ArteKino Festival 2016 – Parte II

El otro día empezamos a hablar en este mismo espacio del ArteKino Festival, un festival de cine totalmente online y gratuito organizado por la cadena francesa de televisión Arte en colaboración con la web Festival Scope, pero solo fueron cinco de un total de diez pelis las que fueron comentadas, de manera que Alejandro Hinojosa (Alecxps) y Carlos Quiñones (Charlie Simons) os traen los filmes remanentes de esta colección de cine de autor europeo.

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La mort de Louis XIV

por Carlos Quiñones

Con una elegancia imponente, Albert Serra nos regala con La mort de Louis XIV uno de los relatos mejor logrados sobre el ocaso de la realeza, la mortalidad y la decadencia. Lo hace encerrándonos en la alcoba de Luis XIV, o mejor dicho: encerrándonos con sus sirvientes y médicos, quienes discuten sobre el enfermo y se limitan a observarlo, con un toque de morbo, con un toque de voyerismo, con un toque de interés académico (aunque quizá no, ya que la muerte del rey se acusa a una negligencia médica evitable). Todos ellos concentrados en que la lucha es una sola y es contra la muerte. Una lucha, evidentemente, perdida desde el principio. El simbolismo es palpable también desde el título de la cinta, o desde las nociones iniciales que dieron lugar a las ideas que la hicieron posible. Porque después de todo, qué otro rival tan grande para la muerte que el monarca que sirve como imagen del poder absoluto.

La ambición, la angustia, la incertidumbre… todos son ocupantes de esta habitación, y pasean frente a nosotros mientras somos testigos no ya de la muerte, sino de la agonía de un Luis XIV, interpretado por un fantástico Jean Pierre Leaud, que aunque esté perdiendo cada vez más facultades físicas no deja de llenar cada vez más la pantalla en este largometraje que parece  estar compuesto por una serie de pinturas de la realeza del siglo XVIII, un retrato infinito en el que el silencio es poesía y cada movimiento es un hachazo. Brillante.

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Bella y perdida

por Alejandro Hinojosa

El mundo avanza a pasos agigantados y lo hace dejando atrás o corrompiendo lo antiguo. Eso es lo que ocurre en Italia, con la caída de lo bello y lo tradicional, y algo que, en el caso del abandonado Castillo de Carditello, el pastor Tommaso Castrone quiere evitar. Bella y perdida es el testimonio de cómo algunos se dejan la vida por mantener todo aquello que merece la pena conservar, pero por desgracia esto se convierte en literal tras la muerte de Castrone durante el rodaje, convirtiendo al filme en su epílogo y homenaje. Semejante evento supone un punto de inflexión para las intenciones del director Pietro Marcello, quien acaba decidiendo dar la vuelta a su cinta y mezclar la realidad y la ficción con el uso de elementos fantásticos. Así acaba dando voz y convirtiendo en protagonista de su obra a la cría de búfalo que Tommaso estaba cuidando, con el objetivo de que la historia de su amo se mantenga viva y no quede en el olvido. Esto lo complementa a través del uso de la cultura italiana con la figura de Pulcinella, personaje típico de la commedia dell’arte, en toda una declaración de las intenciones culturalmente conservadoras de Marcello.

Una vez reunidos, Sarchiapone (el nombre del búfalo) y Pulcinella emprenden un viaje lleno de escenas de cotidianidad rural, en un intento de enseñar la Italia bella y perdida, y estableciendo el pasado como un tiempo mejor y más puro que el presente. A través de estas imágenes se reflexiona sobre la relación del hombre con la naturaleza, el efecto del control absoluto que aspira tener sobre su entorno y cómo acaba siendo incapaz de conservar lo especial, hecho representado tanto en los escenarios naturales como, en última estancia, en el destino final de Sarchiapone. Una muestra del egocentrismo de la humanidad hacia todo lo que le rodea. Pero a pesar de esta visión negativa, el mensaje que queda es el de amor a la vida y respeto hacia lo bello. Una agradable oda a lo tradicional que también aparece en la estética, explicitándose con los bordes redondeados que aparecen como consecuencia de estar rodada en cinta de 16 mm y que trae frente a nuestros ojos una apariencia antigua que tiene mucho encanto.

