Festival de San Sebastián 2016 | Día 1

Volvemos, por segundo año consecutivo, a una cita imprescindible como es la del festival de cine que alberga San Sebastián a mediados de septiembre. Lo hacemos conociendo más lo que nos vamos a encontrar, con menos nervios y con más preparación previa, aunque con el inconveniente de tener, todavía, la web en obras y sabiendo que ello nos va a traer más de un dolor de cabeza. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, estamos dispuestos y comprometidos a escribir de la mejor manera que podamos sobre las películas que vayamos viendo y, como novedad, comentándolas en un podcast también diario que encontraréis enlazado en cada artículo. Os damos las gracias por compartir esta aventura con nosotros y por la paciencia de cara a la revitalización de la página que, estaos seguros, volverá a su máximo esplendor una vez terminado el festival. Y como último apunte, comentar que los dos Danis hemos empezado firmar con nuestros nombres reales, y aclarar que Daniblacksmoke es Daniel Pérez-Michán y Daniel Escaners es Daniel Cabo. Sin más dilación, esto es lo que hemos visto en nuestro primer día.

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La doctora de Brest

por Daniel Pérez-Michán

Al igual que el año pasado —y visto lo visto, en sintonía con la historia reciente del festival donostiarra—, la película que inauguraba esta 64º edición en San Sebastián no ha estado a la altura de las circunstancias. Si en la pasada edición llegábamos al Kursaal con una palpable curiosidad por Regresión, con La doctora de Brest lo que teníamos ganas era de que pasara rápido y a otra cosa. ¿Y por qué ocurría esto? Pues principalmente que darnos de bruces nada más llegar con un drama francés de dos horas y pico sobre un caso en la que está involucrada la industria sanitaria y farmaceútica francesa no nos apetecía del todo. Y vaya, podría habernos sorprendido y callarnos la boca (que ojalá lo hicieran todas con las que nos encontramos en una situación similar), pero ya os adelanto, queridos amigos, que no ha sido el caso. En La doctora de Brest hay varios problemas, y el más serio para mi gusto tiene que ver con el tono. Si haces la película con una historia como esta tienes que ir con una propuesta hasta el final, con todas sus consecuencias. Puedo llegar a entender que el inserto de alivios cómicos cada cinco minutos a Emmanuelle Bercot, la directora, le pareciera necesario para quitar dramatismo al asunto, pero acaba jugando en su contra. Otro asunto que me gustaría sacar a relucir es que siento este filme sin personalidad alguna, no sabe sobre qué terreno jugar, pero juega. Primero, intentando emular a los thrillers y películas de espías típicos de Hollywood con esos rótulos que te sitúan espacio-temporalmente cada vez que hay una elipsis o la acción se traslada a otra parte. Segundo, llevando a cabo (sobre todo en la primera mitad) una investigación que recuerdan a cintas como la reciente Spotlight, pero sin ser tan satisfactoria, sobria y sutil como aquella. Y por último, por acabar siendo a lo largo de la segunda mitad del metraje otro drama social francés más; y no de los mejores, precisamente. Por otra parte, la actriz principal, Sidse Babett Knudsen, consigue ser lo más destacable de una película que gustará al público habitual de este tipo de cine y que, para otros, como para el que aquí escribe, se quedará a medio camino.

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Toni Erdmann

por Daniel Cabo

En un festival de cine, con horarios tan apretados y colas que, quieras o no, acaban desgastando un poco, una película de casi tres horas se recibe con un soplido y cabeza baja. Además, que te la programen a la hora de comer tampoco es un favor a nadie. Sin embargo, nada de ello importa cuando la película en cuestión es una como Toni Erdmann, la que ha supuesto la primera gran película de lo que llevamos de edición. Narrando la complicada y problemática relación entre un padre y su hija, una persona competitiva que apenas piensa en otra cosa que en el trabajo y en las apariencias, Toni Erdmann destaca principalmente por la frescura de sus intenciones a pesar de contar con un punto de partida de sobra conocido. El choque entre dos personas, las relaciones caducas y el comentario social son puntos fundamentales que maneja Maren Ade a la hora de contar una historia que, y esto es importante, posee un genial sentido del humor que la hace tremendamente llevadera y única. El padre que da nombre al filme es uno de los mejores personajes de lo que llevamos de año, un hombre que intenta volver a conectar con su hija arrastrándola a situaciones en las que ella no se siente a gusto, intentando mostrarle que debe intentar vivir el momento y no preocuparse tanto por el trabajo. Una mirada especial y remarcable en la que seguramente sea una de las mejores películas que vamos a ver en esta edición del festival.

