Festival de San Sebastián 2016 | Día 8

Empezábamos nuestro último día normal en el festival de San Sebastián de este 2016, y es que mañana va a ser jornada de recuperar alguna película que no pudimos encajar y, sobre todo, de conocer el palmarés de esta edición. Un día especial, este, porque hemos visto el que para nosotros es el mejor filme no ya sólo del festival, sino uno de los más grandes del año. Ya veréis. Ah, y ya tenéis el podcast en el que repasamos tanto el día anterior como el que nos concierne.

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American Pastoral

por Daniel Cabo

El año pasado tuvimos el debut en la dirección de un actor reputado como Ryan Gosling con su genial Lost River, y en 2016 le ha tocado a Ewan McGregor, que adapta la novela American Pastoral, de Philip Roth, y se atreve tanto a interpretar al protagonista como a ponerse detrás de las cámaras. Nos sitúa en los años sesenta y setenta, en el seno de una familia aparentemente feliz y triunfadora cuya paz se verá truncada ante la rebeldía de la hija adolescente, cada vez más radical y participativa en movimientos políticos. Temas como los conflictos que existían en la América de entonces o la aceptación de una hija como una persona independiente cuentan con la suficiente fuerza para sostener una película que, en su realización, resulta bastante básica. McGregor no arriesga en absoluto en la puesta en escena, clásica y conservadora, y demuestra lo verde que está como director, sin la fuerza que por ejemplo sí tenía Gosling en su debut a pesar de ser también su primer baile. Resulta curioso, además, que el que peor rinda interpretativamente sea él, al parecer incapaz de dirigirse a sí mismo como sí consiguen otros directores (porque, digo yo, McGregor es un actor con presencia y carisma), y sin embargo consigue extraer notables resultados de sus actrices, Jennifer Connelly y Dakota Fanning, convincentes en sus respectivos papeles. American Pastoral es una ópera prima carente de fuerza, de magia cinematográfica, de genialidad; McGregor es eficaz en sus formas, y el filme en general avanza sin caerse del todo, pero nunca llega a emocionar.

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Ikari

por Daniel Pérez-Michán

Tras la relativa decepción del debut de McGregor como director, llegábamos a la última película de la Sección Oficial que iba a competición en esta edición del festival donostiarra. Esta era Ikari (o Rage, como se le está conociendo internacionalmente), la nueva película del japonés Lee Sang-il, de la cual tenía relativas ganas. Al final, y ya curados de espanto, Ikari resulta ser muy problemática. El problema que más le pesa es su duración (cerca de dos horas y media) y la administración de los tiempos para contar las tres tramas principales. No solo se hace pesada y sumamente alargada sino que su “clímax”, y el tercer acto en definitiva, dura cerca de una hora —aunque se hace eterna—, algo que me parece de locos. En ese clímax desatadísimo incide en volver una y otra vez en círculos a reiterar lo mal que se han quedado todos los personajes tras una serie de desafortunadas desgracias. Porque sí, es una película muy intensa dramáticamente, como si de un anime de acción real se tratara; un no parar de escenas de llantos. El montaje es bastante arbitrario y hace lo que le da la gana con la narrativa y coherencia lógica de sus personaje. Tampoco ayuda el hecho de que la historia tenga una estructura como para hacérselo mirar. La trama aparenta ser interesante, pero su ejecución deja mucho que desear. Sinceramente, a Lee Sang-il esto se le ha ido de las manos. Una pena ver cómo, una vez más, la que parecía tener la última oportunidad para animar un poco la Sección Oficial solo consigue bajar la media.

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La llegada

por Daniel Cabo

No debe ser mala señal cuando sales de la sala con las manos en la cabeza, emocionado ante lo que acabas de ver. No debe ser mala señal cuando has intentando, durante las casi dos horas que dura la película, encontrar algo que no te gustara, que no te llenara, y has fracasado. Quizá sí sea mala señal, para vosotros, lectores, que intente ponerme intenso y emocional para hablaros de la nueva obra de Denis Villeneuve, La llegada, pero es que no me sale otra cosa. El director canadiense se introduce en el mundo de la ciencia-ficción con una historia alejada de los grandes relatos operísticos y el combate contra fuerzas alienígenas, centrándose en la íntima historia de una mujer que trabaja, junto a su equipo (el de la base en particular, y la humanidad al completo en general), para desentrañar la forma en la que comunicarse con los seres extraterrestres que de improvisto se han presentado, con sus naves monolíticas, en distintas partes del mundo.

El conflicto es global, el ejército está presente, la guerra parece un desenlace plausible… pero La llegada no va de eso. La llegada trata sobre la comunicación, el sentimiento de comunidad y la transmisión de los conocimientos y sentimientos a través del lenguaje. Ella, una lingüista, se enfrenta a la tarea de descifrar un idioma absolutamente imposible de entender en un principio; una prueba para conocer el futuro de la humanidad, y también su propio porvenir. Con un planteamiento bastante más minimalista de lo que aparenta en la sinopsis, Villeneuve vuelve a jugar con las herramientas cinematográficas tan bien como ya ha demostrado en filmes anteriores: la creación de atmósfera, el control de la tensión y la construcción de espacios son tres de los aspectos que más brillan, acompañados, además, por una genial banda sonora que hace mucho por la constitución de un ambiente enrarecido y misterioso. Mientras, en medio del baile, con la película en sus hombros, se encuentra ella, Amy Adams, con una interpretación extraordinaria de una contención tan bien medida que se hace difícil no calificar su trabajo como el mejor que ha realizado hasta la fecha. Así, cerrando con unos últimos diez minutos mágicos y tremendamente emocionantes, sólo te queda salir de la sala con las manos en la cabeza, reconociendo la que es, por lo menos para mí, una de las mejores películas del año, la mejor del festival, y la más tranquilizadora muestra de que la secuela de Blade Runner no podría estar en mejores manos.

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The Odyssey

por Daniel Pérez-Michán

Para cerrar esta 64º edición del festival de San Sebastián, y en particular esta irregular Sección Oficial, se han decantado este año por una producción francesa (al igual que hicieron con la película de inauguración). En esta ocasión, en The Odyssey encontramos un producto al menos digno y bien tratado; pero poco más. Es un biopic del reconocible explorador Jacques Cousteau (Lambert Wilson) en el que se nos cuenta cómo era su capacidad aventurera y la relación con su familia, en concreto con su hijo Philippe (Pierre Niney, el protagonista de Frantz). La película sigue paso por paso todo lo que una obra basada en hechos reales de manual parece que tiene que hacer por fuerza, y por eso se queda coja, aún teniendo planteamientos satisfactorios a lo largo de todo su metraje. Por otro lado, no juega nada en su favor que ya exista una película como Life Aquatic, de mi querido Wes Anderson, en la que se homenajea/estudia la figura de Cousteau desde la parodia con su peculiar sentido del humor. En definitiva, una película inofensiva, que se deja ver y que al menos clausura una Sección Oficial con buena intención y sin hacer especial ruido, para bien o para mal.

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