El demonio del mar, Henry Hathaway y las aventuras marítimas

Hay algo en las aventuras marítimas, en los piratas, barcos veleros y grandes buques balleneros que, como propuesta cinematográfica, me atraen con una fuerza enorme. Películas como esa impresionante obra maestra de Jacques Tourneur, La mujer pirata, o la épica adaptación de Moby Dick realizada por John Huston, suponen para mí un disfrute total no solo por su calidad como cine en todo su esplendor sino también por los parajes y horizontes que presentan. Los microuniversos que se crean en los barcos, la aventura en un lugar inhóspito, la lucha contra la naturaleza y, a su vez, la belleza que posee (las olas, el viento, las tormentas, las grandes bestias escondidas bajo el agua) son alicientes que, personalmente, hacen que me acerque a una de estas películas con particular ilusión; luego los resultados serán diversos, como no podría ser de otra manera, pero en esta ocasión me gustaría pararme en un triunfo total. El demonio del mar, traducción algo genérica del más certero título Down to the Sea in Ships, es una película estrenada en 1949 siendo un remake de otro filme de 1922, aparentemente menor, dirigido por Elmer Cliftonde. Esta nueva versión tiene al timón a uno de los más grandes cineastas de la historia del cine, Henry Hathaway, siendo uno de los trabajos cinematográficos más impresionantes que he podido ver en los últimos tiempos.

El demonio del mar es una aventura que se desarrolla en su mayor parte en el barco comandado por el capitán Bering Joy (Lionel Barrymore), pero que presenta un primer fragmento en tierra firme que resulta esencial no solo para establecer a los personajes sino para condensar cuál va a ser el espíritu de la historia: el aprendizaje de su nieto Jed Joy (Dean Stockwell), un niño deseoso de seguir acompañando a su abuelo en más aventuras marítimas pero que, a su vez, se ve obligado a continuar sus estudios para convertirse en un hombre formado. Es una historia, también, de búsqueda de la figura paterna, ya que el padre de Jed murió ahogado y su madre falleció sin que sepamos los motivos. En esta situación entra el tercer personaje clave de la obra, Dan Lunceford (Richard Widmark), formado ballenero que será tanto figura antagónica para el capitán Joy como hombro sobre el que confiar la educación de su sucesor. Todas estas fichas y temas se establecen en la primera media hora el filme, dando paso así a la hora y media restante en la que se desarrollarán estos conflictos.

Hay muchos motivos para considerar esta película de Henry Hathaway como una absoluta obra maestra, y el primero de ellos quizá sea su capacidad para mezclar la fascinación por la gran aventura con el intimismo propio de dramas humanos, con tinte familiar, que a su vez no dejan de estar directamente relacionados con el oficio (balleneros) y el espacio (el mar, el océano). El aprendizaje de Jed es una constante a lo largo de toda la trama, y funciona como anclaje para dos de los grandes temas: la posibilidad de que se convierta en el nuevo capitán del barco una vez su abuelo, visiblemente incapacitado, no pueda seguir en su puesto, y la figura de Lunceford, que no solo se establece como profesor sino como esa figura casi paterna que, a su vez, creará conflictos y envidias en el barco. Sin embargo, y este es otro motivo de grandeza, la dignidad de los personajes siempre se mantiene a flote: al igual que otros autores coetáneos, como John Ford, Howard Hawks o Raoul Walsh, la mirada de Hathaway hacia las personas nunca está llena de reproche o tiene ánimo de juzgarles, sino más bien al contrario, pues les entiende y muestra una compasión y humanidad muy emocionantes. Hasta las decisiones más complicadas del capitán Bering son plasmadas con verdad y dolor.

Más allá de los planteamientos dramáticos, El demonio del mar también funciona como gran película de aventuras y consigue transmitir la fascinación proveniente de esos lugares en mitad de la nada pero llenos de vida y de belleza. Los planos lejanos en los que vemos al barco avanzar, los contrapicados de los mástiles y esas velas que impulsan la misión, los delfines surfeando las olas, las grandes ballenas que no podrán escapar a la persistencia del hombre, los bloques de hielo, la niebla… La atmósfera que consigue Hathaway es impresionante y, para un servidor, es una de las obras más bellas en cuanto a su plasmación del universo marítimo; junto a, por ejemplo, las otras dos mencionadas en el primer párrafo. Así, y sabiendo que es una película a la que querré regresar tarde o temprano, no me queda otra que rendirme ante una obra maestra a la que cualquier adjetivo de grandeza seguramente le venga pequeño. Brindo, también, por lo mucho que me queda ver del cine de Henry Hathaway, un director capaz de aunar la gran aventura con la mirada fascinada de un niño.

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