Los siete magníficos

por Daniel Cabo

Quizá sea yo, que estoy empezando a estar un poco cansado, o quizá sea la calidad de las grandes producciones de Hollywood, pero el caso es que decir que últimamente se está viviendo una alarmante falta de ideas en la escena blockbuster no es descubrir América. Y ojo, lo digo en un sentido específico: no me molesta, o no lo hace necesariamente, que se hagan remakes de películas pasadas y se vuelva dar vida a un nombre que a lo mejor ha cogido polvo en un cajón. No, no voy por ahí. Cuando hablo de una falta de ideas, me refiero más a la intención de llevar el planteamiento más allá, a jugar con el apartado formal y a, en definitiva, coger una idea conocida y ponerla patas arriba, sorprender a la afición jugando en casa. Lamentablemente, el remake de Los siete magníficos (cuya original ya era, a su vez, un remake de la magnífica cinta de Akira Kurosawa) no se encuentra en el grupo de los que quieren ir un poco más lejos. De hecho, si algo hace la película de Antoine Fuqua es estancarse en un modelo manido, simpático pero con sonrisa falsa, casi casposo, que provoca una sensación de que lo que estás viendo lleva caduco desde su propia concepción. Los siete magníficos quiere ser buena, sin ironías; sí, tiene personajes que sueltan frases ocurrentes cada minuto (literalmente: cada maldito minuto) y la comedia no abandona la función, pero a su vez quiere darle un trasfondo trágico a muchos de sus personajes y a la mayoría de las situaciones. Quiere ser un western de los buenos, y, qué queréis que os diga, no llega a ser ni una película salvable. Entretenida, quizá, pero cómo no va a serlo con la cámara corriendo de un lado a otro y la música a todo volumen. Al final te quedas con la sensación de que Chris Pratt lleva interpretando el mismo papel en tres películas consecutivas, que a Denzel Washington tampoco le apetecía mucho rodar esto, que Ethan Hawke está muy perdido y que los demás están… bueno, están. Si buscan épica, o si buscan buen cine, visiten a Kurosawa.

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Neruda

por Daniel Pérez-Michán

Ha sido una jornada un tanto irregular e intensa y al menos hemos estado en manos de Pablo Larraín para darla por concluida. El cine del director chileno se asoma por tierras vascas en esta edición del festival a través de Neruda, su última película en habla hispana —recordemos que justo este año también ha estado estrenando en festivales su primer largometraje en inglés, Jackie—. Neruda es un biopic, sí. Pero uno bastante peculiar. Podría decir, de hecho, que nunca había visto uno tan arriesgado y original. La película, como sabréis, trata sobre la figura de uno de los chilenos más celebres de la historia, el poeta Pablo Neruda. Intentar contar la historia —o parte de la historia, más bien— de la vida de una persona ya es algo que requiere cierta complejidad. El material tiene que ser, de primeras, algo llamativo y que mantenga al espectador en vilo, y la vida del poeta, sobre todo la parte en la que se centra el filme lo es de sobra. No obstante, Larraín convierte la etapa del exilio de Neruda en un especie de policíaco con influencias claras del cine negro sin abandonar en ningún momento su remarcado estilo visual. Me parece fascinante como deconstruye al genio y le homenajea creando una película que tiene más de la propia visión del mundo que tenía Neruda (y por lo tanto de su obra) que de su propia vida. La puesta en escena (sobre todo en interiores), así como la propia dirección de fotografía es impresionante. Pero es que Larraín no solo consigue lograr otro punto álgido en lo estrictamente visual sino que vuelve a demostrar lo buen director de actores que es consiguiendo siempre sacar oro con las interpretaciones de su selecto grupo de actores con los que suele trabajar. En esta ocasión es el magnético Luis Gnecco quien se luce más de todo el reparto. La película no deja de sorprender, el tercer acto es mágico.

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