D’A Film Festival 2018 – Parte III

Tercera parte de nuestra particular cobertura del D’A 2018. En este artículo el foco está puesto en propuestas que tienen pie y medio en el cine de género, desde una vuelta de tuerca a la historia Dr. Jekyll y Mr. Hyde a una alegoría canina, pasando por una vistosa sátira vacacional, una ardiente crítica al machismo y una buena dosis de onirismo made in Spain.

Madame Hyde

Mientras repasaba la programación del D’A me llamó muchísimo la atención la nueva película de Serge Bozon, Madame Hyde (íd., 2017). El hecho de ser una reinvención moderna de la archiconocida historia de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson me parecía interesante, pero lo que más me llamaba era, por un lado, la presencia de Isabelle Huppert dando vida al personaje dual y, por el otro, la propuesta estética a base del uso de celuloide y colores pastel. Sin embargo, al final el sentimiento que imperó una vez salí de la sala fue el de profunda decepción. Porque Madame Hyde lo tiene todo para ser una locura de género pero se queda corta en su aplicación de los elementos fantásticos, que acaban siendo algo más bien anecdótico —y para usarlos así mejor no usarlos—. Bozon opta por aprovechar la dualidad del personaje de la profesora Géquil para construir un intento de subversión del subgénero francés centrado en «profesores blancos en institutos racializados», en el que la transformación hace que se convierta en una profesora modélica durante el día y una peligrosa y ardiente entidad en la noche. Por desgracia, la película nunca llega a separarse demasiado del desarrollo más convencional de este tipo de cintas en lo que concierne a la relación entre la profesora y el adolescente a quien ayuda, algo que tampoco la aleja de convertirse en un film bastante agradable. Los momentos que teóricamente son más delirantes dentro de la historia no consiguen explotar a nivel cómico, mientras que algunas subtramas, como la del marido de la protagonista, no aportan apenas valor. Y por si fuera poco, Isabelle Huppert solo brilla en lo literal —cuando se transforma en la luminosamente oscura Madame Hyde— y no en su actuación. [★★½] 

Chien

La otra propuesta extravagante y decepcionante proveniente de Francia lleva por nombre Chien (íd., 2017). En ella, Vincent Macaigne intepreta a Jacques, un padre de familia menospreciado por todo su entorno que decide empezar a comportarse de la forma en la que todo el mundo le trata: como a un perro. Así es como Jacques acaba viviendo como la mascota del propietario de una tienda de animales donde los perros viven enjaulados, sometidos, y los que no, viven una vida de sufrimiento y mueren. La premisa, que adapta una novela homónima escrita por el propio director, es cuánto menos curiosa y tiene situaciones ingeniosas por los paralelismos metafóricos que establece entre elementos caninos y humanos, Para que os hagáis una idea, el detonante del primer acto es una especie de alergia que la mujer de Jacques sufre cuando está cerca de su propio marido, mientras que varios humanos con los que este se encuentra lo tratan literalmente como un perro. Pero a este descenso a la perrera, cuyo tono frío y humor retorcido recuerda a la escuela griega de Yorgos Lanthimos y Athina Rachel Tsongari —aunque con menos acierto—, se le acaba agotando la gasolina cuando nos acercamos a la última media hora, convirtiendo la humillación a la que se ve sometido en algo tedioso que solo consigue subrayar aún más la crítica que Samuel Benchetrit quiere hacer a la deshumanización que sufren algunas personas. [★★½] 

