Festival de Molins de Rei 2016 – Parte II

Segunda y última parte de mi cobertura del Festival de Cine de Terror de Molins de Rei, un certamen que si bien es pequeño en cuanto a infraestructuras —tan solo hay una sede—, no le falta en absoluto la ilusión y el amor hacia el género, algo que les ha mantenido en pie cada año y creciente en sus ambiciones. También es pequeño en cuanto a cantidad de películas, ya que no llegan a veinticinco los títulos proyectados, pero algunas de ellas de buena calidad como ya se demostró con Under the Shadow y un par de títulos de los que os hablaré a continuación.

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Cruel Summer

Para empezar el artículo toca irnos de vacaciones al Reino Unido con Cruel Summer, la ópera prima de Phillip Escott y Craig Newman —y preparaos, que hay un par de óperas primas más en los siguientes párrafos—. En esta nos centramos en Danny, un chico con autismo que decide ir a disfrutar del aire libre y la tranquilidad del campo al acampar durante un día en un lago cercano. Una estampa idílica si no fuera porque tres jóvenes deciden atormentarlo, un hecho de por sí terrorífico que alcanza otro nivel de horror al estar inspirado en hechos reales. La premisa bebe bastante de Eden Lake, aunque en este caso cambiamos a Fassbender y Reilly por un joven discapacitado y en sí el desarrollo difiere bastante entre ambas. Mientras aquella te mantiene constantemente en tensión ante los ataques de los acosadores, esta prefiere construir previamente los personajes durante aproximadamente los primeros cincuenta minutos. En el caso de Danny no se transmite demasiada información sobre él, pero los tres villanos de la función sí están desarrollados desde una visión negativa, a forma de radiografía o crítica de cierto sector de la juventud. Sí es cierto que este extenso “primer acto” podría haberse reducido un poco ya que peca de reiterativo, pero para compensar nos trae planos naturales de estética bastante trabajada. Aunque lo mejor está por llegar y es que cuando las dos narrativas acaba cruzándose se desencadena un clímax en el que los niveles de tensión suben bastante y que, si bien termina de forma amarga, resulta inevitable.

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Tear Me Apart

El siguiente plato del extenso menú que disfruté el miércoles fue un poco accidentado, ya que por problemas técnicos irresolubles tuvimos que ver Tear Me Apart, la primera película de Alex Lightman, sin subtítulos, algo que dificultó su comprensión a causa del acento británico de sus intérpretes. Por lo que me pude enterar, Tear Me Apart está ambientada en un futuro post-apocalíptico y se centra en dos hermanos caníbales que llevan años en la misma playa esperando el regreso de su padre, quien se fue en busca de la civilización. Es entonces cuando se encuentran con Molly, una adolescente que probablemente sea de las pocas mujeres que siguen con vida, quien se convertirá en el vértice de un triángulo amoroso y además llevará a ambos hermanos a descubrir el mundo que hay más allá de las fronteras que su padre les prohibió cruzar. La dirección de Lightman y la fotografía de Ernesto Herrmann cumplen bastante bien, con ideas visuales estimulantes a la hora de rodar algunos planos y una curiosa paleta cromática constante a base de azul, naranja y gris. Además no se escatima a la hora de mostrar la crudeza del nuevo mundo, del cual se muestran unas cuantas pinceladas interesantes. Una pena que la historia que Tom Kerevan pretende contar en su guión, el cual es el punto mas flojo de todo el filme, parezca estar sacada de una novela de literatura juvenil cualquiera. Un escenario con demasiado potencial como para que la película acabe posteriormente cerrándose a conflictos tan básicos y pobres entre los tres protagonistas, algo que hace que se lastre todo intento de hacer un buen producto.

