Nicholas Ray: El cine de un hombre sensible

Resulta difícil no ver con un nudo en el estómago algunos fragmentos de Relámpago sobre el agua (Lightning Over Water, 1980), documental de Nicholas Ray y Wim Wenders sobre los últimos días de vida del primero. No tanto porque sea una obra intachable, pues tiene vicios muy feos y un afán de protagonismo por parte de Wenders que no correspondía, especialmente en ese innecesario epílogo, sino porque contiene grabaciones del momento en el que Nicholas Ray se veía consumido por el cáncer que padecía e iba desapareciendo lentamente en el irremediable camino hacia la muerte. Es especialmente doloroso el final, ese plano de Ray con la mirada perdida, anciano, enfermo, a punto de decir el “¡Corten!” que pondrá fin a su carrera cinematográfica y a su propia vida. La carrera y la vida de un genio, quizá no tan reconocido como debería, pero sin duda amado por todos aquellos que han ido recomendando, analizando y ensalzando su impresionante filmografía a lo largo de los años.

No había visto ninguna película de Nicholas Ray hasta hace muy poco, cuando decidí saldar una deuda con una de esas cintas que ya se han convertido en mito: Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, 1955). La disfruté muchísimo, claro. No por ese guion que a veces te obliga a poner más de tu parte en términos de verosimilitud, sino por la templaza y el buen gusto de Ray a la hora de dirigirla. Da la sensación de que no hay ningún plano casual, que las secuencias están construidas con una gran inteligencia, que ni la más cuestionable decisión por parte de un personaje empañará la sensibilidad y el respeto con el que Ray cuenta la historia. Porque aquí ya se deja claro uno de los aspectos fundamentales del cine de este hombre: el respeto por los personajes. Toda su filmografía está repleta de personajes memorables, que se sustentan en los guiones pero especialmente en la manera en la que Ray se aproxima a ellos. Hay que darles tiempo, saber jugar con los silencios y tratarles con sinceridad. Si me permitís un apunte al respecto, diría que el cine actual, en cuanto a grandes producciones hollywoodienses o directores como Lanthimos o Gaspar Noé se refiere, ha perdido el tacto y el cariño por los personajes, castigándolos e involucrándolos en situaciones truculentas que a nosotros, como espectadores, no nos importan, pues no existe conexión alguna con las personas que aparecen en pantalla. Por suerte, otros cineastas, como pueden ser James Gray en la actualidad o Nicholas Ray en su día, se preocupan por esa conexión, por exponer motivos y conseguir que los espectadores entiendan a los personajes, aunque sean moralmente reprobables. Los tratan con respeto, en definitiva.

Rebelde sin causa me abría las puertas al cine de Ray y, también con la recomendación de otra gente que estaba disfrutando o lo había hecho con su obra, decidí meterme de cabeza. Un ciclo precioso en el que he descubierto una de las filmografías más compactas que haya visto hasta la fecha, y con varias cintas que estoy seguro crecerán con el paso del tiempo. Voy a hablar un poco por encima de las que para mí son sus cinco mejores películas, obviando al rebelde de James Dean, que en realidad bien podría meterse en el top. No tengo dudas de que En un lugar solitario (In a Lonely Place, 1950) es actualmente mi Ray favorito, una película de cine negro (bendito género) que trata el mundo del guionista y de las relaciones de una forma muy agria. Es un filme tremendamente triste, sobre todo en su conclusión, y quizá la obra más redonda que firmó Ray a lo largo de su carrera, solo comparable con mi segunda predilecta, la impresionante Johnny Guitar (íd., 1954), un western protagonizado por ese personaje inolvidable, Vienna, interpretada por Joan Crawford. Seguramente sea su película más mágica, con esos colores que le aportan una atmósfera onírica y la madurez que demuestra su director en todos y cada uno de sus planos. Mis otras tres favoritas soy incapaz de ordenarlas, porque diría que me gustan por igual: hablo de Los amantes de la noche (They Live by Night, 1948), que supuso su debut y es una de sus creaciones más equilibradas, con un final antológico; Hombres errantes (The Lusty Men, 1952), relato de un hombre sin hogar contado con una sensibilidad a la altura de los grandes; y Chicago, años 30 (The Party Girl, 1958), de nuevo cine negro con una factura exquisita y una exhibición de la capacidad de este cineasta para los encuadres y la economía narrativa.

Pero claro, me estoy dejando grandes películas fuera, como Más poderoso que la vida (Bigger than Life, 1956), La casa en la sombra (On Dangerous Ground, 1951), su incursión en el cine bélico con Victoria amarga (Bitter Victory, 1957) o uno de sus western que está considerado menor pero que a mí me parece genial, con un final que recordaré siempre, como es La verdadera historia de Jesse James (The True Story of Jesse James, 1957). Y no me olvido de su último largometraje (si no contamos el documental con Wenders), We Can’t Go Home Again (íd., 1973), un filme experimental en el que volvía a demostrar, en un sentido diferente, su capacidad para jugar con la imagen. Estas y algunas que me dejo forman en total una filmografía apasionante repleta de maravillas.

La gente que conoció a Nicholas Ray en persona decía de él que era una persona sensible y reflexiva, que cuando entablaba una conversación podía estar un rato callado buscando un comentario interesante y que representase su pensamiento, alguien que, a pesar de haber realizado grandes películas en Hollywood, acabó diciendo que aquel no era su sitio y que se cansó de esa forma de vida. Sus obras no fueron las más taquilleras, nunca pareció considerársele un director de primera fila, pero lo bueno del tiempo es que pone las cosas en su lugar. De él han hablado los cineastas de la nueva ola francesa; Víctor Erice escribió un libro sobre su cine; y no me puedo ni imaginar la cantidad de textos existentes al respecto del estilo y la sensibilidad de un creador cuyas creaciones no dejan de parecer más grandes a medida que uno las recuerda. Qué placer descubrir a un director así. Cuánto cine en sus películas.

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