Tiempo compartido

Tiempo compartido (íd., 2018) ha sido, quizás, la mayor sorpresa que nos ha brindado todo el D’A Film Fest 2018. A priori, la segunda película de Sebastian Hofmann parecía una simpática dramedia centrada en las desventuras que sufre una familia durante su estancia en un idílico resort, uno que al público español le recordará a nuestra Marina d’Or, ciudad de vacaciones —¿dígame?—, cuando un fallo logístico le asigna la misma villa recreacional a dos familias. Dispuesto a solucionar el problema, el padre de familia interpretado por Luis Gerardo Méndez acaba viéndose veraneando en lo que más bien podríamos llamar como ciudad de pesadillas. Y es que, en realidad, Tiempo compartido es una cinta que triunfa a la hora de establecerse como una sátira bastante retorcida del corporativismo y de la venta de sueños a la clase media, quien busca un ideal de felicidad propio de la clase alta, sea cual sea el precio a pagar. El guion plantea situaciones que logran aprovechar las idiosincracias del ecosistema vacacional y sus irritantes figuras para un buen efecto humorístico, a la vez que Hofmann genera una imagen enfermiza de tintes oníricos alrededor del resort, desarrollada con efectividad desde las miradas paralelas del cliente desencantado y el trabajador hastiado. El resultado final acaba siendo una mezcla de géneros, que van del inquietante thriller psicológico a la hilarante comedia negra, hilada con la misma habilidad con la que se hace uso de unos recursos visuales muy estimulantes y un apartado estético lleno de tonalidades fluorescentes para construir una atmósfera tóxica y opresiva dentro de ese paraíso tropical. [★★★½] 

Princesita

Y como las decepciones, las sorpresas también vienen de dos en dos, en este caso con la segunda película de la directora Marialy Rivas. Producida por Pablo y Juan de Dios Larraín y confirmando a Chile como uno de los países latinoamericanos con las voces audiovisuales más interesantes, Princesita (íd., 2017) se centra en Tamara, una chica de doce años que ha crecido dentro de un culto liderado por el carismático Miguel. Cuando este la elige como madre del hijo santo, la felicidad poco a poco se convierte en maldición y el paso de niña a mujer que vive la joven desata un violento camino de liberación personal. Hay muchas cosas hacen de Princesita una gran obra, empezando por la gran potencia visual. La fotografía hipnótica y la espectacularidad de las localizaciones nemorosas ayuda a crear un ambiente que bascula entre el cuento de hadas y la pesadilla más enfermiza. A ello hay que añadir el duelo interpretativo entre Nathalia Acevedo como la insegura y curiosa Tamara y Marcelo Alonso como el calmado pero imponente Miguel. La relación entre ambos es uno de los elementos esenciales con los que Rivas utiliza el culto y el papel de la mujer en él como una clara y brillante metáfora de las dinámicas de género en la sociedad actual. Y es que todo el cuyo preciosismo estético puede verse, juntamente con el desarrollo narrativo, como un reflejo de las turbias florituras y trucos que elabora el patriarcado para engañar y poseer los cuerpos femeninos. En definitiva, una alegoría feminista fascinante, concisa en sus 78 minutos de duración, y cuyo final lleno de justicia poética la convierte en un film muy reivindicable en los tiempos que corren. [★★★½] 

No quiero perderte nunca

Todo parecía perfecto (íd., 2014), la opera prima de Alejo Levis me gustó mucho por la valentía en la inclusión de elementos oníricos en una historia sobre sueños y amor. Es por eso que tenía bastantes ganas de No quiero perderte nunca (íd., 2017) y comprobar que puede convertirse en un gran cineasta nacional. Nada más lejos de la realidad, pues su segunda película, sobre la culpabilidad y la aceptación de una chica hacia la muerte, coge todo el encanto que tenía su anterior obra y lo sustituye por algo desastroso. La exteriorización que se hace de los laberintos de la mente que encierran a la protagonista es prometedora, pero se introduce sin construir algo que capture el interés y ocupa prácticamente toda la película, volviéndose algo extremadamente repetitivo y obvio que se pierde en los símbolos y en lo onírico por lo onírico, confundiendo lo críptico con lo incomprensible y aleatorio. Levis se gusta demasiado a sí mismo en la dirección, algo que queda demostrado en las excesivas florituras estéticas, desde recursos visuales con resultado pobre —o directamente vergonzoso— a una omnipresente banda sonora nada orgánica que no hace más que subrayar lo que se muestra en pantalla. Tampoco ayuda el sentimiento de sobreactuación que transmiten las actrices, especialmente en aquellas escenas más emocionalmente intensas. En resumen, lo que viene a ser una decepción mayúscula y de lo peor de todo el festival. [★] 

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