Cinefilia 101 | #18: Reservoir Dogs

¿Has escuchado alguna vez a K-Billy y los súper sonidos de los 70? Antes de los Óscar, los Globos de Oro y otros premios; antes de hacer un western con Morricone, de los bastardos, de la venganza de La Novia y de las conversaciones sobre Big Macs; antes de las teorías sobre universos compartidos y de las innumerables parodias; antes de consolidarse como una de las figuras más sólidas en Hollywood, Quentin Tarantino era un cinéfilo como cualquier otro luchando por producir Reservoir Dogs (íd., 1992), su primer largometraje, uno que no solo le abrió las puertas a su carrera como director de cine, sino que también fue un hito en el mundo del cine independiente en Estados Unidos.

La historia de cómo se gestó la producción de Reservoir Dogs es, pues, una historia de un golpe de suerte. Que el productor de la película hubiera dado con Harvey Keitel fue cuestión de azar, por ejemplo. La historia de la película, en cambio, es todo lo contrario. Es la historia de cuando todo lo que puede salir mal, sale mal. En ella un grupo de atracadores profesionales son reclutados para realizar un robo en una tienda de diamantes. Ninguno conoce a los otros, refiriéndose entre ellos con seudónimos (Sr. Blanco, Sr. Rubio, Sr. Naranja, Sr. Rosa…). Durante el robo (episodio que nunca se ve), las alarmas empiezan a sonar, la policía acude al lugar y los delincuentes tienen que salir volando, abriéndose el camino entre los policías a tiros, para llegar al almacén que les servirá de escondite, y donde tiene lugar mayor parte de la cinta mientras los atracadores ahora se preguntan si entre sus filas hay un infiltrado.

Influenciado por el Kubrick de Atraco perfecto (The Killing, 1956), Tarantino, que creía que antes de plantearse metas mayores debía asegurarse de tener todo el éxito posible con un proyecto pequeño y de género, se decidió por tomar al cine de atracos como punto de partida. De Atraco perfecto no solamente cogió la elección del género, sino también el final trágico, pero de forma más importante y notoria hizo además suya la narración no lineal, más comúnmente usada en la literatura. Precisamente por esta elección narrativa la película acierta con tanta precisión que es fácil olvidar que estamos frente a la cinta de un director novato. Gracias a ella, al inicio de la película el espectador parte con la misma cantidad de información que los personajes que integran ese pintoresco reparto coral. Y adicionalmente con ella se logra una mayor concisión y profundidad a la hora de dotar de personalidad a cada uno de esos criminales trajeados, enlazándolos con relaciones ricas de camaradería, mentiras y honor.

De esta última apreciación se desprende inevitablemente la relación que se forja entre el Sr. Blanco (Harvey Keitel) y el Sr. Naranja (Tim Roth). O, mejor dicho, entre Larry y Freddie, quienes dan el pistoletazo inicial de la película con aquella vibrante escena que comparten en el coche camino al escondite, en la que Larry tiene que cogerle la mano a Freddie y convencerle de que no se va a morir. Cierto es que esta no es la primera escena de la película, pero es la que pone en marcha los eventos centrales de la historia y la que pone en evidencia a unos personajes que creemos conocer y en realidad esconden cosas que no esperamos, como por ejemplo la sensibilidad de niño desamparado que encarna el Sr. Naranja. Las interpretaciones de Keitel y Roth son clave en lo que vendría a entenderse como el ADN de la película: cuánto proyectamos de nosotros hacia los demás y cuánto ocultamos detrás de una mentira.

La propuesta de Reservoir Dogs no era nueva. Películas en el pasado ya habían usado el recurso de nunca ver el atraco en una historia de atracos, o, como antes mencionaba, la narrativa no lineal ya había sido usada. El cine de agentes infiltrados ha estado allí desde hace décadas, y, por supuesto, Reservoir Dogs recoge muchos elementos de City on Fire (íd., 1987), pero la audacia con la que Tarantino se empeña en recoger de todo lo que sabe, de mezclar y de remezclar da frutos en una película que sin proponérselo ha marcado el estándar para ciertas películas de acción, bebiendo del pasado con el ímpetu de un fan aguerrido y sabiendo impulsarse hacia el futuro. Así, pues, incluso cuando lo mejor estaba por venir y los reconocimientos estaban aún por llegar, uno no puede negar que la primera película de Tarantino es pura cinefilia.

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