14ª Muestra Syfy | Vecinos chungos, asesinos en serie y monos gigantes

He aquí el segundo artículo dedicado a las películas que pudimos ver en la Muestra Syfy 2017. Algunas de ellas, como son Raw y Pet, ya tienen comentario en La Pantalla Invisible al haber estado presentes en otros festivales, así que nos remitimos a aquellos textos. En este artículo hablamos de dos apuestas de terror, como son The Good Neighbour y I Am Not a Serial Killer, y de uno de los blockbusters más anticipados de esta primera mitad de año, Kong: Skull Island, que se encargó de clausurar la Muestra.

The Good Neighbor

por Daniel Pérez-Michán

Suele ocurrir que toda película que abogue por el found footage, de base, se encuentre en una situación problemática de credibilidad en su contexto. En el terreno personal diré que este subgénero siempre me pilla en una posición desequilibrada como espectador. Por una parte siempre me he encontrado con películas la mar de entretenidas (imagino que algo tendrá que ver que ese cáracter vouyerista que siempre ha definido en cierta medida al séptimo arte es aún más palpable en estas películas de metraje encontrado), por otro, mucho me tiene que atrapar y la explicación para ese uso de la cámara en el filme tiene que ser lo suficientemente orgánico para que no me tire toda la película nervioso por las inverosimilitudes que se cometen a lo largo del metraje o lo poco natural que quedan a veces ciertos momentos dramáticos. The Good Neighbor es de esas que no me ha costado especialmente entrar en ella, además, su posición como found footage se encuentra más cercana a lo que hacía Paranormal Activity (el metraje se consigue a través de cámaras fijas que los protagonistas han colocado previamente) que a lo que hacen películas como REC o Monstruoso (cámara en mano). En mi opinión esta decisión resta emoción e implicación con el espectador, al ser como cámaras de seguridad parece muy frío todo. Ya no hablemos de que el valor cinematográfico en una película con la disposición de The Good Neighbor es casi nulo. En lo que se refiere a la trama podíamos prever en su comienzo una home invasion que se acercaba peligrosamente a No respires, pero que acaba revelándose como un extraño juego en el que dos adolescentes hacen creer a su vecino que vive en una casa encantada. Una de los puntos fuertes de la cinta es precisamente ese vecino, que lo interpreta una vieja gloria como James Caan. Al igual que me pasaba con 47 Meters Down (otra película que hemos visto en esta Muestra), el final con el que podría haber acabado la cinta hubiera sido más potente —y, en cierto modo, rupturista— pero se ve empañada por la necesidad de tratar al espectador por tonto e ir más allá de lo obvio, dando una conclusión innecesaria y previsible a todo el asunto.

I Am Not a Serial Killer

por Daniel Cabo

Una de las cosas que, en principio, tiene buena la Muestra Syfy es que te permite acercarte a un tipo de cine al que quizá te mantendrías alejado si no lo vieras aquí, o al menos eso es lo que me ocurre a mí. Me gusta el género, y me gusta cierto tipo de terror, pero no soy un gran aficionado ni indago demasiado en la oferta, así que un festival como este me ofrece una ventana en la que asomarme a una actualidad cinematográfica desconocida. Sin embargo, y como me ha venido ocurriendo a lo largo de toda la Muestra, es un arma de doble filo, pues a menudo me encuentro con propuestas terribles que no por diferentes, que algunas lo son, me dejan de parecer insultos al buen gusto. En esta categoría incluiría a I Am Not a Serial Killer (íd., 2016), cuyo principal reclamo era la presencia de Christopher Lloyd, y que me ha resultado una película absurda, demencialmente lamentable. La historia de este chico sociópata y un asesino en serie que anda suelto, todo con un toque sobrenatural, no se sostiene por ningún lado, primero por el guion, repleto de momentos risibles, y segundo por una dirección plana que fracasa en su intento por crear cualquier tipo de tensión. Un desarrollo tan desafortunado se completa en un tramo final que acentúa aun más los defectos del filme, que no parece acabar nunca y así liberarnos de la tortura que supone su visionado.

Kong: Skull Island

por Daniel Cabo

Caí en la trampa. Fue ver los trailers, los posters, el material tan prometedor que mostraba una pensadísima campaña de promoción, y no pude evitar ilusionarme con el que aparentaba ser uno de los blockbusters más interesantes y estimulantes de la temporada. Tampoco es que esperara que esta Kong: Skull Island (íd., 2016) fuera la segunda resurrección de Cristo ni un filme que me cambiara la vida, pues este tipo de cine casi nunca llega a esas cotas, pero sí que esperaba algo: una aventura que, guiño a Apocalypse Now por allí, guiño al género bélico en general por allá, ofreciera una buena dosis de monstruos gigantes y espectáculo sincero y desacomplejado. El resultado final, que lo pudimos ver como clausura de esta Muestra Syfy 2017, tiene algo de eso, pero poco importa cuando el conjunto no se mantiene en pie debido a una alarmante falta de trabajo en la escritura y en la composición de la trama. Volvemos a sumergirnos en la historia de King Kong, aunque con variaciones respecto a otras adaptaciones, y aunque es obvio que el director está mucho más interesado en el propio Kong que en el grupo de humanos que visita la isla, eso no es excusa para componer un plantel ya no falto de carisma, sino carente de cualquier entidad. Tenemos por ahí a (un demasiado intensito) Samuel L. Jackson como figura “antagónica” forzada, a un John Goodman que sirve para arrancar el motor de la trama y poco más, y por último a John C. Reilly, quizá el personaje mejor parado gracias a los latigazos de humor que pega a veces. Por lo demás, y sin ser lo anteriormente mencionados buenos personajes en absoluto, el resto no existen, en especial un Tom Hiddleston que se limita a hacer poses de héroe de acción y a una Brie Larson que, cámara en mano, parece no saber qué está haciendo en medio de una película como esta.

Y podemos poner el ejemplo de Pacific Rim, que también era un espectáculo visual en el que los personajes no es que brillaban mucho… pero eran personajes. Clichés, manidos, lo que sea, pero funcionaban mínimamente para llevar la historia sobre sus hombros y servirnos de puente entre escena de acción y escena de acción. En Kong: Skull Island no ocurre eso, no sirven para nada, y los pocos conflictos personales que intentan desarrollar resultan ridículos por su poca conexión y apresurada forma de plasmarse. Da la sensación de que la película es una recopilación de escenas sueltas que, al juntarlas, no casan del todo, y solo resultan interesantes el par en el que Kong empieza a repartir estopa (destacar la de los helicópteros, que es la más espectacular y el único momento en el que el filme consigue brillar, aunque sea por cinco minutos). En definitiva: es una película fallida, poco trabajada, pésimamente escrita y una decepción absoluta para un servidor, que esperaba un blockbuster al menos decente. ¿Es entretenida? Mucho. Pero también es entretenido dar patadas a un balón contra una pared, y no creo que saquemos mucho de ello.

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