Cinefilia 101 | #20: El mago de Oz

A todos nos ha pasado. Sé que os ha tenido que pasar. Esa sensación (que se manifiesta como un “click” interno) en el que uno se da cuenta que está delante de un clásico imperecedero, ante una de esas películas que ha emocionado y marcado a tanta gente durante tantas generaciones. Esto mismo me ocurre siempre al pasar la frontera de los primeros cinco minutos de El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939) y una jovencísima Judy Garland, en aquella Kansas de tono sepia, empieza a imaginarse aquel sitio más allá del arcoíris al son de una de las canciones más emblemáticas de la historia del cine estadounidense: Over the rainbow. La famosa canción abre y representa el mito fundacional que supone la película en Estados Unidos, donde El mago de Oz no es solo una de las historias más queridas del país sino algo más, como si formara parte del folclore propio con el que se identifica toda una cultura. Tanto es así y es tal su legado, que infinidad de historias beben de la novela original de L. Frank Baum (quien escribió trece libros más sobre este mundo) y por tanto de su primera adaptación, la de 1939, de la que —por razones ya más que obvias— trataremos hoy en Cinefilia 101.

Fue Disney, o más bien el enorme éxito que consiguió con el estreno de Blancanieves y los siete enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937) y el cómo demostró así a todo Hollywood que las adaptaciones de cuentos populares podían ser más que rentables, lo que animó a la Metro-Goldwyn-Mayer a adquirir los derechos de la conocida novela de Baum publicada en 1900. Fue la gran apuesta para el verano del 39 de la productora, y la producción más cara hasta la fecha de la misma. Cuentan las malas lenguas que no fue precisamente un rodaje sencillo y todo se fue de presupuesto. Sin ir más lejos, el baile de directores que tuvo la cinta es un hecho bastante ejemplar de esto. El rodaje comenzó a cargo de Richard Thorpe (que ya reemplazaba a Norman Taurog, que tan solo alcanzó a hacer pruebas de cámara), y tras dos semanas en las que dio tiempo para rodar la secuencia del primer encuentro entre Dorothy y el espantapájaros así como casi todo lo que sucede en el castillo de la Bruja Mala del Oeste, el actor que hacía del Hombre de Hojalata sufrió una reacción debido al maquillaje empleado para su personaje. Y eso, junto otros tantos retrasos, obligó a Mervyn LeRoy, el productor de la cinta, a cambiar de director y trajo a George Cukor para que le ayudara en algunos cambios de guion y de vestuario para algunos personajes; sobre todo fue Cukor quien dio con el aspecto que se acabó usando para Dorothy. Pero realmente no llegó a rodar ninguna escena y se tuvo que ir por su compromiso previo para dirigir Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, 1939).

Así fue como entró en escena Victor Fleming, que recondujo la producción y se encargó de dirigir gran parte del filme, pasando a la historia (y en los créditos) como el único (o principal) director de la misma. Pero no la pudo acabar, porque la MGM le mandó a sustituir de nuevo a George Cukor en la producción de lo que sería el verdadero bombazo del año, que acabaría ganando el Oscar a Mejor película: Lo que el viento se llevó. Así, y con un par de secuencias claves por grabar como la del tornado en Kansas o la ya mencionada de Garland cantando el Over the Rainbow, la película se puso en manos finalmente de King Vidor. Una cosa está claro: Twitter hubiera ardido si la producción de El mago de Oz hubiera tenido lugar en pleno 2017. La película se acabaría estrenando en agosto de 1939 aupada por toda la crítica que celebraba su magia y su ingenuidad, pero eso no le ayudó en el que fue —sorprendentemente— uno de los fracasos taquilleros más sonados de la época. Y según la propia MGM hasta diez años después no empezó a obtener beneficios de ella, gracias a sobre todo sus numerosos re-estrenos a lo largo de los años, en especial en televisión, donde la CBS la reintrodujo a un público más amplio y de otra generación en 1956; y con el tiempo acabaron emitiéndola una vez al año instaurando así una tradición cinematográfica en todos los hogares norteamericanos y convirtiéndose de esta forma en una de las películas más famosas y referenciadas de la historia del cine.

Siempre me ha fascinado cómo se emplea el Technicolor en El mago de Oz. Esos colores tan vivos y apacibles para nuestros ojos consiguen que gracias a ese uso del color te quieras quedar a vivir en Oz, que no te quieras alejar de ese mundo tan útopico, extravagante y ¿cutre? Pero es que esa cutrez da bastante igual aquí, la película es un festival de júbilo y entretenimiento. De hecho si es icónico, en parte, el filme es por su apartado artístico con ese diseño de producción enorme: esa Munchkinland (conocida en españa como Pequeñilandia), la ciudad Esmeralda, el camino de las baldosas amarillas, el bosque, el castillo de la Bruja Mala del Oeste o los estrafalarios y simples diseños de los personajes principales. Todo vale, y todo funciona.

Por otro lado, creo que ya a estas alturas no hace falta decir de qué va El mago de Oz. Sí mencionaré que las aventuras de Dorothy por la tierra de Oz sentaron las bases del fantástico moderno con su estructura de road movie y ejemplar viaje del héroe que tanto se repetirá y explotará a lo largo y ancho del género. Su legado, por tanto, es impresionante. No es que solo directamente se haya ampliado la obra con secuelas, precuelas, adaptaciones al cómic, en televisión o al musical de Broadway sino que ha influenciado carreras enteras de numerosos artistas. Sin ir más lejos El mago de Oz es, por poner un ejemplo dentro del séptimo arte, una de las obras claves para entender el cine de David Lynch (Corazón salvaje es una clara alusión a la obra, así como infinidad de detalles y símiles a lo largo de toda la mitología de Twin Peaks). Su importancia cultural es tal que Judy Garland y, en general, El mago de Oz se convirtieron con los años en íconos representativos de la comunidad LGTB. Y como todos los fenómenos de este tipo, toda la producción y trasfondo de la obra se plagó de leyenda urbanas. Además de ser (curiosamente como Metrópolis, de la que escribí la última vez que me pasé por esta sección) uno de los poquísimos filmes considerados como Memoria del mundo por la UNESCO. Y claro, cómo olvidar The Dark Side Of The Rainbow, aquella mezcla que en teoría funciona al escuchar en sincronía la película en cuestión con el famoso álbum The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. En definitiva, si habéis llegado hasta aquí os lo confesaré: no soy el mayor fan de El mago de Oz, de hecho estoy bastante lejos de considerarla entre mis favoritas pero creo que he dejado bastante claro el porqué tenía que estar en la sección y valoro su importancia dentro de la historia del audiovisual. Esta fábula infantil se convirtió en algo más, en una historia atemporal que aún a día de hoy sigue alegrando corazones, y lo seguirá haciendo.

Comentarios