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Fatima

por Carlos Quiñones

La historia del inmigrante perdido en un contexto que no es el suyo, asfixiado por los nuevos códigos sociales y culturales que rigen ahora su vida es una historia que el cine —tanto el convencional como el de autor— ya ha tratado en muchas otras ocasiones anteriores. Sin embargo, es en contadas ocasiones que este mismo tema se trata con tanta honestidad como en Fatima, película francesa dirigida por Philippe Faucon, que cuenta la historia de una mujer argelina de casi cincuenta años, divorciada, que, sin ayuda de nadie, ha criado a sus dos hijas —una de quince años, la otra de dieciocho—, y además trabaja sin descanso para costear los estudios y demás necesidades de cada una de ellas.

A pesar de vivir en Francia, en casa de Fatima no se habla francés, es un idioma que ella no ha podido aprender, elemento que no solo la distancia de sus hijas, quienes socializan en un ambiente totalmente occidentalizado, sino que también hace de barrera entre ella y un mundo en el que es constantemente vista como una persona de segunda mano. Así es como la cinta recorre todos los problemas que pasan aquellos inmigrantes de primera generación y las grandes dificultades que suelen pasar para que las siguientes lo tengan mejor. «Admiro a los padres que, sin saber hablar el idioma del país al que van, sacan a sus hijos adelante», escribe en algún momento esta mujer de gran mundo interior, uno que pocos se han interesado en conocer y que nosotros descubriremos cuando la presión sea tal que ya no haya barreras que valgan.  La honestidad de un relato como el de este largometraje viene de su naturaleza de adaptación, de estar basada en la vida de Fatima Elayoubi, una mujer que pasó de limpiar suelos a publicar libros de poesía. Su fortaleza viene de la sensibilidad y el respeto que se le presta a la historia real; sus puntos débiles, por otro lado, llegan de su incapacidad por aprovechar una historia así de emotiva para cautivar con mayor impacto al espectador. Fatima es, para resumirlo en una sola frase, la película sobre una madre inmigrante que podía haber emocionado a Spielberg. Y no. Desgraciadamente no.

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Happy Times Will Come Soon

por Alejandro Hinojosa

Uno de los grandes puntos a favor del cine experimental es que habitualmente dista mucho del cine comercial o incluso el cine de autor que estamos acostumbrados a ver en nuestras pantallas, con un artista detrás que da rienda suelta a su imaginación mientras manipula a su antojo el lenguaje audiovisual para crear una propuesta innovadora y personal. Dentro de este tipo de cine es donde podría entrar Happy Times Will Come Soon, la nueva película del cineasta italiano Alessandro Comodin, que se centra en dos historias. Por un lado tenemos a dos hermanos que viven en el bosque tras escapar de algo o alguien, mientras que por el otro tenemos la leyenda que muchos años más tarde se explica sobre un lobo y una chica, Ariane. Pero lo más importante de todo es cómo los límites de estas dos historias cada vez resultan ser más difusos.

Tan difusos que el juego espacio-temporal de Comodin convierte a este filme en algo críptico y abstracto. La aparente inconexión de las escenas hace difícil entrar en ella y conectar con lo que cuenta, algo que en mi caso, por desgracia, no ha ocurrido. Es por eso que, pese a sus virtudes estéticas (como su ambientación forestal, los contrastes en la fotografía y la luz de algunas escenas), Happy Times Will Come Soon se convirtió en una experiencia pesada y tediosa acompañada con un sentimiento constante de desconcierto e indiferencia ante mi incapacidad de ver qué es lo que su director me quería transmitir y/o contar con sus imágenes.

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A Good Wife

por Carlos Quiñones

La vida cotidiana de una familia de los suburbios encierra más secretos de los que parece a primera vista. En A Good Wife, Milena acaba de cumplir cincuenta años (sí, otra película protagonizada por una mujer mayor, hecho que se agradece) completamente sumergida en una rutina regida por la cómoda vida que su estatus social (en especial el de su marido) puede garantizarle. Hace de ama de casa, de amante fiel, de mujer que está ahí para los demás. Tras su cumpleaños número cincuenta no solo le será revelado un diagnóstico que hará que forma de relacionarse con el resto de su familia cambie, también encontrará una vieja cinta de vídeo (al estilo de ciertas películas de terror) a través de la que descubrirá un gran secreto que su marido ha estado ocultando durante muchos años.

Una historia dura y necesaria construida a partir de las relaciones de esta mujer con el resto de su familia. La mirada ambigua a los restos que ha dejado una sangrienta guerra fratricida y salvaje vista a través de los ojos de una mujer que debe aceptar que está enferma. Es una lástima que esta cinta esté realizada con tal solemnidad que en ocasiones, a pesar de tener grandes aciertos narrativos (y, cómo no, discursivos), se siente distanciada del espectador, excesivamente parca, y a veces peligrosamente silenciosa.

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