Festival de Sitges 2018 – Parte I: La larga espera

Otro mes de octubre que llega, otra edición de Sitges que empieza y ya van cincuenta y una. Semana y media en que la ciudad del litoral catalan se llena de cine de género y aficionados dispuestos a disfrutar de algunas de las propuestas cinematográficas más interesantes del año. Y por esas películas que, a priori, son las más esperadas y más interés despiertan en la cinefilia son por las que, después de un año de ausencia por la implicación de un servidor como Jurado Joven, empieza esta cobertura de Sitges 2018.

Suspiria

La presencia de Suspiria (íd., 2018), remake homónimo del clásico dirigido por Dario Argento, como película de inauguración parecía todo un pelotazo para el Festival de Sitges como ya lo fue hace un año La forma del agua (The Shape of Water, 2017) tras ganar en Venecia. En esta nueva versión seguimos teniendo a Suzie Bannion —interpretada con solvencia por la cada vez más arriesgada Dakota Johnson— como una bailarina que entra en una academia de baile. Seguimos con Patricia Hingle huyendo despavorida de ella. Seguimos con Madame Blanc —la magnífica Tilda Swinton— como directora de esa misma academia. Pero prácticamente ahí se acaban las similitudes. Que el guion de David Kajganich decida alejarse bastante del material original, despojándole de todo lo relacionado con el giallo para quedarse con los personajes y unas pinceladas de los secretos que esconde la escuela de danza, es algo que a priori podría considerarse positivo y básico para que el remake se pueda abordar al menos desde la curiosidad ante el intento de hacer una reinterpretación. De forma similar se puede hacer referencia a la estética desaturada y taciturna que Luca Guadagnino y su director de fotografía Sayombhu Mukdeeprom imprimen en prácticamente todo el film con el objetivo de crear una atmósfera letárgica, una decisión necesaria a la par que complicada ya que supone despojar al proyecto de aquello que más suele enamorar a los aficionados de la obra de Argento.

Uno de los principales problemas de esta nueva Suspiria es que el letargo estilístico acaba contagiando la trama y, por extensión, también al espectador. Estirar la idea inicial con innecesarias subtramas y capas de contexto sociopolítico para darle más complejidad a la historia da como resultado que el film se alargue hasta unos extenuantes 150 minutos, casi una hora más que el original. Tampoco juega a su favor presentar la película como “una historia en seis actos y un epílogo en un Berlín dividido”, sobre todo si después de dos o tres actos no consigues enganchar a esos espectadores que, desesperadamente, buscarán ese sexto acto que de resolución a la historia. Un sexto acto que, a su vez, se convierte en lo más rescatable. El clímax es de lo poco que nos recuerda que nos encontramos delante de una cinta de terror, tanto en lo que sucede ante nuestros ojos como en el uso de recursos formales para crear secuencias impactantes. Hay más escenas destacables, principalmente aquellas que giran alrededor de los elementos sobrenaturales y las enérgicas exhibiciones de danza, pero son pocos momentos que flotan en este mar de indiferencia. [★★½]

PD: Imposible irse sin destacar los temas que Thom Yorke — el reconocido vocalista de Radiohead— ha compuesto e interpretado para la película, los cuales que aportan una cierta mística a algunos pasajes del film, entre ellos Suspirium o Volk, la pieza principal del espectáculo de danza de la academia.

Mandy

Otro de los platos fuertes de la edición de este año del Festival de Sitges era la proyección de Mandy (íd., 2018), básicamente por dos motivos. El primero, que es el nuevo film de Panos Cosmatos, director de la cinta de culto Beyond the Black Rainbow (2006). El segundo, de mucho más peso, era la presencia, tanto en la pantalla y como en el escenario del Auditori, de ÉL. Y por ÉL me refiero a uno de los actores más conocidos, para bien o para mal, de nuestra generación: Nicolas Cage. La alta expectación por la presencia de Nic hizo que las entradas para la gala en que recibiría uno de los premios honoríficos del festival se agotaran rápidamente. En mi caso la alta expectación —o expectativas más bien— también se encontraban en la película en sí y el resultado no pudo ser más decepcionante.

Durante la primera hora y cuarto de metraje, Mandy se erige como una exhibición estética llevada a límites extremos pero a su vez vacía de substancia, un festival cromático en la América de los años ochenta protagonizado por un culto religioso que rapta al personaje titular para su particular sacrificio. Lo peor de toda esta primera parte es que, intentando provocar un efecto alucinógeno, lo único que consigue es aburrir al espectador por la vía de alargar muchísimo todas y cada una de las secuencias con diálogos desesperantes a un tempo lentísimo. No es broma cuando digo que todo parece reproducido a la mitad de la velocidad original. En la segunda mitad —bien indicada con la tardía aparición del título— el film da todo aquello que prometía la sinopsis y Mandy se convierte en el show de Nicolas Cage. Como ya sucediera en Mamá y papá (Mom & Dad, 2017), Nic abraza el meme y se encuentra completamente desatado durante la ejecución de la venganza, la cual incluye una batalla de motosierras, por mencionar alguno de los delirantes momentos que despertó los aplausos del público. Pero para cuando se libera a la bestia ya es tarde y todo el entusiasmo que podría haberme generado la película se esfumó en la siesta de su primera mitad. Lo mejor es que ha conseguido que valore más lo de Nicolas Winding Refn en The Neon Demon (íd., 2016).  [★★½]

La casa de Jack

Empezar la filmografía de Lars Von Trier por La casa de Jack (The House that Jack Built, 2018) es como empezar una casa por la demolición de la misma después de. Al menos así es como me siento después de ver este presunto ejercicio de autoconsciencia del director danés, una especie de pseudoensayo sobre la violencia en el arte canalizado a través de un asesino en serie para el que la violencia se convierte en un arte en sí mismo. Es por eso que poco puedo aportar a qué es aquello que Jack simboliza en contrapunto a la figura de Lars, pero sí puedo hablar de la película como una obra de género que encaja a la perfección en la programación de Sitges.

