El graduado: la incertidumbre permanente

Ahora que, con nostalgia, celebramos películas sobre viajes en el tiempo, no parece otra cosa que oportuno hablar sobre el futuro. En la trilogía de Regreso al futuro (Back to the Future, 1985), Robert Zemeckis planteaba la idea de que estamos a tiempo de tomar las decisiones correctas, estamos a tiempo de no cometer errores que marquen nuestras vidas. Aún cuando la situación era la más dura (perder a tu trabajo, perder a tu familia), si Marty McFly había tomado el camino equivocado, todavía estaba a tiempo de corregir las circunstancias.

Sin embargo, en la vida real no podemos hacer eso. Antes de dar cada paso que consideramos importante hay, casi siempre, cierta incertidumbre. En economía existe un concepto llamado ‘coste de oportunidad’ que se refiere al coste de lo que dejamos de hacer, lo que perdemos por no arriesgar con otra actividad determinada, el valor de la mejor opción que no llegamos a realizar. Porque con cada decisión hay cosas a las que, sin saberlo, renunciamos. Y esto es algo que Mike Nichols y su El graduado (The Graduate, 1967) tienen muy claro. El futuro es para Nichols, pero en especial para Benjamin Braddock, una cegadora luz de neón.

Yo ya he hablado sobre El graduado. Aquí, en mis redes sociales, con amigos cercanos, con mi familia. No, no estoy obsesionado, pero es una película a la que me encuentro volviendo constantemente, al menos en esta etapa de mi vida, que coincide con la etapa por la que está pasando el propio Benjamin. Y termino volviendo a esa última escena, a esos últimos cuatro minutos de metraje que concentran las ideas más importantes de esta cinta. La iglesia como figura de poder ante la que rebelarse, la confrontación con los padres, la apuesta por lo rebelde sin pensar en las consecuencias, y ahí, siempre presente, esa incertidumbre que no parece irse nunca. Pero antes pongámonos en situación.

La primera imagen de Benjamin que tenemos en toda la película es la de su llegada al aeropuerto, donde se encuentra solo y no lo acompaña nada más que el sonido del silencio. Y aunque quede como una metáfora preciosa, la música que acompaña esta secuencia inicial es, de hecho, The Sound of Silence, de Simon and Garfunkel, pieza clave a lo largo de la película y, cómo no, pieza importantísima en la escena final. A veces, me da por pensar que aquella señal de “Do They Match?” que vemos antes de que la secuencia en el aeropuerto termine no está ahí por pura casualidad.

Benjamin, descubrimos, es un tipo que se encuentra asfixiado por la presión de sus padres, alienado totalmente, indeciso, perdido, desorientado. En el primer diálogo que tiene con su padre se lamenta de no saber qué hacer; con cierto sinsabor le comenta a su padre que “quería ser diferente”. Lo vemos, además, constantemente detrás de barreras, una de ellas, la más importante, el agua, siempre sumergido, como a punto de ahogarse. Como escapes aparecen en su vida dos personas: primero, Mrs. Robinson; después, Elaine Robinson.  Y lejos de crear una situación de comedia de enredo, la película se encuentra con sus momentos más dramáticos, hasta que, finalmente, llegamos a la explosión de los últimos cuatro minutos.

Benjamin llega la iglesia para detener el matrimonio entre Elaine y el novio que sus padres aceptan como “un buen partido”. Aporrea las ventanas de la iglesia y empieza a gritar el nombre de la mujer a la que quiere. ¿La quiere? Encuentra una entrada a la iglesia y, agitando una cruz de madera hacia la familia, rapta a la novia, que se despide agresivamente de su madre diciendo que “no es tarde para mí”. He ahí el conflicto generacional. He ahí el statement de los jóvenes de la contracultura diciendo que nunca cometerán los errores de los padres, de esa generación pasada que no supo arriesgar y terminó por resignarse. He ahí, también, una mujer diciendo que será libre, realmente libre. ¿Lo será?

En los segundos anteriores a esta escena, escuchábamos de fondo la energética Mrs. Robinson, pero durante la acción que tiene lugar en la iglesia podemos oír los gritos, la angustia, la lucha de unos contra otros. La lucha entre los amantes y los que intentan reprimirlos. ¿Pero se aman? Es entonces cuando salen corriendo de la iglesia y se suben al primer autobús que encuentran. Se sientan en el asiento de atrás y -ella vestida de novia; él con la indumentaria rota y sucia- sonríen animados su gran triunfo, lo que parece un triunfo, lo que unos segundos más tarde se convierte en una mueca de temor, de remordimiento, casi de angustia, pero que, ante todo, es incertidumbre. Y, así, vemos al autobús perderse en el horizonte y vemos a nuestra pareja desaparecer, acompañados tan solo, una vez más, del sonido del silencio.