Cinefilia 101 | #15: Metrópolis

En la era de lo digital a veces cuesta pararse a pensar que hubo un tiempo (hace menos de lo que parece realmente) en el que el cine era algo físico; físico y perecedero. Nos hemos acostumbrado tanto a los nuevos formatos que ni nos planteamos que los años afecten, de una forma tangible y material, a las películas que se producen hoy en día como sí ocurría décadas atrás. Claro que siguen existiendo formatos físicos como el DVD y el Blu-ray, pero la industria está tan masificada que es prácticamente imposible perder el rastro de una obra en su totalidad, y eso sin contar internet, claro. Esto viene al caso de que en este decimoquinto número de Cinefilia 101 voy a tratar a Metrópolis (Metropolis, 1927), una película que, con noventa años a sus espaldas, ha sufrido en sus carnes la terrible erosión fílmica que otorga el paso del tiempo.

A partir de su estreno en Alemania —con el montaje de dos horas y media ideado por Fritz Lang, ¡que era el resultado de algo más de cuatro kilómetros de rollos de película!—, se montaron diferentes versiones de la misma, sufriendo una serie de cortes y modificaciones que hacían perder parte de la esencia de la versión original de la obra. Por un lado la propia Paramount la editó con treinta minutos menos  y por el otro la UFA (el famoso estudio alemán donde trabajaba Lang) hizo un remontaje para su exportación. En los ochenta, el músico Giorgio Moroder revalorizó la obra y la dio a conocer al gran público con su propio montaje de la película (de una hora y veinte de duración) incluyendo una nueva banda sonora original y cambiando los intertítulos por subtítulos y modificando el color de las escenas. El metraje descartado por estas versiones fue dado por perdido, lo que significaba que Metrópolis tal y como se conocía en la mayor parte del siglo pasado era una versión incompleta de la misma. Con todo, en 2001 se pudo realizar una profunda restauración de la película con la ayuda de varias filmotecas de todo el mundo. Fue entonces, por cierto, cuando la UNESCO la incluyó como Patrimonio de la Humanidad (siendo la primera película en recibir este honor). Pero no fue sino hasta 2008 cuando se descubrió, en un museo de Buenos Aires, una copia muy deteriorada del montaje original, lo cual gracias a un laborioso proceso se puedo incluir cerca de veintiséis minutos prácticamente inéditos desde su estreno inicial. Así que hace tan solo siete años (a partir de 2010) que podemos disfrutar, gracias a un nuevo montaje más fiel al original y a estos minutos inéditos, de la versión íntegra de Metrópolis tal y como la concibió Fritz Lang.

No es poco conocido de hecho que lo que propulsó la idea de la historia de Metrópolis nació en un viaje de Lang a Nueva York, en 1924. Desde el barco en el que viajaba, adentrándose en el puerto neoyorkino, se quedó prendado de las vistas de esos enormes rascacielos y esas grandes calles iluminadas. Al regresar, Thea von Harbou (esposa y colaboradora habitual) se pondría a escribir el guión de Metrópolis. El libreto mezclaría la fascinación de su marido por desarrollar un filme sobre una gran urbe futurística con sus propias inquietudes narrativas de crear una historia de proporciones épicas. Ésta implicaría elementos de una ciencia ficción poco explorada en el cine de aquel momento dentro de un contexto utópico como el de una sociedad de clases dividida tajantemente en dos: la élite, que vive en la superficie, y los trabajadores, que viven bajo la ciudad.

Siempre he sentido un gran conflicto en su mensaje ideológico. En primera instancia parece estar hablando de la lucha de clases, a través de esa revolución de los que viven en las profundidades y ese viaje emocional que vive Freder (hijo del dueño de la ciudad-estado que da título a la película) cruzando la línea inescrutable de los jardines al aire libre donde residen los hijos de la sociedad adinerada, vendados de lo que realmente ocurre bajo ellos, hasta llegar a intercambiarse voluntariamente por un trabajador cuando descubre las pésimas condiciones en la que se encuentran en el mundo subterráneo. Sin embargo, varias son las causas que parecen indicar que la ideología que von Harbou refleja en su libreto es bien distinta de lo que parecía. Por un lado, la semilla de la revolución la organiza el maligno robot (suplantando la identidad de María, una figura defensora y pacificadora de la causa de los trabajadores) y por el otro, y aún más claro, el famoso y potente mensaje que conduce y cierra toda la trama, “El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”, evidencia una ideología más cercana al nacionalsocialismo que al de un revolucionario marxista o anarquista, sustituyendo la lucha de clases por la colaboración entre clases sociales. Una estructura económica-social, por cierto, compartida por el Partido Nazi, con el que von Harbou simpatizaba. No es para menos que Metrópolis fuera una de las películas favoritas de Hitler. E incluso Joseph Goebbels, el ministro encargado de la propaganda nazi, felicitó a Lang por la película y le ofreció la dirección de la UFA (a pasar de ser de ascendencia judía). “Nosotros decidimos quién es ario y quién no”, le dijo Goebbels a Lang. Se dice que el director vienés abandonó el país aquella misma noche, dejando todo lo que tenía. Lang siempre renegaría del filme por su falso mensaje, sin embargo en aquel entonces estaba tan interesado en otros aspectos de la obra (la arquitectura de la ciudad, los efectos prácticos, la iluminación, etc) que se dejó llevar por la ambición del proyecto.

