Cinefilia 101 | #10: Alien, el octavo pasajero

Este artículo contiene algún spoiler de la película.

Es cierto que en el año 1979, las películas que nos situaban en el espacio no eran precisamente una novedad. Igual de cierto es que por aquel entonces no eran nuevas tampoco las películas sobre extrañas y tenebrosas criaturas (insectos gigantes, alienígenas, incluso hombres de carne y hueso escondidos detrás de una máscara) que masacraban uno a uno a los jóvenes protagonistas que desfilaban frente a nosotros en la pantalla. Incluso esos personajes tan variados y pintorescos guardaban un peligroso pero innegable parecido con esos adolescentes que visitaban mansiones encantadas, o huían de zombis que los rodeaban en una casa abandonada. De hecho, casi ninguno de los elementos que incorporó Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) era algo con lo que la audiencia de la época no estuviera ya familiarizada. Así, pues, los motivos por los que el segundo largometraje de Ridley Scott se ha convertido en un indiscutible clásico del cine de terror no obedecen necesariamente a su originalidad y se apoyan, más bien, en saber utilizar la economía del relato para favorecer así una historia mínimamente plausible. El gran triunfo de Alien, por así decirlo, es dejar atrás la ciencia ficción de serie B y convencernos de que lo que nos da más miedo es aquello que puede ser real.

En Alien, los tripulantes de la Nostromo despiertan como niños recién nacidos –no es casualidad que el ordenador principal de la nave se llame Madre–, aún lejos de su destino y se desvían de su ruta para investigar un planetoide desde el que reciben una enigmática transmisión. Hay algo claustrofóbico sobre la Nostromo. Hay algo claustrofóbico sobre el espacio también. Pero, para los ocupantes de la nave, hay algo realmente inquietante que pasa desapercibido casi siempre: despertar después de largo tiempo en un lugar irreconocible, en donde todo alrededor se ve exactamente igual. Nadie aparte de Ellen Ripley parece darse cuenta de que esta supuesta señal de ayuda es en realidad una de advertencia. Cuestión que dice mucho sobre su personaje y que, además, es una pista de por qué es ella la que al final de la película sigue de pie. Pero de Ripley ya hablaremos luego.

El afán de realismo de Alien es quizá comparable al que una década antes impulsaba, aunque con otras motivaciones, a 2001: Odisea en el espacio (2001: A Space Oddisey, 1968). Mientras la cinta de Kubrick y Clarke utilizaba nuestros avances tecnológicos para hablar del futuro del hombre en términos de vida, Ridley utiliza nuestro futuro plausible inmediato para enfrentarnos a la muerte. Una muerte que llega en la forma de enemigo invencible, de perseguidor indestructible que, incluso cuando es herido, no deja de matar. Un enemigo, además, que se nos parece, y al que deliberadamente el cineasta británico le dio la forma de un hombre enorme y muy delgado.

Era Jorge Luis Borges quien escribió que la cópula y los espejos eran abominables, porque multiplican el número de los hombres. En Alien, lo abominable es lo sexual, lo reproductivo, lo anatómico del proceso copulatorio, simplificado en un solo concepto perturbador: la invasión de nuestros cuerpos. Todo esto acompañado de la imaginería que creó H. R. Geiger, quien diseñó la apariencia original del alien, donde lo biológico y lo mecánico siempre estuvieron unidos también en una horrenda cópula. Mucho se ha escrito ya sobre el tema, pero el rasgo más fascinante del mundo creado en Alien es aquel que la sitúa como una cinta de terror sobre la ansiedad que provocan sobre los hombres procesos corporales por los que, tradicional y naturalmente, pasan las mujeres: penetración, gestación, parir o, simplemente, sangrar. Una sensación de confusión sexual y de alienación que es totalmente efectiva a la hora de hacernos sentir incómodos.

Pero además de que Alien sea una película imprescindible para hablar de la ciencia ficción en el cine, uno no puede evitar cuando se habla de este largometraje admitir que también significó un cambio importante en cuanto a la representación de personajes femeninos en el género. Y es que si uno habla de Alien, también habla de Ripley. Y para hablar de Ripley, hay que hablar un momento de Sigourney Weaver, una actriz que había debutado bajo la dirección de Woody Allen, pero era una virtual desconocida para la audiencia no solo de Estados Unidos sino también del resto del mundo. Weaver se sumó al proyecto de Scott después de la sorpresiva decisión del director por apostar por el cambio de sexo de su protagonista –originalmente masculino– para tomar a la audiencia por sorpresa, preguntándose qué impresión causaría en la audiencia que una mujer fuese la última superviviente de la película.

Y eso es Ripley. No es una damisela en peligro, ni una ayudante, ni eye candy sexualizado, sino una mujer responsable que se toma su trabajo muy en serio y sigue las reglas a rajatabla. Una mujer que es la suboficial (y luego teniente) de la Nostromo. Una mujer que puede defenderse de un monstruo prácticamente invencible del que, además, no se sabe casi nada: ni cuál es su origen, ni cuál es su motivación, ni, lo más importante, cuál puede ser su punto débil. Una mujer que mientras se alza sobre esta criatura tan oscura –que, sin que lo supiéramos, podría estar ya dentro de nosotros– canta You Are My Lucky Star de Debbie Reynolds para quitarse el miedo de encima. Una mujer. Así pues Alien no solo es una película que nos hizo creer que el espacio era un lugar que escondía increíbles horrores, sino que, además de un ejercicio de creatividad y ejecución excepcionales, también hizo creer a generaciones futuras en mujeres poderosas. Incluso cuando la única salida es ese vacío, oscuro e inhóspito espacio infinito donde, dicen, nadie puede oírte gritar.

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