La mujer pantera: Jacques Tourneur y la amenaza inconcreta

Si bien es cierto que la primera película que vi de Jacques Tourneur fue Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), una absoluta piedra angular del cine negro y quizá su obra más redonda, siento una especial atracción por los trabajos que realizó dentro de lo que se podría calificar como cine B americano, en especial por La mujer pantera (Cat People, 1942) y Yo anduve con un zombie (I Walked with a Zombie, 1943). Me apasiona principalmente la capacidad de Tourneur para convertir las limitaciones en rasgos estilísticos, el contado presupuesto en una virtud en pos de una puesta en escena más preocupada por no mostrar que por ser evidente. Por ello me gustaría divagar, sin un rumbo concreto pero con entusiasmo y libertad, sobre La mujer pantera y por qué, en los dos visionados en los que he podido disfrutar de la película, me parece una maravilla.

Es probable que suene como algo evidente, pero hay películas pequeñas que, por la brillantez de sus directores, se vuelven obras enormes; creo que es el caso de La mujer pantera. Sustentada en su sencillez argumental, con un triángulo amoroso que bien se podría situar en tantos otros filmes de la época y un misterio, el de los “Cat People”, que se nos plantea como una leyenda, el verdadero motivo por el que llega tan lejos (recordemos que ha sido reivindicada por muchos cineastas posteriores como una obra totalmente mayor) es la puesta en escena que plantea Tourneur. Un argumento así, sumado a las limitaciones económicas, necesitaba de la sutilidad, y qué es más sutil que ocultar la amenaza y trabajar con lo inconcreto. Hay escenas sublimes en las que se deja patente el talento del cineasta para construir la tensión a través de la iluminación y el diseño de sonido. Véase por ejemplo el momento en el que Alice anda por una calle oscura mientras escucha que otra mujer camina detrás suya (el ruido de los tacones le delata) y, de repente, ese ruido desaparece, provocando que Alice se dé la vuelta y mire a la tenebrosa avenida. Así se crea una escena de tensión magistral, sin que la amenaza (humana o animal) se haga patente en pantalla y terminando con un sobresalto: un autobús llega justo en el momento en el que vemos que, en una posición elevada, unos arbustos se mueven, como si alguien o algo estuviera al acecho.

Otra de mis escenas favoritas, no solo de la película sino del cine de Tourneur, es la que tiene lugar en una piscina. Alice va a darse un baño tranquilamente, pero nosotros, como espectadores, sabemos que Irena anda detrás suya porque la ve como un obstáculo para su relación amorosa. En esta ocasión la amenaza se hace patente para la propia Alice, que ya sospecha de la naturaleza de Jena y ve desde el vestuario que algo está viniendo a por ella, lo que resuelve tirándose al agua y empezando a girarse en todas direcciones: el animal no aparece en pantalla, pero las sombras y el sonido consiguen crear una tensión impresionante. Una tensión que se rompe cuando, después de que Alice grite pidiendo ayuda, Irena, en su forma humana, enciende la luz y se hace la inocente. Concluye así otro brillante ejemplo del manejo de la tensión y la anticipación, además de que concluye con un detalle genial: la bata de Alice totalmente destrozada, como si un leopardo la hubiera hecho añicos. Es algo que, a mí parecer, rima con otro instante, también espectacular: cuando Irena, desesperada, araña el sofá, dejando un rastro propio de unas garras. Son las ideas visuales que, sumada una tras otra, crean una película muy rica y llena de genialidades; otra es ese plano en el que, sobre el dibujo de un leopardo, se proyecta la sombra de una jaula con un pájaro, el animal que, pocos segundos después, sufrirá un infarto cuando Irena intenta jugar con él.

Aún me queda mucho por recorrer en el cine de Jacques Tourneur, son numerosas las películas suyas que tengo pendientes, pero con el puñado que he visto puedo decir que es uno de los cineastas más estimulantes con los que me he cruzado últimamente. Me impresiona cómo trabaja la puesta en escena, cómo crea atmósferas a través de la luz (algo que, como he comentado, está en La mujer pantera, pero también se puede encontrar en Yo anduve con un zombie o en Retorno al pasado, por ejemplo) y su talento para la creación de ideas visuales que, como dijo aquel, dicen más que mil palabras. Viene al caso recomendar tres películas suyas que poseen muchas de las virtudes comentadas y pertenecen a tres géneros diferentes: la primera, hermana de La mujer pantera, es El hombre leopardo (The Leopard Man, 1943), que para mí no vuela tan alto como ésta pero sigue siendo estupenda; El halcón y la flecha (The Leopard Man, 1950), genial película de aventuras con el Tourneur quizá más amable y festivo; y Wichita, ciudad infernal (Wichita, 1955), un maravilloso western que contiene alguna de las escenas más brillantes que rodó jamás. En todo caso, tengo muchas ganas de seguir explorando su filmografía con la esperanza de encontrar más películas tan apasionantes como La mujer pantera y compañía.

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