Los archivos del Pentágono y RPO: las dos caras del mismo Spielberg

Steven Spielberg fue uno de esos directores clave de cuando empecé a ver cine en serio, algo que, si miro atrás, tampoco fue hace tanto tiempo. Toparse con la filmografía de ese señor era bastante inevitable cuando te movías en los círculos cinéfilos en los que empecé a entrar, y ver sus películas fue una gustosa aventura que, en su momento, disfruté. A medida que, como decía aquel, he ido cumpliendo películas y descubriendo nuevas sensibilidades, el cine de Spielberg se me ha ido antojando vacuo, sensiblero hasta límites vergonzosos y repleto de molestas moralejas que empañaban, final sí final también, la mayor parte de sus obras. Esto no quiere decir que todo su trabajo se me haya caído en bloque: hay algunos filmes que, al menos de momento, sigo teniendo en consideración, especialmente el que para mí es lo mejor que ha filmado jamás, Tiburón (Jaws, 1975). Dicho esto, no tenía especiales ganas de ver qué se traía entre manos con sus últimos proyectos, Los archivos del Pentágono (The Post, 2017) y Ready Player One (íd., 2018), pero una vez vistos no puedo sino preguntarme qué le hace dar estos giros tan bruscos.

Los archivos del Pentágono me parece una de sus mejores películas, y uno de los principales motivos de ello reside en su equilibrio. No es que sus señas de identidad desaparezcan, pues ahí tenemos a la cámara a menudo enfatizando con movimientos más de lo necesario, pero están al servicio de la narración, y no por encima de ella. Me ocurre en algunas películas de Spielberg que sus florituras estilísticas las veo más como una prueba de su capacidad técnica que como un esfuerzo por aportar a lo que se está contando; en Los archivos del Pentágono, más allá de algún desliz ocasional, existe la suficiente contención como para completar un drama periodístico sólido y elegante. Fue algo que también pensé en su día de Lincoln (íd., 2012), denostada por muchos seguidores del director y que personalmente encuentro uno de sus mejores trabajos por estos mismos motivos: la claridad y contención como bandera.

Ready Player One, por el contrario, encarna ese lado de Spielberg que tanto me cansa. Adaptando una de las novelas peor escritas que he leído en mi vida y sin más atractivo que las constantes referencias a la cultura pop de los ochenta (referencias que, en la película, se expanden también a la actualidad), el cineasta estadounidense se vuelve a entregar a la aparatosidad más desenfrenada en una cinta de acción y aventuras con más sombras que luces. Dado el material original del que parte temía encontrarme con un verdadero horror, y aunque no ha sido del todo así, pues la película se mantiene en pie más tiempo del que esperaba y hay unas cuantas ideas que la hacen disfrutable, tampoco hay mucho que celebrar: siguiendo los peores rastros de la adaptación de Tintín, Ready Player One basa su atractivo en la acumulación de estímulos visuales y sonoros que provocan un tremendo empacho. Spielberg parece pasárselo bien en las escenas de acción, como podrían ser la carrera de coches o el homenaje a cierta cinta de terror de los ochenta, pero más allá de eso nos encontramos con un engranaje muy poco sólido sustentado en un guion que, si rascas, hace aguas por todas partes. Además, ¿dónde está la emoción en el guiño si todo se basa en eso? A la hora de metraje me resultaba intrascendente que el personaje del fondo estuviera sacado de otra franquicia o fuera una invención propia. Y es que en general Ready Player One no resulta flagrante por su condición de aventura intrascendente, con malo de opereta incluido, pero se queda en la mediocridad absoluta y, bueno, sí da un poco de vergüenza ajena cuando, ya en el final, se incluye una especie de epílogo (barnizado con una de las peores voces en off de los últimos tiempos) con un mensaje moralista que bien podría salir de un reportaje casposo de Antena 3.

La sensación que se me queda es que ojalá Spielberg, en el tiempo de juego que le quede, se decante por proyectos más contenidos, como podría ser Los archivos del Pentágono, y no tanto películas ruidosas como esta Ready Player One o la anterior Mi amigo el gigante (The BFG, 2016). A estas alturas es inútil esperar un cambio de rumbo en las manías del director, pero bueno, toca esperar que todavía sea capaz de entregarnos algunas obras que valga la pena reseñar. Con que haga otra Lincoln yo me conformo.

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