Tan ambicioso fue, para que tengáis una idea, que si ajustáramos su presupuesto por la inflación estaríamos hablando de una película que costó cerca de 200 millones de dólares. Cifra que han llegado a costar otras cintas como la reciente Guardianes de la galaxia Vol. 2 o el clásico de James Cameron, Titanic, por dar dos ejemplos dispares de blockbusters. Por tanto, entenderéis que fuera un salto de gigante para la industria del cine una producción como Metrópolis. Y aunque en su momento fuera un batacazo en términos de recaudación, ciertamente ha pasado a la historia como una obra de culto, siendo una de las cimas del cine mudo (solo nueve meses después de su premiere en Berlín se estrenaría El cantor de Jazz, la primera película con sonido y diálogos sincronizados de la historia del cine) y una de los últimas grandes obras del expresionismo alemán, que acabaría al llegar la Segunda Guerra Mundial y el cine propagandístico nazi. Dice mucho de la propia película el hecho de que de los primeros en aparecer en los créditos iniciales de la misma sean los encargados de construir los escenarios y el diseñador de las esculturas. Es una de las primeras películas donde realmente la dirección de arte sustenta toda la obra, en ella se mezcla un ingenioso uso de maquetas —diseñadas con un admirable gusto arquitectónico influenciado por el art decó de Chicago y, la inspiración original del proyecto, Nueva York— con el laborioso proceso de inventar avances tecnológicos para reflejar ese mundo futurístico (los coches voladores, las enormes máquinas de las profundidades, el icónico robot, etc). Buñuel llegaría a decir que Metrópolis supuso el relevo definitivo del escenógrafo teatral.

Podría pasarme horas hablando de la película. Por su remarcable fotografía, que deja absorto al espectador con su inteligente tratamiento de la luz en según qué momentos (como la brillante secuencia de la persecución con la linterna por las catacumbas). Por los más de 25.000 efectos especiales que llegaron a utilizar y que sin los cuales no habrían sido posibles escenas de un calado enorme en la cultura pop como la del nacimiento/despertar del robot, o la secuencia de montaje que utilizan para presentar Metrópolis en los primeros compases de la cinta, creando una simbiosis entre los rascacielos de la urbe y las máquinas de las profundidades. Por Brigitte Helm y su doble interpretación (María y el robot) con la que cuesta creer que fuera el primer trabajo que hiciera como actriz, se come al resto del reparto. Por la banda sonora de Gottfried Huppertz, que inspirado en Wagner y Strauss, compone una partitura a la altura de la epicidad que se le presupone al relato y que, aunque pueda llegar a cansar tras dos horas y media sin apenas cese, resuena y le añade fuerza a las imágenes más poderosas del filme. Por esos pequeños detalles, como la forma en la que tiene de jugar con los intertítulos: cuando bajan y suben en la secuencia de los ascensores al principio de la película o en la ocasión en la que no paran de moverse en círculos cuando Freder está confuso y mareado. Por su visión de futuro y por lo mucho que le debe la ciencia ficción, la sombra de Metrópolis reverbera en casi todo el género: la ciudad de Blade Runner, el diseño de C3PO en Star Wars… hasta nuestros días, donde podemos encontrar parte de sus temas y mensaje en películas como Snowpiercer. Por ser un recordatorio viviente del porqué debemos cuidar el cine no solo como arte, sino como medio físico. Por todo esto y una infinidad de motivos, Metrópolis tiene el lugar que tiene en la historia del cine y en mi cinefilia personal. Sí, la ideología detrás de su mensaje es dudosa pero eso no le quita los méritos que tiene y no nos ha impedido, impide ni impedirá admirar la obra maestra que es.

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