Festival de Sitges 2016 – Parte IV: Made in Spain

La industria cinematográfica española lleva una racha especialmente buena durante estos últimos años gracias a productos de gran calidad levantados por cineastas emergentes de mucho talento. No hay más que ver las óperas primas de Raúl Arévalo, Marc Crehuet o las cuatro estudiantes que dirigieron Las amigas de Àgata para comprobarlo. Durante el festival de este año se han proyectado varias propuestas patrias, entre ellas la ya comentada Colossal, Vestigis, Salvación o Que Dios nos perdone, pero a parte de la de Vigalondo yo solo he visionado un par de ellas, acertando en un cincuenta por ciento. Seguid leyendo si queréis saber cuáles son.

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Proyecto Lázaro

Mateo Gil consiguió ser uno de los guionistas españoles más relevantes gracias los libretos que escribió para Alejandro Amenábar, entre ellos los de las aclamadas Abre los ojosMar adentro. Este éxito le animó, hace unos pocos años, a colocarse detrás de las cámaras en un western sobre Butch Cassidy titulado Blackthorn. Su última propuesta, cuya idea nació hace mucho pero resucitó tras una noticia de células madre, nos lleva directos a los territorios de la ciencia ficción y lleva por título Proyecto Lázaro. En ella nos encontramos siguiendo a Marc Jarvis, un artista interpretado por Tom Hughes que se convierte en el primer humano en ser resucitado tras someterse a un proceso de criogenización. Pese a que la premisa podría dar a luz a un thriller futurista, el director y guionista de la obra decide centrarse en el interior del personaje principal a través de un enfoque de drama psicológico.

El filme plantea cuestiones interesantes relacionadas con todo lo que Marc deja atrás tras la criogenización y la soledad que se encuentra tras volver a la vida en un tiempo futuro que no le corresponde. Unas cuestiones que se exteriorizan a través de los extensos pasajes de voz en off y que ayudan a comprender mejor al personaje principal. Entre aquello que abandona (amigos, familia…), su amada Naomi (Oona Chaplin) es lo más destacado para él —y nosotros— y la narración de la historia de amor de ambos a través de flashbacks es bastante correcta. El principal problema se encuentra en las reflexiones que nuestro protagonista realiza sobre la vida, las cuales convierten algunas escenas en fragmentos más propios de un anuncio de televisión o un video motivacional. Aún así tengo que decir que en general, y gracias a que no llevaba expectativas altas tras el caso Vulcania de hace un año, Proyecto Lázaro no me ha dejado un mal sabor de boca, expecialmente por el extenso uso que hace de elementos y jerga científica durante las escenas en el año 2085, un espacio temporal cuya ambientación está bastante currada.

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El ataúd de cristal

Tras la opinión más o menos positiva que tengo de Proyecto Lázaro, parece bastante claro cuál va a ser su contrapunto negativo en este artículo. Yo me acerqué a El ataúd de cristal con expectativas nulas tras las opiniones iniciales que aparecieron por Twitter el día anterior al de mi sesión, aunque sí es cierto que en su momento tuve bastantes esperanzas puestas en este thriller vasco dirigido por Haritz Zubilaga. Durante los setenta y cinco minutos de metraje nos centramos en Amanda, una actriz veterana que va a recibir un premio en homenaje a su carrera. Tras subirse en la limusina que iba a llevarla a la gala, los cristales se tintan, las puertas se bloquean y una voz distorsionada le anuncia que deberá obedecer si quiere sobrevivir.

El punto de partida es muy bueno, recordando ligeramente a Enterrado en cuanto a la presencia de un solo intérprete constantemente en pantalla (aunque en este caso tenemos a Paola Bontempi), y yo solo quería que a partir de ahí saliese un filme entretenido con un mínimo de tensión, pero con semejante guión es absolutamente imposible que salga un cinta de terror competente. Para comprobar lo desastroso del guión solo hay que ver los diez o quince minutos correspondientes a la primera prueba de todas, en la que la voz secuestradora, más allá de crear una amenaza real para la actriz protagonista, se dedica a hacer juegos de palabras ridículos más propios de un grupo de Whatsapp entre amigos que de un momento que pretende ser tenso. No daré ejemplos para que los descubráis vosotros mismos. Pero eso no es todo, ya que durante toda la película este mismo secuestrador utiliza expresiones propias de la jerga cinematográfica a modo de símil del sufrimiento o las pruebas que debe pasar Amanda durante su cautividad. No sé si era un intento de darle un toque intelectual a las líneas de diálogo, pero el resultado es el opuesto al esperado y todas estas frases acaban sintiéndose muy impostadas. Otros males también presentes pero menos sangrantes son la poca contundencia de los sucesos que se plantean, los giros de guión inverosímiles, los efectos de sonido estridentes como recurso fácil para intentar asustar (pero que solo consiguen irritar) o la alargada y desesperante extensión de algunos planos. Y hay cosas buenas, como la ambientación y la iluminación en el interior de la limusina, algunos momentos dignos o la idea de que como comedia involuntaria es una obra maestra, pero hay demasiado peso en el lado contrario de la balanza como para no considerar El ataúd de cristal como un desastre absoluto y de lo peorcito que he visto en el presente año.

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