Los primeros pasos en la nueva Twin Peaks

Este artículo contiene spoilers del capítulo doble que abre la temporada.

Teníamos intención de dedicarle reseñas semanales al regreso de Twin Peaks porque la ocasión lo merecía. Sin embargo, sabemos cómo es David Lynch y de su maravillosa manía de hacer la jugada difícil, la que no es obvia, la que sorprende; por ello, la idea de analizar o, mejor dicho, racionalizar los fragmentos argumentales de cada episodio de forma periódica se presentaba como una tarea cansada y que restaba disfrute a lo que promete ser, sobre todo, un viaje sensorial. Todavía no sabemos hacia dónde ni cómo será el cuadro en su totalidad, pues solo hemos dado dos pasos hacia atrás; ni si quiera sabemos el tipo de viaje al que nos enfrentamos, si es una huida hacia adelante, cual Carretera perdida (Lost Highway, 1997), o una hacia el fondo, como la obra que cerró, parece que para siempre, la obra cinematográfica de Lynch, Inland Empire (íd., 2006). Por ello, hemos decidido no hacer reseñas como tal, lo que no significa que Twin Peaks no vaya a estar muy presente en la web durante todas estas semanas de emisión. Vamos a escribir párrafos y párrafos hablando de capítulos (nótese el plural), pero no tanto desde la exploración del argumento, sino de lo que Lynch nos haga experimentar a lo largo de estas casi dieciocho horas. Y el telón se levanta con este artículo en el que me centraré en el episodio doble que ha inaugurado este esperadísimo regreso.

Hay tantas cosas extraordinarias en estas dos primeras horas de la nueva Twin Peaks que me resulta difícil ordenarlas en pos de hablar de ellas de una forma coherente y sensata, sin dejar llevarme por el entusiasmo, pero qué demonios, si alguien consigue ponerme los pelos de punta ese es David Lynch. Cuánto le echaba de menos, y cuán emocionante ha sido disfrutar de otra obra dirigida por él. Porque, y ya empezando con los aspectos maravillosos de esta primera entrega, la nueva Twin Peaks se siente un regreso pero también un paso adelante. Nos encontramos con un Lynch que ha tenido libertad absoluta para hacer lo que le viniera en gana, es decir, exploral el mundo que creó junto a Mark Frost a principios de los noventa de una forma impensable en la serie original. Ya de primeras nos encontramos con nuevos personajes (y un buen puñado de ellos mueren pocas escenas después de haber sido presentados, algo que puede convertirse en tónica habitual en esta temporada) y, sobre todo, con nuevas localizaciones muy alejadas de los paisajes rurales característicos; cuando he visto ese plano de Nueva York casi me caigo de la silla, la verdad. Por ello, parece que la intención de Lynch es volver a ese mundo, revisitando lugares conocidos y recuperando viejos amigos, y a su vez expandirlo por muchos frentes. Es pronto para decirlo, habiendo visto solo dos de los dieciocho episodios que la forman, pero tiene pinta de que Lynch ha creado una obra realmente épica en su dimensión y pretensiones, algo así como el imposible siguiente paso en su evolución después de un filme como Inland Empire, que se sentía como la culminación de un estilo.

Otro aspecto que me ha encandilado, y no me ha pillado por sorpresa al ser Lynch el director, es la cadencia de las escenas, ese ritmo tan característico que convierte la aparente calma en una tensión y extrañeza absolutas. Las posiciones de la cámara en las escenas protagonizadas por ese chico que vigila un misterio cubo de cristal provocan un malestar tremendo, conducido por un montaje tan estudiado como siempre en el cine de Lynch y un diseño de sonido, también a cargo del señor con el mejor pelo del mundo, que consigue crear una atmósfera inquietante. Además, parece que el cineasta quiere beber de todas las fuentes que él mismo creó en su filmografía: las escenas en Nueva York recuerdan a Mulholland Drive (íd., 2001), la trama del supuesto asesino de South Dakota parece sacada de Carretera perdida y las criaturas que se nos han mostrado (tanto esa especie de monstruo que aparece en el cubo de cristal y asesina de forma brutal a los dos jóvenes como la criatura con la que Cooper se encuentra dentro de la sala roja) nos hacen volver a Cabeza borradora (Eraserhead, 1977). Y es que si algo se ha podido notar en este regreso es que la serie tiene un tono más oscuro que en sus dos temporadas originales; vale que contamos con un par de escenas protagonizadas por los personajes clásicos en las que el humor sale a flote (especialmente la del famoso hotel del pueblo), pero en conjunto todo se siente más deprimente y difuso.

Había ganas de saber hacia dónde se orientaba Lynch, si regresaba a Twin Peaks de una forma clásica, recuperando el tono de la original y apostando por la nostalgia, o volcaba el estilo de la última mitad de su filmografía en un mundo tan interesante como el de Dale Cooper y compañía. Parece que va a ser esto último, y lo celebro por todo lo alto. Este capítulo doble de apertura ha sido exigente, fascinante, tremendamente lynchiano y, sobre todo, prometedor. Parece que va a desarrollar una trama policial, varias de búsqueda (una protagonizada por el doppelgänger de Cooper y otra por los antiguos compañeros del famoso detective) y todo ello salpicado por el surrealismo característico que Lynch ha empezado a exploral con mucha fuerza en este inicio, con una sala roja más inquietante que nunca. Estoy muy ilusionado, de verdad. No ha podido empezar mejor y pensar que todavía nos quedan dieciséis capítulos (en los que iremos viendo a gente como Laura Dern, Naomi Watts y tantos otros) me da la vida, como se suele decir.

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