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Bodom

Supongo que ya muchos de vosotros sabréis, tras innumerables ocasiones en la que lo he dicho, que el subgénero de terror que más me gusta es el slasher. Es por eso que Bodom, la no ópera prima de Taneli Mustonen, estaba entre las pelis que más quería ver en Molins, pese a que las opiniones de algunos asistentes en Sitges me animaban a huir de ella. La premisa, sin lugar a duda, es de lo más corriente: cuatro adolescentes deciden ir de acampada a la orilla del mismo lago —Bodom— donde en la década de los sesenta fue asesinado un grupo de jóvenes sin que se descubriera quién fue el culpable. Obviamente, una a una, esta nueva hornada de víctimas irá cayendo como sucediera hace cincuenta años. Si la valoramos como slasher, Bodom cumple justito ya que las muertes son escasas y, exceptuando una, no están demasiado inspiradas. Sin embargo, los giros que empiezan a aparecer en la segunda mitad del filme, más propios de un drama adolescente que de un largometraje de terror al uso, le dan un poco de aire al conjunto pese a que éste acabe a un pequeño paso de caer por el barranco del ridículo. Que termine siendo bastante tensa en el tercer acto es un punto a favor del resultado final, pero esta curiosa propuesta que nos llega desde Finlandia está bastante lejos de ser una cinta de terror que aporte algo más que mero entretenimiento para una noche tonta.

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The Eyes of My Mother

El punto final del Festival de Molins de Rei lo puso otra de esas deudas pendientes de Sitges que llegaron precedidas de buenas opiniones en Sundance. En este caso me estoy refiriendo a The Eyes of My Mother, la enésima ópera prima vista en Molins, en la que Nicolas Pesce nos cuenta la historia de la joven y solitaria Francisca y cómo, tras un trágico suceso, empieza a dejarse llevar por sus deseos más oscuros y profundos con brutales consecuencias. Bajo la amable apariencia de Kika Magalhaes nos encontramos con un personaje que en su interior es tan inocente y delicado como macabro y psicológicamente roto. Prueba de ello es la sucesión de secuencias mostrando un día a día de lo más tranquilo que se ve intercalado por las perturbadoras hazañas que lleva a cabo, todas ellas motivadas por la relación tan íntima que tiene con su madre, pero cuyo objetivo no acaba de quedar explicado de manera suficientemente clara y solo se puede intuir levemente durante el breve metraje —hora y cuarto— del filme. Sin embargo, si decidimos dejar a un lado lo que se cuenta, podemos ser testigos de una pesadilla bella y elegante a la par que enfermiza. La elección por parte del director de utilizar una fotografía monocromática reduce el impacto explícito de algunas de macabras escenas sin restar impacto terrorifico, mientras que también se aprovecha a crear un aura fantasmagórica alrededor del personaje central y visualmente mejora mucho algunas secuencias nocturnas, por lo que podríamos tildarla de un acierto absoluto. En definitiva, una película pequeña muy malrollera en la que una expléndida forma supera por mucho el fondo, pero sin que este último quede descuidado por completo.

CONCLUSIONES

Como ya hiciera con Sitges en dos ocasiones, y en menor medida con el Americana y el D’A, voy a acabar esta cobertura dando una pequeña opinión general de lo que ha sido la trigésimo quinta edición del Festival de Cine de Terror de Molins de Rei. El nivel de las propuestas que he disfrutado durante estos días ha sido equilibrado, con algunas películas muy buenas y otras que han resultado ser bastante pobres. Cierto es que aquellas que ya pude ver en Sitges sí tienen una calidad muy alta, por lo que podemos decir que toda la selección de títulos del que se disponía era más que bueno. Ojalá el festival siga contando, como mínimo, con títulos de esta envergadura, aunque mis deseos están en que éste siga creciendo en próximas ediciones. Al trato de los organizadores con la prensa no se le puede poner ni una pega, así que espero que todo lo anterior suceda con un servidor siendo testigo de ello. Y ahora, como siempre, os dejo con las cinco películas —de un total de ocho— que más me han gustado.

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