Cinefilia 101 | #16: Pesadilla en Elm Street

Tercera entrega de Cinefilia 101 que dedicamos a nuestro repaso al subgénero de terror slasher, posiblemente el más reconocido dentro del cine de terror. Empezamos por Psicosis (Psycho, 1960), un protoslasher que sirvió como influencia para muchos filmes hasta que a finales de los setenta el subgénero naciera, junto con otros míticos filmes, con La noche de Halloween (Halloween, 1978), nuestra segunda parada. La cinta de John Carpenter, como ya hablamos en el anterior artículo, sirve como génesis del slasher al tener elementos que, tras su éxito, fueron copiados hasta la saciedad. Viernes 13 (Friday the 13th, 1980) es uno de los ejemplos más célebres de este “nuevo” subgénero, suscitando también numerosos imitadores. Este es un título digno de destacar, más allá de sus cualidades como slasher, por ser uno de los primeros en establecerse como franquicia y dar a luz a numerosas entregas alrededor de un mismo asesino, estela que también seguirían Halloween, Psicosis y casi todos los filmes exitosos en taquilla que tuviesen un villano mínimamente memorable. Con Jason Voorhees entramos en la década de los ochenta y de esta manera llegamos a la edad de oro de los slashers y la serie B comercial.

Son muchísimos los filmes que aparecerían a rebufo de los ya mencionados. La mayoría acabaron siendo copias sin demasiado que aportar pero algunos destacaban entre la multitud. La premisa de campamento de verano introducida por Viernes 13 fue aprovechada por las notables La quema y Campamento sangriento, mientras que otros como Prom Night: Llamadas de terror (Prom Night, 1980), El día de la graduación (Graduation Day, 1980) o Examen final (Final Exam, 1981) seguían la estela de Halloween tanto en localizaciones urbanas como en víctimas de instituto. Con el áuge del subgénero también surgieron cintas que pretendían burlarse de sus convenciones. 13 asesinatos y medio (Student Bodies, 1981) parodia los slashers a todos los niveles, mientras que The Slumber Party Massacre (íd, 1982) le da una vuelta feminista al subgénero gracias al guion de la activista Rita Mae Brown. La moda incluso acabó llegando también a España con películas como Mil gritos tiene la noche (Pieces, 1982) y Angustia (Anguish, 1987). Hacia mediados de la década el subgénero parecía estar ya agotándose ante la incesante cantidad de produciones de muy bajo presupuesto y pobre calidad que iban apareciendo tanto en cines como directamente al formato doméstico intentando aprovechar la moda. Por suerte para los aficionados del terror llegó Wes Craven. Director de las ahora míticas La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972) y Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977), Craven consiguió dar un impulso y revitalizar el subgénero a base de imaginación al colocar al asesino en un plano distinto al real, el de los sueños, y jugar con la percepción que el espectador tiene de la frontera entre ambos mundos. Estoy hablando, por supuesto, de Pesadilla en Elm Street (A Nightmare in Elm Street, 1984).

Muchas veces se habla de que los cineastas crean a partir de sus experiencias y recuerdos personales, y a raíz de lo que Craven ha ido desvelando de sus entrañas este film es un ejemplo bastante claro. La idea principal le llegó a partir de una serie de artículos de los años 70 sobre refugiados del sureste asiático, quienes se negaban a dormir ante las terroríficas pesadillas que sufrían por las noches como consecuencia de las recientes guerras. Tras estas primeras pinceladas la historia necesitaba un villano y el director recurrió a su infancia. El nombre de Fred Krueger viene de un matón que le hacía bullying, mientras que el trasfondo del personaje se inspira en el recuerdo de un viejo que le echó la mirada al joven Wes y éste se asustó. Si juntas estas ideas en el subgénero de moda y añades un toque sobrenatural para ganar originalidad, lo que te queda es una película sobre un grupo de adolescentes que son perseguidos y asesinados por un perverso asesino que aparece en sus sueños, con la peculiaridad de que el daño que Krueger traspasa a la vida real.

Freddy Krueger es el último villano inmortal de la Santa Trinidad del slasher ochentero, la cual completan Jason Voorhees y Michael Myers, pero a título personal se erige como la figura más especial de las tres y lo más valioso de Pesadilla en Elm Street —tanto la película como la saga—. Para diferenciarse del prototípico “serial killer” se optó por cambiar la máscara por quemaduras en la cara y el arma blanca por un guante repleta de ellas —inspirado parcialmente por su gato—. ¿El resultado? Pesadillas en Elm Street y millones de calles más en todo el mundo. Aun así, lo que más distancia a Krueger del resto es su macabra personalidad, un mérito que recae en el trabajo de Robert Englund detrás del personaje. De los tres asesinos mencionados, Fred es el único que interacciona con sus víctimas en el momento del acecho, haciendo que a medida que se vayan sucediendo los enfrentamientos la figura del villano vaya calando en el espectador con un efecto más psicológico que puramente físico.

Cierto es que Pesadilla en Elm Street recopila tópicos del subgénero en que se enmarca, como el ya mencionado villano, la virginal “final girl” interpretada por Heather Langenkamp o algunos detalles de la moralidad de la juventud americana, pero la historia está enriquecida con matices sobre la brecha generacional, la corrupción de la edad adulta y el pasado turbio de la comunidad en que se ambienta. Por otro lado, solamente con el punto de partida la película ya se aleja de ser convencional y se convierte en una obra “high-concept” que destaca notablemente en el páramo de los slashers clónicos de mediados de los ochenta. En referencia a este último punto, otro de los elementos que marca la diferencia es la creatividad de Wes Craven a la hora de crear una mitología atractiva y trasladar esta innovación temática a las escenas con recursos que dan muy buenos resultados visuales. La mítica secuencia de la mano de Freddy entre las piernas de Nancy en la bañera está rodada en un set construido sobre una piscina, mientras que un par de muertes que desafían las leyes de la gravedad —una de ellas famosa por tener como víctima a un joven Johnny Depp— se rodaron en una habitación invertida. Ambos son ejemplos del ingenio y el cuidado de Wes para aprovechar los recursos de los que disponía y crear imágenes icónicas e impactantes. Aquellos que hayan visto una buena cantidad de slashers posiblemente no consigan recordar el enésimo apuñalamiento que sucede en un título random, pero sí es bastante probable que mantengan en la memoria, entre otras, estas escenas que acabo de mencionar.

Justo cuando parecía que el subgénero slasher iba a morir a los pocos años de nacer, Craven apareció para insuflar sangre fresca e inspirar a la industria para rodar proyectos de mayor calidad técnica e ideas más originales que se alejasen del olor a copia barata. Su repercusión en la industria y el público puede que no fuese tan grande como la lograda por Halloween o Viernes 13, pero aun así la película ha logrado sobrevivir en el imaginario colectivo todos estos años gracias a un villano terroríficamente carismático y de ella han surgido un total de seis secuelas, un crossover con Jason y un reboot. Además, es posible que sin el éxito de Pesadilla en Elm Street no hubiésemos tenido muchos slashers, como Muñeco diabólico (Child’s Play, 1988) o la que será la protagonista del siguiente artículo de este repaso al subgénero.

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