Festival de San Sebastián 2016 | Día 4

Ya son cuatro los días que llevamos viviendo el festival de San Sebastián, y las cosas no podrían ir mejor. Muchas de las películas que estamos viendo tienen un nivel muy alto; es cierto que, de momento y como ya ocurrió el año pasado, la Sección Oficial vuelve a hacer gala de elecciones indefendibles, pero en el conjunto general ya hemos disfrutado de filmes geniales. En este cuarto día, en el que hemos visto tres películas por problemas con las invitaciones, el nivel ha bajado un poco, aunque nos ha dejado, casualmente en la Sección Oficial, una muy grata sorpresa. Y no olvidéis que aquí tenéis el podcast en el que hablamos tanto de lo que vimos ayer como las visionadas hoy. Vamos allá.

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Lady Macbeth

por Daniel Cabo

En la bastante irregular Sección Oficial que estamos teniendo hasta el momento es de agradecer, y  mucho, una película como Lady Macbeth. Siendo un drama de época de manual y sin realmente ningún aspecto extraordinario, la ópera prima de William Oldroyd destaca sobre todo por su consistencia. Nos narra la historia de una mujer sometida a las estrictas normas del patriarcado y que intentará, de una manera u otra, liberarse de esas ataduras y convertirse en algo más que una mujer florero. Un personaje femenino fuerte y complejo con el que empatizas en su lucha contra ese mundo machista, aunque con facetas inquietantes que se van desarrollando a lo largo del relato. No es una película redonda, pero sí sólida; Oldroyd no realiza ningún trabajo espectacular, pero siempre narra las escenas con el pulso y el ritmo necesarios, componiendo encuadres que recuerdan a obras pictóricas de una tremenda belleza. Chocan, a su vez, la historia y el apartado formal, al tirar en direcciones opuestas que finalmente consiguen sumar: lo impoluto de la realización, elegante y sobria, y el revuelto y sombrío mundo interior (y, a veces, no tan interior) de los personajes que protagonizan la trama. La guinda la pone una genial Florence Pugh, que interpreta con fuerza y muchos matices a la protagonista. Una grata sorpresa.

I Am Not Madame Bovary

por Daniel Cabo

Temíamos que esta fuera la Back to the North de este año, es decir, la película asiática soporífera e insoportable que nos amargara la tarde, y finalmente nuestras sospechas se han vuelto realidad. I Am Not Madame Bovary nos cuenta la historia de una mujer que quiere demandar a su marido por haberse divorciado de ella cuando, según sus palabras, todo aquello era falso. Un viaje contra las instituciones chinas durante los años en busca de lo que ella considera que es lo justo. Más allá de un planteamiento endeble que se vuelve ridículo ante la aparente indiferencia del paso del tiempo (la protagonista no rehace su vida después de diez años, o no se ve atisbo de ello), el filme de Xiaogang Feng posee uno de los ritmos más comatosos que me he encontrado en los últimos tiempos. No existe un fluir de las imágenes, sino diferentes escenas, cada una con su concierto, rodadas con mucho gusto visual pero sin ningún tipo de interés. Así, la película avanza durante dos largas horas, entre planos con paisajes muy bonitos y momentos con una narrativa pésima, que incluso desaprovecha su peculiar formato circular para darle sentido argumental. Ni los cambios en la pantalla, dando paso a momentos con 1:1 o panorámicos, tienen una justificación clara. Por no mencionar una de las escenas más bochornosas y repugnantes que he visto últimamente, en la que se narra una violación en forma de gag, frivolizando el asunto de una manera tremenda. I Am Not Madame Bovary es, en definitiva, una colección de postales preciosas, pero una película insoportable.

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Colossal

por Daniel Pérez-Michán

Uno de las citas más interesantes de esta edición del Zinemaldia para un servidor era el pase de Colossal, una cinta por la que sentía verdadera curiosidad. Colossal es la cuarta película (y la primera de producción estadounidense) de Nacho Vigalondo, un director que atrae a partes iguales tanto a detractores como a alabadores. Personalmente, el director cántabro es una de las figuras del cine patrio que más respeto y de las que más me gusta oír y leer hablar de cine. Pero en la faceta que importa hoy, la de director, no diré que me encuentro entre sus mayores defensores. Sí es cierto que Los cronocrímenes me encandila, pero sus otras dos películas, con sus más y sus menos, se me quedan en tierra de nadie. Su filmografía está plagada de ideas brillantes sobre el papel, y ejecutadas de aquella manera; no obstante me fascina su etapa como cortometrajista, en la que creo que la balanza está mucho mejor equilibrada. Aún así, en lo que a mí respecta, ir a ver una de Vigalondo significa ir a ver una película que puede o no gustarme pero que seguro que habrá de donde agarrarse gracias a sus propuestas siempre interesantes y originales. Colossal, en ese sentido, no puede ser más vigalondiana. Como no podía ser de otra forma, rehuye de etiquetas y géneros para construir un valiente capricho (tengo la sensación de que ha acabado siendo justo la película que quería hacer) que cuanto menos se toma en serio mejor funciona. A su vez, entiendo que el drama se asome por la ventana de vez en cuando en el momento que se tratan temas lo bastante serios como para permitírselo. Y poco se ha celebrado aún de que estemos viviendo en esa realidad alternativa en la que Anne Hathaway es la protagonista de una película de Vigalondo, siendo todo un cierto tanto a nivel interpretativo como para la propia producción de la cinta. No me gustaría desvelar mucho del argumento de la trama así que tendréis que esperar a cuando se estrene para poder juzgarla por vosotros mismos. No va a ser de las mejores películas del festival pero tampoco de las peores; como el propio cine del director, Colossal es imprevisible, divertida e irregular.

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