Cinefilia 101 | #19: Scream, vigila quién llama

Película número diecinueve de Cinefilia 101 y cuarto artículo dedicado a repasar lo mejor del subgénero slasher. El anterior artículo tuvo como protagonista a Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984), un film que se estrenó durante el declive en el subgénero que hubo a mitades de los ochenta, tras el gran boom y éxito de La noche de Halloween (Halloween, 1978) y Viernes 13 (Friday the 13th, 1980) a inicios de la década. Como ya dije, Pesadilla en Elm Street le insufló algo de vida al panorama y ayudó a que proyectos de mayor calidad y originalidad salieran adelante, pero no evitó que cuando los ochenta llegaron a su fin el interés masivo del público con el subgénero sufriera el mismo destino. La mayoría de títulos que se producían eran secuelas que pretendían estirar al máximo la máquina de dinero en que se habían convertido las franquicias más exitosas. Halloween llegó a tener ocho entregas, aunque una de ellas —la tercera— no se suele contar al ser un intento fallido de convertir la marca en una saga antológica, Viernes 13 se alargó hasta llegar a las 10 películas con Jason X (íd., 2001), mientras que Pesadilla tuvo un total de siete, siendo la última de ellas algo especial.

La nueva pesadilla de Wes Craven (Wes Craven’s New Nightmare, 1994) supone el regreso del creador a Elm Street, excepto por el hecho de que se traslada a Freddy Krueger dentro del rodaje de una nueva entrega de la franquicia, un giro metarreferencial para el que además cuenta también con la protagonista de la original, Heather Langenkamp. El éxito no acompañó y acabó siendo la menos taquillera de la franquicia, pero a forma de preludio inesperado, en esta pesadilla Wes Craven se adentró en la metaficción, un terreno que dos años más tarde volvería a pisar junto al guionista Kevin Williamson para traernos el film que resucitó y revolucionó el subgénero: Scream, vigila quién llama (Scream, 1996).

Scream es el éxito que los slashers estuvieron esperando durante toda la década de los noventa para poder reconciliarse con el público y resurgir. Habitualmente se veía a este tipo de cine como propuestas de bajo presupuesto, actores poco conocidos y críticas que en su mayoría eran negativas. Es por eso que la presencia de Drew Barrymore o la “friend” Courteney Cox, dos caras famosas de la época, provocó ruptura de prejuicios hacia el género en la industria hollywoodiense y abrió la puerta a que actores de mayor calado protagonizaran proyectos de este estilo. Pero sin duda el aspecto más importante de la película es su giro posmoderno, ya que Scream es el slasher para los amantes de los slashers —o del cine de terror en general—. En un subgénero como este, basado en fórmulas, estructuras, tópicos y recursos que se repiten, es fácil saber qué es lo que va a pasar en cada momento de la película. Llámalo reglas del slasher, llámalo poca originalidad. Scream, dentro del homenaje que pretende realizar al subgénero, consigue romper con las ideas preconcebidas a la par que entrega secuencias llenas de tensión y sangre.

Cuidado, en los próximos dos párrafos hay spoilers.

La escena inicial es un muy buen ejemplo de la esencia del film de Craven. Casey Becker se dispone a ver una película al tiempo que recibe una llamada anónima en la que conversa con el asesino sobre películas de miedo, pero poco a poco la conversación va escalando hasta que el novio de Casey muere y ella es perseguida y asesinada por Ghostface justo cuando llegan sus padres. Los doce minutos que dura son inquietantes y Craven maneja la escena con maestría, pero es interesante pararse en ella por otros motivos más relacionados con el guion de Williamson.

