El árbol de Malick

“¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? ¿Cuando cantaban las estrellas del alba y los hijos de Dios se regocijaban?” Job 38: 4-7

No soy una persona que dedique un sustancial tiempo a reflexionar sobre la posible existencia de Dios. Tengo una opinión forma al respecto, como prácticamente todo el mundo, pero la religión no es uno de los elementos que acompañan mi rutina. Quizá no crea en Dios. Seguramente no lo haga. El ser humano tiene miedo a la muerte y necesita buscar un “algo”, una segunda vía por la que pensar que después del último latido seguirá habiendo camino que recorrer. Sin embargo, a pesar de mi escepticismo y casi negación respecto a un ser todopoderoso, no puedo dejar de emocionarme con la visión que Malick proyecta en El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), una película que me supera a tantos niveles que hasta me asusta escribir estas líneas.

“¿Hay algún fraude en el orden del Universo? ¿No hay nada imperecedero, nada que no fallezca? No podemos quedarnos donde estamos. Tenemos que seguir adelante. Tenemos que hallar aquello superior a la fortuna o al destino. Solamente eso puede traernos paz.”

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No creo que Malick esté intentando adoctrinar a nadie, ni con El árbol de la vida ni con la posterior To the Wonder (íd., 2013). Simplemente da su visión (personal, autoral, única) de un tema tan grandilocuente que parece imposible no situarse en uno de los dos bandos. Además, dudo que El árbol de la vida sea un canto a Dios; es un canto a la vida en sí misma, a la infancia, a la madurez y al mundo que nos rodea. Que se nos muestre a una madre recibiendo la noticia de que su hijo a muerto para poco después narrar el origen del universo y la creación de nuestro planeta; ese contraste entre los problemas individuales, terrenales, que nos parecen definitivos cuando en realidad son gotas de agua en un mar de una extensión inimaginable.

“¿Dónde estabas tú? Dejaste que un niño muriera. Dejas que ocurra cualquier cosa. ¿Por qué he de ser bueno si tú no lo eres?”

La naturaleza siempre ha estado presente en el cine de Malick. Desde aquel bosque en el que se refugiaban los protagonistas de Malas tierras (Badlands, 1973) a esos enormes campos de trigo de Días del cielo (Days of Heaven, 1978), pasando por los verdecinos parajes de La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998) y El nuevo mundo (The New World, 2005). El árbol de la vida es un punto y seguido que, sin embargo, se diferencia de los anterior debido a que el entorno (las plantas, los animales) dejan de ser planos de inserto con cierto grado narrativo para convertirse en la propia narración, o al menos parte de ella. En La delgada línea roja veíamos a un pájaro destrozado por la metralla, convirtiéndolo así en un reflejo de los horrores y sinsentidos de la guerra; en El árbol de la vida todos los animales (desde los tan inesperados dinosaurios a las criaturas marinas) son la construcción de lo que se nos quiere contar. La historia está centrada en una familia y la madurez de un niño, pero su alrededor juega un papel fundamental.

“El Señor da y el Señor quita. Y así es Él. Envía moscas a las heridas que Él debería sanar.”

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Quizá no tenga sentido intentar analizar esta película de una forma convencional, buscando una introducción, un nudo y un desenlace, situándola en la misma estantería que todas las demás. Incluso se separa ligeramente de la obra anterior de Malick, no en cuanto a estilo (ya experimentaba con este tipo de narración en El nuevo mundo, y la continuaría en To the Wonder) y temas, sino en escala, en ambición. Mucho se habla de que la filmografía de Malick no es cuantitativamente rica para los años que lleva en activo, y llama la atención que en los últimos tiempos haya decidido volver con varios proyectos en el horizonte, pero por mí que se tome diez años si con ellos va a conseguir alcanzar de nuevo la cima a la que llega con El árbol de la vida. Es un autor especial, un Miguel Ángel cinematográfico que encuentra durante el montaje la película que quiere contar. Un director único y apasionante. Os preguntaréis (o quizá no) por qué he puesto tantas frases del film durante el artículo, y la razón es sencilla: nada de lo que diga yo, nada, estará a la altura del material de un árbol que quizá no dé muchos frutos, pero los que aporta son de una calidad sublime.

“Hablaste conmigo desde el cielo. Los árboles. Antes de saber que te amaba y que creía en ti. ¿Cuándo tocaste mi corazón por primera vez?”

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