Atlántida 2019: La isla del tesoro, Mating, Rabia y Reconstruyendo Utoya

Continuamos nuestro viaje por el festival Atlántida del presente año 2019 con cuatro películas muy diferentes pero que consideramos tremendamente interesantes y dignas de tener en cuenta por aquellos interesados en acercarse a propuestas peculiares. Sin más dilación, esto es lo que pensamos sobre ellas.

 

La isla del tesoro

por Daniel Cabo

La isla del tesoro (L’île au trésor, 2018) es muchas cosas. Para empezar, supone la incursión en el documental del cineasta francés Guillaume Brac, realizador de otros tres largometrajes, esta vez de ficción, a lo largo de la presente década. De su mano nos trasladamos a un gran parque acuático en Francia, una zona antes natural que ha sido convertida y aprovechada para la creación de una enorme piscina rodeada de un entorno de en sueño y que reúne cada día a muchas personas que intentan huir del calor pasando el día a remojo. El documental, lejos de acercarse a la exploración de esta instalación a través de los clásicos mecanismos de un planfleto informativo, nos propone diversas historias que, por la forma en la que están narradas, provocan incluso la sospecha de su ficcionalidad. Arrancamos con unos niños que se intentan colar en el parque, seguido de la consecuente reprimenda de los guardias; y a partir de ahí vamos saltando entre diversas narrativas, desde las vicisitudes de los socorristas hasta la mesa de administración que toma decisiones respecto a la llegada del final del verano, pasando por un hombre que se baña en las inmediaciones, recordando cuando todo aquello era naturaleza libre y no había sido invadida por la mano del capitalismo. De este gran retrato, que en ocasiones parece más bien un relato, se completa La isla del tesoro, uno de los documentales más estimulantes, precisos y preciosos que vamos a poder ver a lo largo del año.

 

Mating

por Carlos Quiñones

Más a menudo de lo que creemos, las películas que vemos no se parecen casi en nada a aquellas ideas primigenias a partir de la cual se empezaron a gestar. En los primeros cinco minutos de Mating (Parningsmarknaden, 2019), la directora Lina Maria Manheimers nos cuenta cómo su proyecto de documental inicial se transformó en algo distinto. En un primer momento el plan era obtener acceso a las redes sociales, correos electrónicos, ordenadores y móviles de dos personas que nunca la conocerían en carne y hueso. Sin embargo, un encuentro inesperado entre estos dos jóvenes, Edvin y Naomi (casi objetos de observación de un experimento sociológico), hace que esa idea inicial se terminase convirtiendo en una suerte de diario virtual que relata la evolución de esta relación entre dos personas que se encontraron por casualidad. Es justo cuestionarse la total honestidad de las imágenes, o, mejor dicho, la posible alteración que la mano de la directora pudo haber provocado en el flujo natural de este enlace entre dos personas. Pero lo que llama la atención sobre este aspecto es que precisamente las herramientas para contar la historia de Edvin y Naomi se encuentran en las manos de ellos mismos. Así, desde el día en que se conocen (y algo inevitablemente surge en ellos, un nexo que es el hilo conductor de toda la película) hasta el día en el que se despiden uno del otro (no para siempre, porque sabemos que están destinados a volver a verse, “cuando alguien te gusta la esperanza es eterna”), el espectador es llevado de la mano por esta historia de amor milenial que captura de forma sincera, delicada y atenta la forma en la que las nuevas generaciones entienden por amor. Y, a pesar de su carácter diarista, que podría limitarse al formato videoblog y consistir solo de testimonios de cada uno de estos chicos frente a la cámara, Mating está repleto de imágenes cautivadoras que explican (mejor que las palabras de los propios protagonistas) su afán por encontrar compañía en un lugar y momento en el que, frente a la incertidumbre, lo más humano es desear que alguien te coja de la mano. Como cualquier historia de amor entre jóvenes, esta película también sirve como ventana para entender la relación existente entre las nuevas generaciones, sus cuerpos y la exploración del deseo. Y por ello, además de la importante presencia de episodios en los que tanto Naomi como Edvin discuten su futuro profesional, esta cinta no solamente sirve como vistazo cercano y personal al lado afectivo de sus personajes, sino también a los instantes (de dudas, a veces; de certezas, otras tantas) que a uno lo obligan a mirar hacia adelante y dar los primeros pasos a la madurez. Sencilla, impecable y honesta. Qué más se necesita.

