Festival de San Sebastián 2016 | Día 2

Hoy ha sido un día de lluvia y viento. No por las películas, sino por una San Sebastián que amanecía gris y, sin embargo, siempre espectacular. Es una ciudad de esas de las que no te cansarías nunca. En cualquier caso, con el correspondiente café en la mano y con algo más de sueño del que nos gustaría, nos dirigimos a la primera sesión del día, que era nada más y nada menos que el nuevo trabajo de Alberto Rodríguez tras haber triunfado por todo lo alto con La isla mínima. Entre sesión y sesión nos dio tiempo a ver a Ethan Hawke sentado en una sala de prensa abarrotada, diciendo que le gustaría volver al festival con una película dirigida por él. A nosotros también. En definitiva, en este artículo encontraréis nuestras opiniones de todos los filmes vistos durante la jornada además de, como ya dijimos, el podcast diario prometido.

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El hombre de las mil caras

por Daniel Pérez-Michán

Considero a Alberto Rodríguez uno de los directores españoles más importantes del panorama actual. Un realizador que, sin importar la calidad de sus guiones —que también escribe, junto a Rafael Cobos—, rebosa de talento para filmar con destreza lo que se proponga. Si bien ha ido estrenando interesantes propuestas como 7 Vírgenes y After, no fue hasta Grupo 7 cuando verdaderamente me conquistó. En aquella, y aún más en su más reciente La isla mínima, su forma de dirigir se vuelve salvaje, llena de fuerza. Algo de eso siento que falta aquí, en su película más “artificiosa” (en palabras del propio director), El hombre de las mil caras. La idea de llevar al cine una figura tan controvertida y misteriosa como Francisco Paesa tiene sus problemas, y es que a pesar de que se ha hablado mucho de él, apenas se ha podido ahondar en todo lo que hizo. Con esto entre las manos, Rodríguez y Cobos diseñan una historia de ficción sobre el célebre agente del servicio secreto español sencilla, efectiva y con mucha guasa. Una vida pasada cargada de realidad presente, de la que se mofan en la propia película comparando extra-cinematográficamente ciertas maneras y diálogos de la misma con otras más que reconocibles de la situación política española de nuestros días. Como ya preveíamos, el galardonado equipo técnico de la película hace un trabajo magnífico en todas los campos en los que trabajan, destacando sobre todo el montaje “guyritchieano” de José M.G. Moyano y la impoluta fotografía de Alex Catalán. Con El hombre de las mil caras Alberto Rodríguez firma su película más hollywoodiense, un thriller convincente con el que se asegura llegar tanto a la taquilla nacional como a los premios Goya que coronaron a él y a todo su equipo el año pasado. ¿Llegará este año a la Concha de Oro?

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Little Men

por Daniel Cabo

Con el precedente de su paso por el festival de Sundance, Little Men empieza con unos créditos que apuntan a qué tipo de película parece ser: una indie. Colores llamativos y música agradable para comenzar la historia de cómo una familia se muda a Brooklyn después de que el abuelo haya fallecido, teniendo que lidiar con una tienda alojada en un local que necesitan y con la gente que vive allí. Una comedia con ligeros toques sociales que se acaba centrando en la relación entre los dos hijos de ambas familias, que se vuelven muy amigos, y las vicisitudes entre los adultos con tal de llegar a un acuerdo (o no) de cara al futuro de la tienda. Un planteamiento interesante, que traza líneas en las relaciones entre los mayores y los niños, y las preocupaciones de ambos, que sin embargo se acaba diluyendo en un continuo de secuencias insulsas y muy mal escritas. Es una película vaga, incapaz de sacar provecho a sus temas y consiguiendo, así, la sensación de que no se está tratando nada. El humor funciona poco, los actores no son especialmente destacables (los que más, los niños) y el guión nos deja algunos momentos con frases hilarantes de forma involuntaria. Little Men aspiraba a ser una de las buenas comedias made in Sundance que a veces nos llegan, pero en absoluto: ha acabado siendo un filme falto de corazón.

