Festival de Sitges 2016 – Parte V: Hipnóticas óperas primas

Los directores ya consolidados y con una buena carrera a sus espaldas suelen acabar siendo una garantía a la hora de ver un buen filme. Sin embargo, cada vez hay más directores emergentes que, con sus primeros largometrajes, consiguen resultados óptimos a los que ya desearían llegar muchos cineastas de renombre. Dos casos muy claros se han podido ver durante este Festival de Sitges, que nos ha traído las óperas primas de Julia Ducournau y Emiliano Rocha Minter. Las propuestas de estos dos jóvenes son valientes, cautivadoras, no han dejado indiferente y han sido de lo mejor que se ha podido ver durante el certamen.

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Crudo

Crudo, también conocida por el mundo como Raw o Grave, tiene el curioso mérito de ser la película que provocó desmayos en el pasado Festival de Toronto. Las expectativas alrededor de esta cinta francesa ya eran bastante elevadas y esta afirmación no hizo más que aumentarlas, aunque mis sospechas fueran que lo que ocurrió en Canadá no era más que un caso aislado magnificado al localizarse en un ambiente lleno de prensa en busca de noticias. Para empezar ya os diré que Crudo no llega a ser desagradable si nos centramos en lo que muestra, pero sí creo que el concepto de comer cierto tipo de carne puede conseguir impresionar a algunos. Y es que nos encontramos con una película cuya premisa gira alrededor de Justine, una chica de familia vegetariana que durante su primer año en la universidad como estudiante de veterinaria empieza a experimentar con la carne hasta el punto de comer la que todos sabemos…

Detrás de este punto de partida podríamos esperar una película de terror al uso que se centrara exclusivamente en el morbo y lo explícito con el objetivo de impactar al espectador, pero sería el camino fácil y probablemente poco satisfactorio. Por suerte no es esto lo que nos encontramos en Crudo, ya que su directora prefiere construir este filme como un coming-of-age universitario más cercano al drama o incluso a la comedia negra que al terror puro, aunque cierto es que sigue teniendo algunos momentos macabros y tensos que son inherentes al planteamiento. Bajo mi punto de vista, pocas veces se ha visto el teen angst representado de forma tan certera y estimulante como en este fascinante relato de autodescubrimiento modelado con la forma del despertar eroticocaníbal de una joven vegetariana. Durante la primera mitad de la cinta somos testigos de la llegada de Justine a su nuevo entorno y cómo ella, con su personalidad y reglas internas, choca con éste. A través de la carne —en todas sus acepciones— como símbolo, esta recién llegada empieza a sufrir una metamorfosis que rompe su antiguo yo y la transforma por completo, encontrándose con la verdadera identidad que yacía encerrada en su interior y que le hace sentirse mucho mejor consigo misma. Igual de segura de sí misma se siente la novel directora, que filma todo este proceso y las posteriores consecuencias con mucha fuerza visual, una energía propia del ambiente adolescente y las ideas claras de lo que quiere contar y cómo lo quiere contar.

Esta liberación en que la verdadera identidad se proyecta al exterior puede llegar a recordar a la cinta alemana Wild, donde el lado más animal o excéntrico que ha estado bloqueado todo este tiempo hace acto de presencia ante la desconexión o el aislamiento de la protagonista con respecto al mundo que la rodea. Los momentos más claros en que ambas personalidades —la inicial y la final— contrastan es en el par de escenas ambientadas dentro de la discoteca del campus, donde la alienación se intercambia por éxtasis compartido con el entorno. Es también aquí, además de en cierta escena con un espejo, donde se demuestra el poder que tiene la música en el cine para complementar las imágenes en la misión común de transmitir una emoción o provocar una respuesta en el espectador. Es imposible no bailar al ritmo de Despair, Hangover & Ecstasy de The Dø durante una de las escenas iniciales mientras el personaje interpretado brillantemente por Garance Marillier circula, desubicado, entre una multitud hiperactiva que consigue extenderse al patio de butacas, hecho que intensifica la sensación de aislamiento de la protagonista. Con todo lo mencionado previamente, Julia Ducournau nos sirve como primer plato de su carrera una delicatessen con tanto sabor como el que tiene un buen trozo de carne humana. De lo mejor que se estrenará en salas durante el próximo 2017.

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Tenemos la carne

Cada año aparecen películas controvertidas que provocan indignación y fascinación a partes iguales. The Neon Demon, de la que ya os hablé en otro artículo de esta cobertura, podría ser un ejemplo tras su curiosa recepción en Cannes en la que los aplausos se intercalaban con insultos como “tonto del bote” o “pajillero”. En Sitges no fue lo nuevo de Winding Refn lo que ha causó revuelo, sino Tenemos la carne. No puedo hablar por conocimiento propio, ya un servidor estaba sentado en primera fila y no vió nada mas allá de un chico que cruzó por delante de la pantalla, pero muchos que sí estaban sentados en posiciones traseras comentaron en Twitter que los abandonos durante la proyección de este filme mexicano se contaron por decenas. Y la verdad es que puedo llegar a entenderlo, ya que la experiencia audiovisual es cuanto menos desconcertante, pero en mi caso fue justamente eso lo que hizo que me absorbiera desde el minuto uno hasta los créditos finales. Aunque lo más curioso de todo posiblemente es que, como ya he dicho al principio del artículo, este es el debut detrás de las cámaras del prometedor joven Emiliano Rocha Minter, de solo veintiseis años, quien llega apadrinado ni más ni menos que por sus compatriotas Alejandro G. Iñárritu y Carlos Reygadas.

Es difícil encontrarle un sentido argumental a los fotogramas que se suceden en una película tan críptica como Tenemos la carne, cuya premisa e historia acaban quedando más claras leyendo la sinopsis que viendo la propia cinta. Es por eso que, como ya pasara con Endorphine hace un año, hay que rendirse en el intento de buscar lógica y dejarse llevar por el delirio sensorial que ha creado Rocha Minter. En lo que posiblemente sea el filme más artísticamente abstracto que he visto en los últimos años, Tenemos la carne funciona a base de la provocativa aura de pesadilla constante que emplaza a su alrededor, todo gracias a una atmósfera enfermiza —con maravillosa fotografía— y numerosas imágenes tan bizarras y surrealistas que difícilmente se van a borrar de la memoria. Esta libertad de fondo y forma tampoco se ve limitada en lo correspondiente a lo erótico, lo que sirve para dar mucha más eficacia a lo que acaba siendo el corazón y sentido del filme: una representación visual y sin tapujos de los deseos más profundos de la carne en todos los sentidos posibles, desde el mero sexo explícito —que hizo que prohibieran la entrada a la sesión a los menores de edad—, hasta la necrofilia, el incesto o el canibalismo. Puede que, como algunos han llegado a indicar, en su interior haya una crítica, una alegoría o un crudo símil con la situación que se vive en el país centroamericano que mi falta de conocimiento sobre el tema no logra identificar, pero aún sin este componente crítico la película funciona a la perfección al no dejar indiferente a los espectadores, ya sea para bien o para mal.

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