Especial Disney (Vol. 3) | La herencia de Walt: la Dark Age

La muerte de Walt Disney fue un golpe para toda la sociedad occidental de aquel momento, pues ya había adultos que tuvieron una infancia marcada por los primeros estrenos de la compañía. Pero más duro fue para la propia Disney, que se quedaba sin su padre y fundador, el motor y corazón de la empresa. Tal fue el impacto de su fallecimiento que se gestó a lo largo de esos años la archiconocida leyenda urbana de que había sido criogenizado antes de morir para ser despertado cuando se pudiera curar su cáncer. El bulo dio la vuelta al mundo y aún a día de hoy es candente. Roy Disney, su hermano, fue el que le sustituyó y llevó adelante el proyecto del parque de atracciones que Walt quería construir en Florida. Roy insistió en nombrarlo Walt Disney World en honor a su hermano, sin saber que, tres meses después de la apertura del parque, también moriría. Esto abría la puerta a una larga lista de presidentes que han liderado la compañía desde entonces. Todos estos cambios son fundamentales para entender cómo se originó la tercera etapa de la historia de Disney, conocida por muchos como la Dark Age, es decir, su etapa oscura.

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Mientras tenían lugar todos estos movimientos internos dentro del estudio, en 1970, se estrenaba el vigésimo clásico Disney, Los aristogatos (The Aristocats, 1970). Este fue el último proyecto del que supo Walt. La cinta tardó cuatro años en completarse y aunque obtuvo críticas favorables y unos datos de taquilla aceptables, no supuso el éxito que tuvieron los largometrajes de la etapa anterior. Esta cinta se ha comparado bastante con 101 dálmatas, y es cierto que su planteamiento resulta similar —al menos en algunos aspectos—, pero siento que a pesar de ello tiene una personalidad propia. Aunque no solo comparte ciertas similitudes en la trama, pues también comparte compositor. Lo que hace George Bruns en esta película es afrancesar su estilo y darle una fuerza que solo le podía da un género como el jazz. Los gatos jazz y su Everybody wants to be a cat —uno de los mejores temas que se han podido escuchar hasta ahora en el especial— siguen siendo el punto álgido de esta road movie felina y la razón principal por la que ésta es una de las cintas de las que guardo más cariño en esta etapa.

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Antes comentaba que se conoce a este período como la etapa oscura de Disney. Esto se debe, esencialmente, a que los creativos de la compañía se encontraban en una situación peliaguda. Tras la muerte de los hermanos Disney, los animadores y el resto de departamentos artísticos —que llevaban trabajando allí desde finales de los años treinta—, estaban estancados sin saber muy bien qué hacer y empezaron a contratar y enseñar a jóvenes promesas del gremio en un acto de intentar renovar la compañía y que ellos se pudieran retirar en un futuro próximo. Un filme bastante acorde para mostrar la crisis creativa del estudio es Robin Hood (íd., 1973), que no funcionó del todo mal en taquilla pero sí que no obtuvo la mejor de las críticas. Destaca de ella su descarado y abusivo reciclaje de animaciones de películas anteriores como El libro de la selva, Los Aristogatos e incluso Blancanieves y los siete enanitos. Si no me creéis o no os habíais fijado nunca, aquí tenéis las pruebas, a partir del 0:16. A pesar de su simpleza en todos los niveles posibles, es una cinta entretenida. Aunque, eso sí, dirigida claramente a un publico infantil, incluso abordándose temas algo difíciles de digerir para los niños como la usurpación de la corona o la subida de impuestos. Lo que siempre me ha atraído de esta adaptación de Robin Hood, y lo ha seguido siendo tras su reciente revisionado, son las canciones de Alan-a-Dale, el juglar gallo que narra la historia, interpretado por el cantante country Roger Miller.

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Pasaron cuatro años sin que se estrenase ningún clásico Disney, hasta que en 1977 llegaron dos con una diferencia de tres meses en EEUU. Aunque tal dato es totalmente cierto, está cogido con pinzas, pues Las aventuras de Winnie Pooh (The Many Adventures of Winnie the Pooh, 1977) no se puede considerar una película como tal. Estamos quizás ante el primer —y único— package film que se tomó como clásico después de los que se hicieron en los cuarenta. Si no sabéis de lo que estoy hablando sólo tenéis que pasaros por el primer volumen de este especial. Como ya he mencionado, la situación artística y creativa dentro de la compañía era más bien precaria, y los recursos económicos del departamento no pasaban por sus mejores momentos. Así que decidieron reunir tres cortos del oso glotón y sus amigos que ya habían sido proyectados en cines entre finales de los sesenta y principios de los setenta, y envolverlos para que pareciera un largometraje, faltando al sueño de Walt, el cual quería hacer un filme de estos personajes que tanto adoraban sus hijas.

