Moulin Rouge: la intimidad y el exceso

Después de tres entregas de esta sección dedicadas a hablar ligeramente sobre escenas muy serias, inquietantes y duras, me apetecía abrir un poco la ventana para que entrase aire fresco. Qué mejor forma de hacerlo que con uno de los mejores momentos de una película excesiva y maravillosa llamada Moulin Rouge (íd., 2001), dirigida por el también excesivo Baz Luhrmann y protagonizada por dos actores estupendos: Ewan McGregor y (la por aquel entonces increíble) Nicole Kidman.

Soy un gran amante de los musicales y Moulin Rouge fue para mí como asistir a una fiesta donde todo era muy bonito y la gente que te rodea era mucho más rica y guapa que tú, pero no te molestaba porque la música era muy buena y el organizador del evento te caía muy bien. Dicha persona sería Ewan McGregor, un actor que me trasmite un buen rollo como pocos lo consiguen; tiene cara de buena persona (apunte superficial, pero a ver quién lo contradice) y desprende tanta armonía y confianza que resulta totalmente lógico que se encargada de encarnar a Obi-Wan Kenobi en la nueva trilogía de Star Wars. La dama más guapa de la supuesta fiesta sería Nicole Kidman; desconoces que años después perderá la movilidad en la cara por culpa del botox, pero qué guapa y brillante se encontraba en ese instante. Permitidme que sea vulgar, pero la Kidman de principios de siglo es como para mear y no echar gota. Fuego.

La escena que quiero poner encima de la mesa concierne muchas cosas: es uno de los momentos más bonitos de la película, tanto por la realización como, sobre todo, por la canción; empieza la hilarse el lazo entre los dos protagonistas, se siente el amor en sus ojos; tanto McGregor como Kidman están maravillosos, siendo Ewan el encargado de llevar el peso de la escena con una fuerza descomunal; y me gusta especialmente porque, como pasa con algún que otro número musical en la cinta, es más recatado, menos histérico de lo que anunciaban los primeros compases del film. Todos sabemos cómo dirige Baz Luhrmann, con ese estilo tan enérgico que puede traer más de un dolor de cabeza, y aunque se deja ver en la parte final de la escena (el encantamiento, el exceso, el romanticismo con esa luna velando por los enamorados), es un momento más íntimo, más de tú a tú, cercano por el ambiente a ese histrionismo pero a la vez alejado de él, creando un momento mágico y precioso. Una de las mejores escenas de uno de los mejores musicales.

Yours are the sweetest eyes… I’ve ever seen!

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