El bosque y la confianza ciega

Estos últimos días he estado ocupado, en cuanto a mi vida cinéfila se refiere, a visionar la filmografía de uno de los directores más odiados de la actualidad, al que se le mira con ojos de tristeza ante la decadencia mostrada en sus últimas obras: estoy hablando de M. Night Shyamalan. He disfrutado con algunas de ellas, como El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999) o El protegido (Unbreakable, 2000), y me he llevado las manos a la cara gracias a aberraciones como El indicente (The Happening, 2008) o Airbender, el último guerrero (The Last Airbender, 2010). Sin embargo, no estoy aquí para analizar todas sus películas e intentar sacar una conclusión de por qué se encuentra en la situación actual (da para otro artículo), sino para hablar de una escena concreta de la que es para mí una de sus mejores películas, El bosque (The Village, 2004).

Hago referencia a una secuencia de unos cinco minutos en la que (cuidado, recomiendo ver la película antes de leer los siguientes párrafos a pesar de que voy a intentar destripar lo menos posible) el pueblo se ve atacado por una de las misteriosas criaturas que habitan el bosque, provocando el pánico entre sus habitantes. Shyamalan narra muy bien el nerviosismo, consigue una atmósfera donde el aire se puede cortar con un cuchillo e imprime agilidad a todo lo que vemos en pantalla. Ahora bien, la parte que quiero resaltar y en la que quiero pararme ocupa el tramo final de la secuencia: el personaje (ciego) de Bryce Dallas Howard se planta en la puerta con la mano extendida, a la espera de que Lucius (Joaquin Phoenix) regrese, confiando en que llegue antes de que el monstruo la agarre primero.

Ese minuto y medio es absolutamente fantástico. Ya no solo por la tensión de la propia situación y lo bien que funciona el montaje, con insertos de la familia de la chica, siempre de fondo, como señal de lo mucho que está arriesgando, sino que la escena también es brutal por el uso de la música y, sobre todo, de la cámara lenta. Shyamalan es un director al que le gusta utiliza esta técnica, pocas son las películas firmadas por él que no tengan al menos un plano ralentizado, y pocas veces lo ha utilizado mejor que en esta: Joaquin Phoenix agarra su mano justo antes de que el monstruo se abalance sobre ella y la conduce dentro, con una música que te pone los pelos de punta y un significado narrativo (las dos manos juntas, la unión, a partir de ahí inseparable) que le da empaque a un momento que va más allá de la “sacada de chorra” de un director que, por aquel entonces, narraba sus historias con gracia.

Ese momento resume la esencia de toda la película: el miedo a lo desconocido, la confianza, el amor y la más pura emoción de una historia sacada de un cuento. El bosque es un film genial, y esta escena un regalo de un director que, cruzo los dedos muy fuerte, ojalá vuelva a la senda que siguió desde 1999 hasta 2004. Shyamalan, come back.

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