Cinefilia 101 | #17: Río Bravo

He decidido hablar de Río Bravo (Rio Bravo, 1959) en esta sección en la que comentamos películas que, según nuestra consideración, son recomendables para introducirse en el cine, y no lo he hecho porque esta absoluta obra maestra de Howard Hawks cumpliera ese rol en mi evolución como espectador, pues la he visto hace poco, sino porque, para qué mentir, lo necesito. Plasmar mis sensaciones con este filme en tinta digital se ha convertido en una necesidad desde que la vi y he encontrado esta excusa, esta buena excusa, para hacerlo: Río Bravo me parece, de primeras, una película ideal para adentrarse en el western, no tanto porque contenga todas las señas de identidad del género, sino porque condensa y transmite la grandeza del mismo. También, más allá de etiquetas, es una cinta impecable, una muestra de la capacidad narrativa de Hawks, que nunca se excede y siempre parece tener todo controlado, medido y orquestado.

A diferencia de la gran mayoría de westerns, aquí no encontramos grandes paisajes ni persecuciones a caballo, sino más bien una historia claustrobófica que Hawks narra con una precisión sorprendente. Ya desde la primera escena, prácticamente de cine mudo, se ponen encima de la mesa las características principales de la cinta: las acciones definen a los personajes y construyen, ya desde los primeros fotogramas, su relación. Río Bravo es una película de personajes, pues son las dinámicas entre ellos las que convierten una historia bastante simple en un relato épico. La trama en sí, que nos cuenta cómo el sheriff (un profesional, como a menudo en el cine de Hawks) y sus compañeros retienen a un bandido y esperan a que llegue la autoridad estatal para llevárselo, con la tensión de que el hermano del preso intente liberarlo antes, es en general sencilla en su estructura y se la podría acusar incluso de contar con demasiados tiempos muertos. Sin embargo, es en esos momentos en los que los personajes se desarrollan y las relaciones, de camaradería pero también de choques, se desenvuelven: ahí está el alcohólico que interpreta Dean Martin, de un pasado tortuoso y una relación difícil con el sheriff que lleva a la pantalla John Wayne; o la propia historia de amor, que se cuece a fuego lento, entre este último y la mujer que llega en la diligencia, una estupenda Angie Dickinson; y cómo no hablar del tullido que hace Walter Brennan, que supone el alivio cómico de la película, o del joven Ricky Nelson que desarrolla a un joven pistolero que acabará inmerso en este grupo de profesionales.

Y es que ese es uno de los puntos más interesantes de Río Bravo: el grupo de defensores de la ley no está compuesto por amigos del alma que se apoyan simplemente porque se aprecian, sino que ese aprecio o, mejor dicho, ese respeto viene de la condición de tener un objetivo común. La lealtad nace en este caso de compartir una misión y unos códigos, pero el camino no es fácil, ya que las disputas y cabreos entre ellos son habituales. Es a medida que la película avanza, el magistral guion de Leigh Brackett y Jules Furthman se va desarrollando y el conflicto principal va creando situaciones más peligrosas, cuando ese lazo que les une se va haciendo más fuerte. Una de las mejores escenas de la cinta y, para mí, una de las más emocionantes que he visto hasta el momento en todo el cine que ha pasado por mis ojos, es en la que los tres del grupo (y John Wayne de pie, mirándoles con una sonrisa) se arrancan con dos canciones preciosas que no solo componen un momento en el que Hawks decide parar la narración para, simplemente, disfrutar junto a ellos, sino que también sirve para, de nuevo, apretar esos lazos que les unen. Tendrán sus diferencias pero, acompañados por una guitarra y una armónica, sienten que tienen que cumplir su objetivo hasta el final. Por no hablar del juego de espejos que se crea entre la historia de amor de Wayne y Dickinson y todo lo que le ocurrió a Dean Martin, que me parece apasionante porque suma tanto a la relación entre dichos dos hombres como alimenta la propia subtrama con esa mujer que decide quedarse en ese pueblo por una corazonada. Es una historia amorosa muy bien medida y que alimenta a la perfección el conjunto de la película; es cierto que Wayne no es el mayor experto en actuar escenas de ese tipo, pero qué bien lo utiliza Hawks y qué maravilla cada plano en el que sale ella, Angie Dickinson.

El tramo final, en el que sí encontramos escenas de acción, resulta épico no tanto por la espectacularidad de lo que ocurre en pantalla, sino porque sabemos lo que ha costado llegar ahí, hemos compartido el viaje emocional con los personajes y queremos que, por favor, todo salga bien. Dos horas y veinte minutos después del primer plano concluye una de las películas más impresionantes que he visto en mi vida, absolutamente redonda. Decía Roger Ebert que en este filme no había ni un solo plano equivocado, y en esta ocasión voy a estar de acuerdo con él. Todo fluye con paso firme, sin precipitarse, con un amor hacia el detalle asombroso. Tengo la sensación de que cada vez que decida volver a Río Bravo, y van a ser muchas, voy a acabar igual de impactado y emocionado que la primera vez. Espero que al leer esto alguien que no la haya visto se acerque a ella y la disfrute; si eso ocurre, estas líneas ya habrán valido la pena.

Comentarios