Florence Foster Jenkins

por Daniel Cabo

Es preocupante la velocidad a la que Stephen Frears se está convirtiendo en un director de películas de domingo por la tarde. Philomena, cinta que se coló entre las nominadas al Oscar de su año y que a mí no me produjo más que bostezos e indignación por su discurso final, supuso una prueba de ello, al igual que The Program, biopic de Lace Amstrong que, aun salvado por la interpretación de su actor principal, no aportaba nada a lo que ya se sabía del ciclista. Frears vuelve, sin dejarnos tiempo a descansar, con Florence Foster Jenkins, otro relato centrado en una figura real como es en este caso la mujer que da nombre a la película, mujer que quiso convertirse en soprano sin tener el talento para ello, y cayendo en una ceguera que le hacía dar recitales sin darse cuenta de por qué la gente se reía de ella (a pesar de que, al fin y al cabo, iban a verla; factor definitorio mal plasmado en la película). Risas que, irónicamente, les pueden asaltar a los espectadores que vean este filme: carcajadas, a menudo involuntarias, ante una narración vacía y ridícula, con una última hora repleta de bochornosas decisiones por parte de un director que en ningún momento imprime ningún tipo de cariño, o pasión, por lo que está contando. El resultado, con una Meryl Streep insoportable, un Hugh Grant siempre sonriente y un Simon Herlberg al que es imposible aguantar dos horas, compone una película tan irrelevante como irrisoria.

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La tortuga roja

por Daniel Pérez-Michán

El cine de animación es muy versátil, y cada año que pasa el número de películas animadas que se estrenan crece exponencialmente. Y sí, no es ningún género. Es una forma más de hacer cine, una herramienta. Y con ella hemos visto de todo. O bueno, de casi todo. Porque todavía quedan propuestas que sorprenden, como es el caso de La tortuga roja, el primer largometraje de Michael Dudok de Wit. De Cannes llega a San Sebastián esta producción de Ghibli que si bien armoniza en sintonía con los instrumentos que suele tocar el estudio japonés, de Wit toca en solitario y a su rollo, y no precisamente hay que tomarse esto como algo peyorativo. Mejor partamos diciendo que La tortuga roja es una delicia para los sentidos. La belleza visual de cada plano se consigue gracias a un palpable cuidado por lo estético y una animación que transmite al espectador la constante sensación de estar presenciando un filme de lo más placentero. La banda sonora, con un sinfín de piezas entrañables, se ha quedado dentro de mí. La historia, por su lado, frecuenta lugares comunes tratando temas universales, con la peculiaridad claro está de que ni un solo personaje en todo el metraje abre la boca para expresarlos. Porque no hace falta, ahí reside el mérito de La tortuga roja. Un mérito que no deja de crecer en la memoria de uno y que deja latente que estamos ante una de las grandes películas del cine de animación de estos años.

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The Oath

por Daniel Cabo

Algunas decisiones a la hora de meter películas en la Sección Oficial del festival se hacen difíciles de entender. ¿Cómo es posible que una película tan visiblemente deficiente, tan carente de objetivos y de estilo participe a concurso en un evento como este? Me temo que no tengo la respuesta, aunque sí tengo el ejemplo perfecto: The Oath. La nueva película de Baltasar Kormákur, director conocido por 2 Guns y Everest, se las promete de clásico thriller nórdico con personajes fríos y violencia cruda. Y bueno, sí, los personajes a menudo se comportan de forma calculadora y no es que le falte violencia (a pesar de sentirse gratuita más de una vez, especialmente la verbal), pero todo ello está dirigido hacia un sitio muy común: a ninguno. Con un padre decidido a tomar cartas en el asunto ante el novio de su hija, que está provocando que caiga en la droga, The Oath se mueve entre lo absurdo y lo insoportable a medida que avanza en su narración, carente de pulso e intención alguna. Un desarrollo plano que desemboca en uno de los finales más abruptos y ridículos que he presenciado no ya en lo que llevamos de festival, sino en todo el año. Al final solo te queda salir de la sala preguntándote cómo demonios una película así ha podido meterse en una sección como esta.

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