Sobre Twin Peaks, David Lynch y la Obra Maestra

Me vais a permitir que empiece con unas palabras que escribió Tomine en su comentario publicado en Filmaffinity al respecto de Inland Empire (íd., 2006), que no solo encuentro poderosas sino con las que conecto de forma personal. Dicen así: “Lynch, no te mueras nunca. Cuando tú te vayas, no quedará nadie. […] ¿Os acordáis del Detalle, esa cosa en vías de extinción? ¿Os acordáis de él, de Velázquez, de Bach, de Frank Lloyd Wright, de Vértigo, de Twin Peaks? ¿De cómo la Obra Maestra se construía ladrillo a ladrillo, del baile de relaciones, preciso, enigmático, entre el conjunto y el detalle, su elevación paulatina, la magia escondida bajo la alfombra? Debéis acordaros. Debéis recordar los tiempos en que el espectador MIRABA y era activo, cuando éste iba a por la obra y no al revés. Cuando inquiría curioso, estudiaba la esquina, se empapaba de Emoción. Pura. Y dura. No es un experimento, es el fin del camino. Las pruebas quedaron atrás y desembocaron en este mar. ¿Puedes ver el baile de formas, la asociación de imágenes, el diálogo preciso, nítido, con la música? ¿Puedes ver su magia pura, su capacidad conmovedora infinita? Nadie sabe hoy parar el tempo. Hacer que el tiempo se detenga, flotante, y prolongar esa mueca de idiota, esa mirada escrutadora a la pantalla, durante minutos. […] Seis años después, algo volvió a suceder en una sala oscura. Que esto no acabe, por Hitch. Que esto no se apague nunca.”

Estoy escribiendo estas palabras en la madrugada sin saber a ciencia cierta en qué rumbo me van a llevar. Me he sentado a escribir sobre Twin Peaks, sobre David Lynch, sobre lo que surja. Rescatar las bellísimas palabras que Tomine escribió en su día me sirve para dejar claro que la emoción que siento con la obra de este señor es similar. El detalle y la obra maestra; o el Detalle y la Obra Maestra, con mayúsculas, mejor dicho, porque cuando hablamos de Lynch hay que dejar clara su magnitud. Han pasado poco más de dos años desde que vi Mulholland Drive (íd., 2001) por primera vez. Y creo que no ha pasado ni un día en el que no haya rememorado, de alguna manera consciente o inconsciente, la experiencia que fue aquello. El hecho de que estudie cinematografía me hace estar continuamente al lado del séptimo arte, en muchos sentidos, y eso me ha hecho hacerme muchas preguntas; menos de las que debería, seguramente, pero las suficientes como para darme cuenta de lo importante que fue para mí esa película. Todavía recuerdo la sensación física que me provocó la escena del club Silencio, la fascinación que lo llenó todo. He vivido sensaciones similares en otras cintas de Lynch, como en Carretera perdida (Lost Highway, 1997), y sin embargo guardo a Mulholland Drive como la cima (no sé si temporalmente, no sé si para siempre) de la obra de un director único. Pero único de verdad.

Lo dicho: estoy escribiendo esto a horas no muy recomendables y no sé a dónde voy. A Twin Peaks, supongo. A su tercera temporada, o tercera entrega, o película de 18 horas, como queramos llamarlo. Twin Peaks. Creo de verdad que es imposible abordarla en un mero artículo, y haría falta un libro de una extensión considerable para acercarse a un análisis mínimamente profundo de todo lo que se nos ha mostrado en estas inolvidables horas. Había mucha expectación, claro, cómo no. Lynch volviendo a la dirección, uniendo fuerzas de nuevo con Mark Frost y rescatando una serie que marcó época a principios de los noventa. Lo que parecía claro, aunque la base de fanáticos de la obra original fuera muy extensa, era que lo que nos íbamos a encontrar seguramente vibrara en una frecuencia muy diferente a la de por entonces; no creo que hubiera tenido sentido rescatar la Twin Peaks primigénea, sino reinterpretarla, ampliarla y terminar con algo nuevo. Lo que ha hecho Lynch (y también Frost, pero especialmente Lynch como único director de la nueva obra) es algo inaudito, no solo en televisión, que resultaba casi impensable, sino en la cultura audiovisual actual. ¿En qué cabeza cabe hacer un capítulo como el último? ¿Cuán seguro hay que estar de tu propia mano como para dejar a millones de personas sin las ansiadas respuestas en pos de un cierre que no es tal? Tramas que no concluyen, personajes prescindibles, momentos fuera de tono; aspectos que hubieran sido negativos con otros autores incapaces de convertir estos factores que, según la narrativa convencional, son fallos en fascinación, en vida, en un mundo que palpita lleno de gente con problemas, con conflictos y con muertes que a lo mejor solo se desencadenan por no aparcar la puta furgoneta unos metros más atrás.

Y entiendo que mucha gente se haya podido sentir decepcionada, claro. Me extrañaría que no fuera así. Ha habido momentos de un desconcierto absoluto, ya no por tramas que nos trasladaban a esas logias en las que todo parece posible y en las que Lynch exprime al máximo su inventiva visual, sino por historias que envolvían a los personajes clásicos y que muchas veces no tenían un desarrollo uniforme y claro. Hemos tenido que ver el cuadro completo para poder comprender cada trazo. Y han tomado decisiones arriesgadas en cuanto a estructura, en ocasiones con un resultado discutible, pero personalmente he encontrado el viaje (el retorno) del todo fascinante. Los personajes antiguos me gustan más que nunca (con alguna excepción muy puntual), los nuevos me han parecido fantásticos (Dougie ha sido todo un descubrimiento; Bad Cooper una encarnación maléfica a la altura; y podría seguir con todos) y la forma de llevar sus tramas me ha mantenido el interés de forma continua. Es cierto que la distribución ha sido desigual, pero ya dijo Lynch que para él era una película de 18 horas, y viendo el resultado, tanto en la cinematográfico como en lo estructural, estoy totalmente de acuerdo; es más, las actuaciones musicales, la mayoría con función de cierre del episodio, son el único elemento televisivo puro que le encuentro. Bueno, y el octavo capítulo, que cuenta una historia cerrada en sí misma y que, ya por sí solo, resulta una cosa inaudita en televisión.

Han habido momentos en esta nueva Twin Peaks en los que he vuelto a sentir eso que me fascinó en Mulholland Drive. No voy a entrar en comparaciones, al menos no hasta que vuelva a ver estos 18 capítulos de nuevo, pero sí me atrevería a decir sin temblores que estamos ante una de las grandes obras maestras de David Lynch, de una complejidad y un desarrollo que me han dejado continuamente en fuera de juego. Al final se trata de cómo lo sienta uno, de a lo que cada persona le dé más importancia, y a mí lo que me ha hecho sentir Twin Peaks dudo que lo olvide jamás. El Detalle y la Obra Maestra. Construir cada momento como algo que tiene entidad propia, pero sin olvidarse del todo; saber que el cómo es más importante que el qué, y que si resuelves todas las dudas estás aniquilando la magia. No hace falta conocer todas las respuestas. Déjate llevar. Porque si no lo haces te estarás perdiendo, bajo el juicio del que escribe, una de las más grandes obras audiovisuales de los últimos 25 años. No sé si habrá cuarta entrega, por un lado quiero que sí, por el otro considero que se ha cerrado, si lo podemos considerar un cierre, de manera magistral. En cualquier caso, no quiero que esto sea lo último que haga el bueno de David. Estaré esperando, paciente, a que vuelva a las andadas.

Que esto no acabe, por Lynch. Que esto no se apague nunca.

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