El primero de todos es que el asesino se carga a Barrymore, estrella y aparente protagonista, al final de estos doce minutos, descolocando a todos los espectadores que esperaban seguir viéndola en pantalla —algo que recuerda a cierto film ya analizado en esta sección—. Esta ruptura de esquemas con respecto al típico desarrollo de los slashers u otras narrativas cinematográficas convencionales continúa durante toda la película, aunque el tercer acto de cuarenta minutos se lleva la palma al crear una constante incertidumbre por si se van a cumplir o no las reglas del subgénero. Se nos presenta a Sidney Prescott como la “final girl”, cuya castidad es a nivel psicológico tras la muerte de su madre, pero llega un momento hacia el final de la película en que el personaje de Neve Campbell pierde la virginidad. Dentro de la reglas de los slashers esta impureza debería ser recompensada con la muerte, de manera que en Scream se decide convertirla en heroína y hacer que sobreviva junto a otros tres personajes, entre ellos Randy Meeks, quien se convierte en un “final boy” a causa de su virginidad. Otro de los personajes que sobrevive es Gale Weathers, quien concentra el espíritu “bitch” noventero —motivo por el que Cox quiso el papel— y es el perfil completamente opuesto al habitual dentro de las “final girls”.

Pero la autoconsciencia del género no se queda en detalles apreciables desde el exterior y traspasa la pantalla para llegar al universo de la película. Durante la primera parte de la conversación telefónica, podemos observar ya el gran cambio que hay en los personajes con respecto a los filmes ochenteros, algo que va acorde con el desarrollo de la sociedad de los años noventa: tienen un acceso a la cultura popular mucho mayor que sus predecesores, lo que en particular les da un mayor conocimiento del cine de terror y también de sus entresijos. Incluso podríamos hacer un paralelismo con la evolución de la relación entre espectador y película en el género, ya que con los años cada vez hay una mayor tolerancia o una menor ingenuidad, de manera que lo que asusta a una generación apenas produce efecto en las posteriores. De cualquiera de las dos maneras, durante todo el metraje vemos cómo en ciertos momentos los personajes se mofan del peligro o de la situación que viven y lo hacen recurriendo a comentarios relacionados con los clichés del subgénero que la película pretende subvertir. A esto hay que añadir las constantes referencias a otros filmes, ya sean con guiños visuales —como Craven vestido de Freddy Krueger— o con adolescentes hablando de “Wes Carpenter” y Jamie Lee Curtis, aunque Randy es el mayor exponente de todo esto gracias a su incesante verborrea cinematográfica y su discurso sobre las reglas de los slashers.

Como complemento a lo dicho anteriormente, entre las cualidades de Scream también nos encontramos con trucos narrativos ingeniosos, como el visionado del Halloween de John Carpenter para utilizar su imagen y sonido en analogía con la acción de la película o el retraso de treinta segundos de una cámara de vigilancia como efecto sorpresa en una de las muertes. Estos dos ejemplos también potencian el lado cómico del film de Craven, el cual se fundamenta en la sátira pero por otro lado se beneficia de la improvisación de actores como Jamie Kennedy o Matthew Lillard en los momentos más delirantes. Y más allá del terror y la comedia, Scream también destaca dentro del misterio y el drama, gracias a su condición de “whodunnit” alrededor de la identidad del asesino y al trasfondo personal de Sidney, respectivamente.

El éxito de Scream y su influencia en la sociedad de finales de los noventa —y principio de los dos mil— llegó a ser tal, que algunos crímenes en el mundo real han sido inspirados o motivados por la historia de Sidney y compañía, un tema —el de la violencia en el cine— que curiosamente se aborda durante el clímax de la misma, rizando el rizo de la metaficción de manera accidental. Si nos centramos en su efecto en la industria, además de dar lugar a tres secuelas que ironizaban sobre los clichés derivados de las continuaciones o los reboots, la importancia de la película de Wes Craven hizo que a rebufo surgieran numerosas propuestas similares que se estrenaban con la intención de rascar beneficios de entre los fans de esta. Sé lo que hicisteis el último verano —del mismo guionista— o Leyendas urbanas son dos de los ejemplos más notables junto a alguna secuela más de las icónicas Halloween o Viernes 13, pero ya os puedo asegurar que buena parte de la cosecha estrenada durante los ocho o diez años posteriores se debe a Ghostface. Con Scream y su legado cruzamos la frontera del nuevo milenio, lo que significa que se acerca el final de este repaso a los slashers enmarcado en la sección Cinefilia 101. En el próximo artículo del repaso, que ya será el último, abordaré lo que nos han traído los últimos quince años, con énfasis en un film espectacular que se encuentra entre mis películas de terror favoritas.

Comentarios