intención de irse pronto. Quizá sea mejor así.

Llewyn Davis es un perdedor perdido, una persona que desaprovecha su talento al creerse mejor que los demás, alguien arrogante, alguien muy humano. La fría -e increíble- fotografía de Bruno Delbonnel resume desde el primer fotograma el tono del relato: ni el  más acogedor folk te abrigará bajo la capa de nieve, esa en la que el mismo Llewyn parece haberse hundido. Duerme en casas ajenas, sus relaciones personales son pésimas y parece no agradar a nadie, ni encajar en ningún sitio. Sólo intenta conectar con el público, o con alguien, cuando tiene una guitarra entre sus manos, siempre y cuando no le molesten. Alguien antipático, pero con el poder de trasmitir mediante ese lenguaje universal llamado música.

Hay muchas escenas maravillosas en A propósito de Llewyn Davis, protagonizadas o no por la música, y bajo la dura decisión de tener que elegir me he decantado por una muy especial. La encontramos bien entrada la película y nos traslada a una especie de residencia de ancianos, en la que nuestro protagonista ha ido a visitar a su padre, ya mayor, con la mirada perdida, consumiendo lo poco que le queda de vida. Quién sabe incluso si reconoce a su propio hijo. Llewyn, con su guitarra, le va a cantar algo; “Esto te solía gustar”. Se trata de The Shoals of Herring; la canta Llewyn Davis y la interpreta Oscar Isaac en la que posiblemente sea una de las mejores actuaciones de lo que llevamos de siglo.

Más allá de la genial canción, lo que me llena y llega de esta escena es la tristeza y nostalgia que desprende mediante las miradas de los dos involucrados. Llewyn parece querer entregarle a su padre la llave hacia el pasado, hacia tiempos quizá menos fríos. El anciano desvía su mirada hacia la ventana y cierra los ojos; por supuesto que ha reconocido a su hijo. Reconoce la canción, y lo que es más importante, recuerda por qué le “solía gustar”. La guinda a este triste canto a lo inevitable es ese “Sweating or cold, growing up, growing old, or dying” (“Sudando o resfriado, creciendo, envejeciendo, o muriendo”), con una mirada de Llewyn que parece contener un adiós definitivo.

Una escena dura de una película gris y maravillosa.

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