Apuntes desordenados de una reflexión con prisas

Vivimos en el tiempo de la inmediatez y de las prisas. Miles de personas recorren ciudades a toda pastilla mientras hablan por el móvil, beben un café y hacen malabares para no tropezar y caer en el abismo de las grandes metrópolis. El mundo actual, en países como en los que vivimos, lleva un ritmo al que nos hemos tenido que adaptar a la fuerza, o en cualquier caso nos hemos visto contaminados por él. Lo queremos todo,  y lo queremos ahora. La cultura de los discos duros llenos hasta la bandera y el descargar por descargar, el “esto ya lo veré otro día” y  el acercarse a la oferta según nos mandan los medios, la publicidad, las grandes corporaciones gobernadas por señores en despachos oscuros que fuman puros mientras acarician a sus ronroneantes gatos.

Hay que ser conscientes, y lo somos, de que gran parte de la sociedad ve al cine y a las series de televisión como meros entretenimientos, herramientas de evasión de una sociedad histérica y agotadora. Cada vez es más difícil acercarse a un cine sin saber lo que vas a ver en el más puro significado del desconocimiento, es decir, no estar indeciso sino literalmente descubrir la oferta nada más pones un pie dentro del antro. Las campañas de marketing a día de hoy son como los pedos después de comer judías: inevitables. Es imposible huir de toda la maquinaria montada a nuestro alrededor, de los miles y miles de carteles distribuidos de forma que, joder, por mucho que cierres los ojos los seguirás viendo. Hay trailers en la televisión, hay trailers (sobre todo) en internet, por haberlos los hay hasta en la misma calle, con enormes pantallas que te golpean con información que tú, quizá, no deseabas saber.

Seguramente sea por lo comentado, que mucha gente ve a los principales exponentes del audiovisual como un mero entretenimiento, por lo que sigue triunfando lo mismo de siempre. David Trueba, en el prólogo que escribió para el libro Todavía voy por la primera temporada, decía lo siguiente: “Oirás a los espectadores decir todo el rato que lo que les gusta de una película es que les sorprenda. Mienten como ministros. Si eso fuera cierto habrían dejado de ir a ver James Bond y guerras de galaxias hace décadas. Van para ver lo mismo, porque necesitan ver lo mismo, disfrutar con lo previsible, pisar terreno conocido”. Es posible que Trueba tenga parte de razón en lo que dice: nos hemos metido en un bucle infinito del que parece que nunca vamos a salir. También es cierto que todo esto conlleva una generalización que provocará un cabreo a más de un espectador que se escape de estas características, pero si nos centramos en el público medio es más que probable que se ajusten a la gráfica. Enfocando esto de una forma más personal, un servidor cree que en la variedad está el gusto y que el equilibrio parece un buen lugar donde quedarse: me gusta mucho que me sorprendan y que me ofrezcan algo que me cultive desde un punto de vista cultural, pero trivializar a franquicias como James Bond porque son “siempre lo mismo” también me parecería, o me parece, un error. Y es que la saga de 007 es buen ejemplo de adaptación a lo largo de los años y supervivencia a las modas; es cierto que el personaje se mantiene y su universo está creado, pero dudo mucho que, por ejemplo, Skyfall tenga demasiado en común con las primeras entregas del agente secreto. Te puedes sorprender, o pisar terreno (relativamente) desconocido, yendo a ver una saga de películas con más años que tú.

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Existe la sensación de que actualmente el cine, o mejor dicho el cine proveniente de la meca hollywoodiense, tiene un excesivo miedo a los fracasos, lo que lleva a una falta de proyectos arriesgados. Se apuesta por secuelas (y precuelas, y spin-offs, y precuelas de los spin-offs, y spin-offs de las secuelas, y secuelas de su puta madre) porque si algo ha funcionado, ¿por qué no lo va a hacer una y otra vez? Quizá es algo hipócrita criticar este sistema cuando el que está escribiendo estas líneas disfruta, y bastante, de las películas que está realizando la factoría Marvel o de grandes blockbusters dibujados con una regla en la mano, pero es cierto que representan una forma de negocio que se va alejando cada vez más del arte y se adentra en las oscuras (y beneficiosas) tierras del comercio. Puede que disfrutara de la segunda parte de Los Vengadores, pero joder, qué pesados estuvieron con la publicidad, las noticias que no llevaban a ninguna parte y la promoción a costa de contarnos cosas de la historia; yo quiero sentarme en una sala y ver la película, no sentarme y a medida que la veo pensar “ah, esto salió en un trailer”. Luego está el tema de la libertad creativa (los problemas de Whedon a la hora de montar el tinglado), pero eso da para otro artículo.

Me parece irónico que en el momento en el que vivimos, la era del consumo y el “dentro de cinco minutos voy a olvidar lo que he visto”, las series de televisión se hayan convertido en un mercado capaz de competir con el mismísimo cine. Y digo que me llama la atención porque muchas de las series más vistas de la actualidad (centrándonos en el mercado estadounidense) son seriadas, es decir, demandan una fidelidad del espectador que semana a semana, capítulo a capítulo, se tiene que sentar para ver cómo continúa la historia. Y sí, las ficciones procedimentales siguen funcionando y evidenciando que muchas personas quieren ver algo ligero y prescindible de mucho seguimiento, pero las grandes series, las de prestigio, son historias de ocho, diez, doce, trece o veintidós episodios de los que no te puedes saltar ninguno. Quizá sea la cercanía de unos personajes a los que invitas a entrar a tu casa una vez por semana, o quizá sea porque la televisión es en general más accesible que las salas de proyección cinematográfica, pero el caso es que en la era del ya todavía queda hueco para el luego.

Si me preguntarais ahora mismo de qué trata este artículo, no sabría muy bien qué deciros. Apuntes desordenados, pensamientos aleatorios cosidos con un frágil hilo con tal de componer algo mínimamente leíble. En todo caso ya lo dijo Bob Dylan (al que he tenido el placer de ver en concierto hace poco; quizá todo esto era una simple excusa para decirlo) hace mucho tiempo, “los tiempos están cambiando”. Para bien y para mal. Ahora todo va más de prisa, hay más oferta, y seguramente más demanda, pero la clave, creo yo, está en buscar nuestras propias preferencias y no dejar que la ola de la publicidad nos arrastre y nos sumerja en el mar de los tiburones blancos. Tiene gracia que esté escribiendo estas líneas en un tren, a toda velocidad, viajando de un lado a otro, huyendo de algo y encontrándome con lo nuevo. Quizá todo esto vaya de lo nuevo. En todo caso, amigos, lectores, gente que no sabe muy bien cómo ha llegado aquí, gracias por haber aguantado hasta el final de este párrafo. Iba a decir “Que Dios os bendiga”, pero entonces estaríamos jodidos.

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