 

Rabia

por Daniel Cabo

“Los pobres nacen pobres. Los ricos nacen ricos. Los pobres mueren pobres. Los ricos mueren ricos.” Sobre estas palabras parece edificarse la nueva película de Sérgio Tréfaut, director portugués nacido en Brasil, que nos traslada al Portugal de 1950 para contarnos la historia de Palma, un hombre de familia pobre que tiene problemas para encontrar trabajo debido a la precariedad del entorno y sus conflictos con uno de los adinerados de la zona, y que se verá obligado a meterse en actividades ilícitas para poder llevar un trozo de pan a la mesa de sus seres queridos. Hay dos puntos clave que convierten a Rabia (Raiva, 2018) en una película digna de discutirse. El primero está vinculado a lo visual, ya que se nos plantea un blanco y negro que, lejos de sentirse gratuito, ayuda a construir la atmósfera desamparada que transmiten los campos tristes y oscuros de esa parte mustia de Portugal. La oscuridad de la casa del protagonista nos invade y provoca una sensación claustrofóbica, a la par que los grandes planos generales de la llanura hacen pensar en esos westerns de aura fantasmagórica; como si la cámara del Monte Hellman de El tiroteo (The Shooting, 1966) recogiese los densos aires portugueses y los mezclase con El caballo de Turín (A torinói ló, 2011) de Béla Tarr. La segunda clave es la estructura, pues la película arranca con un prólogo que se nos descubre como la conclusión de la historia; esto es, vemos a Palma realizar actos violentos, como si fuera la culminación de un relato de venganza, y tras los créditos iniciales damos un salto atrás para entender cuáles fueron sus motivos. Un recurso efectivo que sin embargo se siente algo gratuito, como una mera excusa para iniciar por todo lo alto una narración que no necesitaba de esos impactos para atraer la atención. Conocer el destino de los personajes desde el principio no parece sumar a una película cuyo discurso sobre la diferencia de clases no traspasa la superficie, con una voz en off ocasional que verbaliza de forma directa la tesis de la obra, pero por suerte su mirada básica no echa por tierra un filme poseedor de imágenes muy evocadoras.

 

Reconstruyendo Utoya

por Carlos Quiñones

Tanto este año como el pasado nos han presentado la oportunidad de ver distintas aproximaciones cinematográficas a la tragedia producida por los ataques terroristas de la isla de Utoya el 22 de julio de 2011. Ni el intento de Paul Greegrass (producido por Netflix) por capturar los ataques de forma hiperrealista, ni el ejercicio técnico del plano secuencia de Erik Poppe en Utoya, 22 de julio (que llegaba a la cartelera española hace unos días) se han podido librar de la sospecha y juicio sobre sus intenciones al llevar estos atentados a la gran pantalla. Que haya aspectos mínimamente susceptibles de ser explotativos o manipuladores (en el mal sentido cinematográfico) en este tipo de cintas es algo que se puede esperar. Y es quizás por eso es que me ha tomado por sorpresa la propuesta de Reconstruyendo Utoya (Rekonstruktion Utøya , 2018), que no tiene nada que ver con recreaciones verosímiles ni con ejecuciones visuales que intentan crear tensión de episodios trágicos de los que ya conocemos el resultado. En Reconstruyendo Utoya más bien hay un afán por, valga la redundancia, reconstruir y revisitar un episodio traumático de la vida de personas reales. Y tesis de la película es, precisamente, reconocer el trauma de esos momentos y ejercer como herramienta terapéutica no solamente para el espectador, sino también para algunas de las víctimas que protagonizan este particular largometraje que se queda a medio camino entre el documental y la performance teatral. Apoyándose en esto, la película se divide en cuatro episodios para poder contar en cada uno de estos la historia de un superviviente de la masacre de Utoya. En un escenario vacío y con la ayuda de simples mecánicas de escenificación, estas personas recuerdan qué les pasó en esa isla, cómo sobrevivieron, qué pasó con las personas que estaban con ellos y, finalmente, el efecto que ha tenido ese hecho en sus vidas. A partir de esta reconstrucción de los hechos, de este intercambio de relatos entre los supervivientes y actores, también se produce un diálogo que les es necesario para sanar, tanto a los que hablan como a los que escuchan. Porque, si bien esta es la menos explosiva y visualmente vistosa de las propuestas cinematográficas que han tratado este hecho trágico, lo que no se puede negar es que quizás sea la más importante y útil, ya que no solamente examina los hechos trágicos de aquel día de forma inhabitualmente respetuosa, sino que destaca ante todo el gran valor que tiene la empatía, el verse reflejado, el conocer las emociones del que estuvo herido. Si hay una forma de recordar la historia, ser conscientes de los peligros a los que nos podemos enfrentar si no la escuchamos, y al mismo tiempo dejar que nuestras heridas sanen… es esta.

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