Cinefilia 101 | #12: La noche de Halloween

Cinco entregas de Cinefilia 101 después ya va siendo hora de seguir con este particular repaso al subgénero de terror conocido como slasher. En el séptimo artículo de la sección os hablamos de esa obra maestra de Alfred Hitchcock llamada Psicosis (Psycho, 1960). Este filme, junto a muchos otros, sirvió como preludio y plantó semillas a nivel temático, argumental y formal para que años más tarde los slashers empezaran a florecer en los campos de Hollywood. Pero para llegar al punto en el que se considera que nació el subgénero hay que saltar en el tiempo hasta finales de los 70. Durante aquella década ya hubo algunas películas que incluían de manera evidente elementos comúnmente asociados a este tipo de filmes, con La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), Navidades negras (Black Christmas, 1974) y el subgénero giallo tan prolífico en Italia como principales exponentes. Sin embargo, el film que se toma como referencia para empezar a hablar de slashers es La noche de Halloween (Halloween, 1978), el cual recoge de forma íntegra la mayoría de elementos —a los que se suele hacer referencia como reglas— por las que éstos son fácilmente reconocibles.

John Carpenter apenas acababa de empezar en el mundo del cine cuando los productores Irwin Yablans y Moustapha Akkad se le acercaron para que dirigiese, con 300 mil dólares —un presupuesto que triplicaba el de su anterior film— una película sobre un asesino de canguros —en su acepción de cuidadores de niños y no la de marsupiales— durante la noche del 31 de octubre. Con un punto de partida que bien podría haber acabado siendo víctima de la serie B más ridícula, poco esperaban los implicados en que lo que saldría de allí acabaría convirtiéndose en una obra capital del cine de terror. A partir de las cuatro indicaciones de los productores, Carpenter y Debra Hill canalizaron la pura maldad dentro del ahora icónico Michael Myers y manufacturaron una historia sencilla que es elevada por el realismo de las situaciones y los diálogos y, sobre todo, las cualidades del primero tanto a la partitura como en tareas de dirección. La banda sonora, llena de pistas con sonidos de piano y sintetizador —como no podía ser de otra manera en aquella época—, contribuye al malestar que se quiere transmitir, con un tema principal que introduce perfectamente el tono y es casi tan icónico como el villano al que acompaña. Por otro lado, para ver la maestría detrás de las cámaras solo hay que echar un vistazo al prólogo de la cinta, el asesinato de Judith Myers —la hermana mayor— después de que ella se olvidara de cuidar de él mientras mantenía relaciones sexuales con su novio. Con esta escena, rodada en un espléndido plano secuencia subjetivo, llegamos a conocer las aparentes motivaciones de Myers para el resto del film a la vez que el director crea tensión en el espectador a cada paso que da el asesino.

Y esto es solo el principio, porque tras la elipsis temporal y la escapada del villano del centro psiquiátrico donde ha estado encerrado durante quince años, empieza un juego del gato y el ratón, dentro y fuera de la película, para encontrar a Myers a plena luz del día mientras éste acecha a la co-protagonista, Laurie Strode —y por extensión a sus amigos—, por las plácidas calles de Haddonfield. En la mayoría de slashers la primera mitad acaba siendo una sucesión de escenas sin apenas interés, un mero trámite de presentación antes de la carnicería, pero en Halloween todo tiene un objetivo y está inusualmente bien dirigido para lo que podría esperarse de una cinta de sus características. Ese peligro que constantemente está presente, el que se teme antes de que la violencia potencial se convierta en real, en ocasiones es el que diferencia a un buen film de terror de uno mediocre. Porque Halloween no es en absoluto un film violento ni desagradable, apenas hay sangre ni momentos aprensivos, pero sí es de los más terroríficos por la forma en que todos sus elementos te acompañan en el miedo y la tensión antes del asesinato, algo que funcionaba de forma similar en la mismísima Psicosis.

Algunos pensarán que la situación temporal dentro de las festividades de Halloween es un punto aleatorio con el único objetivo de que la obra sea revisionada en octubre, pero nada más lejos de la realidad. Ambientar esta historia en esa noche exacta tiene su toque de perversión que queda patente en el lado más infantil y puro de la propuesta. Michael Myers se convierte el “boogeyman” al que temen los niños dentro de una de las noches más siniestras del año, en la que lo terrorífico toma las calles y gente de todas las edades se enfrenta a lo macabro a través del engaño y la replicación de los disfraces. Como contrapunto tenemos a los personajes adolescentes, quienes han crecido, han dejado atrás los miedos irracionales y ahora acaban siendo víctimas de la maldad. Muchas interpretaciones hablan de Halloween como una crítica a la falta de moralidad de una juventud alocada, algo que se sostiene por el hecho de que cada muerte viene precedida de un acto de irresponsabilidad y lujuria, mientras que la persona que reprime su sexualidad es la que acaba sobreviviendo. Carpenter se opone a esta forma de ver su película al afirmar que los jóvenes mueren por prestar menos atención a su alrededor y que los ataques de Laurie hacia Myers pueden verse como una exteriorización de toda la sexualidad reprimida a través armas con representación fálica, negando así su inocencia.

El éxito rotundo de Halloween, tanto a nivel crítico como entre el público, hizo que la industria intentara replicar la obra hasta el punto de acabar creando fórmulas y reglas que se ven repetidas en infinidad de cintas y que han acabado definiendo al subgénero que estoy abordando en estos artículos. Precisamente del discurso moral erróneo asociado a la cinta surgen dos de las reglas más célebres de los slashers. Por un lado es habitual que la muerte acabe llegando a ciertos personajes como castigo a su transgresión o aquello que es considerado inmoral en los ámbitos conservadores —ya sea sexo, nudismo, drogas o alcohol—, mientras que la inocencia hace que el personaje más virginal sea el único que sobreviva, surgiendo así la figura de la “final girl” y convirtiendo al personaje de la “scream queen” por excelencia, Jamie Lee Curtis, en una de las primeras. Otras reglas que llegaron gracias a este film son la inmortalidad del villano ante todo tipo de ataques, su conexión con el pasado del lugar donde suceden los crímenes o el peligro de aventurarse solo por la casa, por mencionar algunas.

John Carpenter tiene el honor de ser el protagonista ya de dos artículos en Cinefilia 101, pero más mérito tiene ser uno de los principales responsables de la corriente cinematográfica que predominó en el cine de terror durante la década de los ochenta. La noche de Halloween es la piedra angular de los slashers, aquella película cuya gran recepción acabó provocando la aparición de infinidad de cintas similares además de numerosas secuelas para aquellas que más éxito obtuviesen —una maldición a la que Myers tampoco logró escapar— y remakes veinte o treinta años más tarde. Pero más allá de su influencia en el cine posterior, la cinta de Carpenter es importante por méritos propios, ya que consigue todo aquello a lo que debería optar un film de terror con un gran uso de todos los recursos cinematográficos que tiene a su disposición.

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