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Sin embargo, el proyecto grande del estudio era Los rescatadores (The Rescuers, 1977), que supuso un gran éxito tanto de crítica como de taquilla. Batió el record a la película de animación más taquillera durante su fin de semana de estreno, puesto que mantuvo casi diez años, siendo así el filme más exitoso hasta entonces de toda la historia de la compañía y convirtiéndose en la película más popular de esta etapa, teniendo el honor de ser la única de los clásicos de Disney —por ahora— en tener una secuela a la que se le considera también como tal. Esto calmó las preocupaciones de las altas esferas de la empresa, las cuales tenían grandes dudas sobre el departamento de animación, llegando a barajarse el más que posible cierre del mismo. El título de la película no podía venir más a juego con lo que le pasó al estudio.

Es en el mismo 1977 cuando se empieza la producción, pero no es hasta los ochenta cuando se estrena Tod y Toby (The Fox and the Hound, 1981). Esta producción fue una autentica tragedia, y es que se vio retrasada tras una masiva salida de animadores del estudio, un 17% del total de los trabajadores. Se dice que el causante de esto fue Don Bluth, quien decidió irse de Disney para fundar un nuevo estudio de animación que le hiciese competencia a la susodicha, y con ello se llevó a una buena parte de los trabajadores consigo. Serían los artífices de películas como Fievel y el nuevo mundo (An American Tail, 1986), En busca del valle encantado (The Land Before Time, 1988) o Anastasia (íd., 1997), entre otras. Tod y Toby no supuso ningún alarde de originalidad, todo lo contrario. Además, no sólo es la película que menos me gusta de esta etapa sino que me parece una de las peores de toda la historia de la compañía. Aburrida e innecesaria son las palabras que se me ocurren para definirla. Mientras, Disney se expandía por el continente asiático gracias a la apertura de Tokyo Disneyland y DisneySea. A su vez, en 1983, The Disney Channel se empezó a emitir por televisión.

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Llegamos ahora al primer gran fracaso comercial de Disney con Tarón y el caldero mágico (The Black Cauldron, 1985). De los cuarenta y cuatro millones de presupuesto sólo llegó a recaudar algo menos de la mitad, un desastre. Para más inri, la cinta sufrió muchos recortes y ediciones de metraje con el fin de evitar escenas con mutilaciones o muertos vivientes. A pesar de ello, fue la primera película del estudio en no ser clasificada apta para todos los públicos por su uso de temas oscuros. La cinta está libremente basada en los dos primeros libros de Las Crónicas de Prydain de Lloyd Alexander, el cuál reconoció que la película no tenía nada que ver con su obra aunque la disfrutó. Con el tiempo, aún siendo bastante olvidada, Tarón y el caldero mágico se ha convertido en una película casi de culto. Sin duda, es una de las obras más especiales del estudio y para mí es probablemente el único clásico Disney que no me parece hecho por ellos. Se podría decir que esta película es lo más bajo que cayó Disney comercialmente hablando, ya no sólo en esta etapa, sino en toda su historia. A pesar de su embarazosa situación en el mundo de la animación, Disney siguió expandiéndose: a estas alturas creó Touchstone Pictures, para distribuir películas dirigidas a una audiencia más adulta, alejada de la inocencia que desprende la marca Disney; y para rasgar algo más de dinero apostó por el mercado de las cintas de vídeo y editó clásicos como Pinocho, que se convierte en un súper-ventas. El VHS de Pinocho fue, por cierto, la primera película física que tuve en mi vida.

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Por fin puedo hablar de Basil, el ratón superdetective (The Great Mouse Detective, 1986), una de las grandes olvidadas de la compañía y mi favorita de esta tercera etapa. A veces se la toma como la precursora o el detonante del “renacimiento de Disney”, la que será la próxima etapa, aunque creo que indudablemente pertenece a esta etapa oscura. Sí es cierto que fue su éxito crítico y comercial —que no tenían desde hace una década— el que les hizo tomar confianza para empezar a trabajar en proyectos que saldrían en los gloriosos noventa. Basil, el ratón superdetective es una película de aventuras y misterio a lo Sherlock Holmes —los guiños son bastante evidentes— con mucho encanto, que siempre apetece ver. Supuso la primera película escrita y dirigida por John Musker y Ron Clements, un dúo de artistas que nos han dejado grandes obras de la animación, pero no creo que sea momento aún de hablar de ellas. La música vuelve a ser un factor importante en un Clásico Disney, siendo Henry Mancini —compositor habitual de las películas de Blake Edwards— el encargado de la misma en esta producción, y The World’s Greatest Criminal Mind el tema más pegadizo, siendo la primera gran canción de un villano Disney.

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La etapa no podía acabar mejor. Esta “Dark Age” tiene su fin en Oliver y su pandilla (Oliver & Company, 1988), una actualización bastante libre del clásico de Charles DickensOliver Twist. Un musical ambientado en la Nueva York de finales de los ochenta y protagonizada por perros y gatos, ¿qué más queréis? Tuvo un fuerte éxito comercial y su popularidad significó un nuevo paso hacia adelante para al crecimiento y creatividad del propio estudio. Su formato musical a lo Broadway funcionó tan bien —tiene auténticos temazos— que en la década posterior todos los Clásicos Disney serían musicales. Oliver y su pandilla jugó, de esta manera, un rol esencial a la hora de dejar el terreno listo para la segunda edad dorada de Disney, que comenzaría el año siguiente con cierta princesa que vive bajo el mar. Pero esa es una historia que debe ser contada en otro momento.

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