Porque es fácil disfrutar y a la vez sentirse totalmente repugnado por cada uno de los cinco incidentes que nuestro protagonista repasa mientras conversa con Virgilio de camino al infierno, formando así una narrativa episódica del horror. La narración dialogada —y poco fiable— de estos cinco eventos aparentemente seleccionados al azar nos hace conocer a este peculiar asesino en serie, un ingeniero y arquitecto con trastorno obsesivo compulsivo, desde la visión que este quiere que tengamos de él. El personaje interpretado con soltura por Matt Dillon hace un uso constante de la ironía y deja claro que se ve a él mismo como un artista de inteligencia superior, hasta el punto de articular sus posturas en base a lecciones de cultura general que nadie le ha pedido y que Von Trier acompaña con collages audiovisuales. Es por eso que lejos de lo que podría intuirse por lo macabro que sucede en pantalla en cada uno de los asesinatos, la personalidad de Jack aporta frases y situaciones que generan un tono de comedia negra con el que es inevitable que se escape alguna que otra risa, a pesar de que esto involucre reírse del cadáver congelado de un niño y sentirse mal a posteriori.  [★★★½]

Lo que esconde Silver Lake

A pesar de resultar un recurso fácil dentro de la rueda de la opinión rápida en que se mueve la crítica durante los festivales, me parece curiosamente acertado que una película como Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake, 2018) acabase siendo analizada por algunos en base a referenciar muchos otros títulos. El Mulholland Drive (íd., 2001) millenial o La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, 2011) del neo-noir son dos de los apelativos comparativos más curiosos que leí en su momento, los cuales me crearon un gran hype antes del visionado, pero a la vez me parecen formas no tan desafortunadas de describir lo nuevo de David Robert Mitchell.

Aunque si tuviese que hacer una de estas referencias, quizá diría que Silver Lake podría ser considerada el reverso tenebroso de Brigsby Bear (íd., 2017) por la forma que tiene de acercarse a la cultura pop y su influencia en el individuo, sustituyendo el sentimiento de comunidad por la toxicidad que se deriva de obsesionarse por todas estas píldoras de conocimiento colectivo. Teniendo en cuenta mi amor por la metarreferencialidad, es dificil que este tipo de propuestas que reflexionan sobre la cultura audiovisual no acaben conquistándome. En este caso la reflexión se canaliza a través de una historia de desapariciones y conspiraciones en que las pistas se configuran como huevos de pascua y que convierten a un ni-ni millenial con demasiado tiempo en sus manos en un detective moderno. Andrew Garfield es quien da vida a este ser perdido en la vida en busca de algo grande que le dé algo más de sentido a su existencia, y lo encuentra en un misterio que a ojos del espectador acaba transformándose en una sátira retorcida e hilarante a la cultura masiva a la vez que homenajea las convenciones y las figuras clave del género.  [★★★★]

Dragged Across Concrete

Poco a poco, película a película, S. Craig Zahler se está convirtiendo en un cineasta muy a seguir dentro del panorama independiente americano. Sus thrillers son obras que me parecen enormes tanto por su duración —no bajan de las dos horas y diez minutos— como por la solidez y complejidad con la que están construidos sus personajes y las explosiones de acción seca, bruta y explícita. Juntamente con una estética austera llena de planos fijos con encuadres muy abiertos, Zahler ha ido desarrollando un sello personalísimo a lo largo de su corta filmografía, combinando la figura de autor con ese cine de videoclub que se destilaba décadas atrás. En Dragged Across Concrete (íd., 2018) seguimos a Mel Gibson y Vince Vaughn como dos policías que son suspendidos después de que brutal arresto fuese grabado por un vecino, algo que deciden compensar robando el botín de un criminal —con violentos resultados—.

El film mantiene todas las características puras de su director descritas anteriormente pero posiblemente consiga menos adeptos que Brawl in Cell Block 99 (íd., 2017) si tomamos en consideración las opiniones oídas por parte del público prototípico de Sitges, esa marabunta —entre la que me incluyo en muchas ocasiones— de espectadores ansiosos por aplaudir cuantas más cabezas aplastadas mejor. El principal motivo detrás de esta tibia recepción se encuentra en el mayor peso que se invierte en darle profundidad a la historia, lo que se traduce en un un ritmo bastante lánguido pero que no llega a hacerse pesado en ningún momento. La premisa sobre la que gira perfectamente podría dar para un thriller conciso de hora y media, pero Zahler decide regalarnos una hora extra en que rellena las típicas elípsis con largas secuencias de diálogos afilados que ayudan a construir las motivaciones y los matices morales de sus personajes, aportando además muchos puntos de vista para acabar creando un pequeño mundo con muchísima certeza. Solo con este nivel de coherencia interna, junto con un cierto nivel de autoconsciencia sobre lo que cuenta, se puede salir indemne de explorar la problemática racial en un contexto policial/criminal teniendo como eje central a dos varones, heterosexuales, blancos que sueltan comentarios racistas y sexistas —y que encima uno de ellos sea Mel Gibson—. Es por eso que cada línea problemática tiene sentido si tienes en cuenta las características del personaje en cuestión sin que ello signifique que el film se posiciona en esa dirección, agarrándose a la máxima de que la representación de algo no siempre significa apoyo. Aunque al final sientes que poco importan las posturas ideológicas ante la espiral de violencia visceral hacia la que, irremediablemente, se dirige la historia en todo momento. [★★★★]

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