Cinefilia 101 | #22: Closer

A menudo las historias que pueblan nuestras vidas no son más que producto del azar. Producto de un encuentro sorpresivo, de una conversación que no esperábamos tener, de estar en el lugar justo en el momento preciso para cruzar la mirada con alguien. Momentos en los que, ante la sorpresa y con la guardia baja, hacemos cosas que, de una manera u otra, nos revelan como lo que realmente somos. Es por eso que me fascina que en la relación entre la honestidad de desnudar nuestras emociones y aquellos episodios que son producto de la casualidad, la batalla más grande contra la incertidumbre la tenga el amor, probablemente el concepto más azaroso de todos. 

Si hay algo que queda en evidencia sobre la obra de Mike Nichols es que era un hombre fascinado con la poca honestidad con que gestionamos nuestra realidad y, en especial, nuestras motivaciones. En su cine lo importante es lo que se oculta de los demás y, especialmente, lo que se le oculta a quienes están más cerca a nosotros. En Closer (íd., 2004), Nichols hace de eso su materia prima, lo convierte en el catalizador que empuja los eventos hacia adelante, acercándolos, peligrosamente, más y más a un lugar cínico y pesimista. 

En la cinta, Dan (Jude Law) conoce a Alice (Natalie Portman) cuando, al cruzar la calle, ella es golpeada por un taxi por mirar al lado equivocado. Juntos, van a un hospital, caminan por la ciudad, se conocen (él es un escritor de obituarios; ella, una estríper), y, a la usanza de las tradicionales comedias románticas, se enamoran. Sin embargo, tiempo después, cuando Dan conoce a Anna (Julia Roberts), una fotógrafa, dice estar enamorado desde el momento uno, tan enamorado, tan obsesionado que la acusa de “haberle arruinado la vida”. No obstante, es Dan quien, sin querer, pone a Larry (Clive Owen), un médico al que engañó en una sala de chat erótico, en el camino de Anna, quien empieza una relación con él.

En tal solo los primeros quince minutos, el impecable guion de Patrick Marber (autor también de la homónima obra de teatro en la que esta película se basa) nos coloca en situación, dibujando un mapa de relaciones que, si bien puede parecer forzado en un principio, contiene en sí mismo una complejidad mayor a la que aparenta. Además, el libreto de Marber es, al menos durante la primera hora de película, arrollador;  cada línea de diálogo es responsable del ritmo tan ágil y fluido que tiene este largometraje al que se suma, en una especie de economía del relato, un particular trato de los escenarios y el paso del tiempo (no vemos transiciones entre escenas, ni somos advertidos del tiempo que pudo haber pasado entre una secuencia y otra) que solo contribuye a esta sensación tan avasalladora de estar siendo testigos de una tragedia que no podemos detener y que es, sin sacrificar en ningún momento la verosimilitud de ciertos de sus giros, impredecible a la vez que inevitable. 

Lo antes descrito sobre el guion ha llevado a que en ocasiones este filme sea acusado de verborrea sin sentido, de un ejercicio de enfrentar a personajes sin aspiraciones claras los unos a los otros, solo para hacer que se digan las peores cosas que se pueden decir. Pero lo cierto es que Closer es más que eso. No se puede negar que hay cierto placer en el autor al colocar a estos personajes tan cultos y educados diciéndose barbaridades de las maneras más creativas posibles. Aún así, creo acertado decir que esto es deliberado (evidentemente) por una razón que se hace palpable a medida que el metraje de la película avanza, y es que armados con la verdad (o hambrientos por saberla) a veces no somos más que cavernícolas. 

Y es que dentro de aquel juego tan complejo en que cada personaje (cada pieza) intenta manipular al resto, mentirle al resto, satisfacer sus necesidades y quedar por encima del resto, la verdad es la herramienta principal. El título de la película, Closer (o “más cerca” en su traducción literal al español), es una alusión un tanto burlona al hecho de que es cuando Dan, Alice, Anna y Larry deciden ser honestos que se hacen más daño y que se distancian más el uno del otro. Dan es honesto consigo mismo sobre creer en esta versión hedonista y romántica del amor a primera vista (por eso deja a su novia Ruth para estar con Alice, y por eso deja a Alice para estar con Anna), pero nunca es honesto de para qué la utiliza, de qué es lo que realmente busca. Y este detalle tan mundano es también uno de los detonantes de mi secuencia favorita de esta cinta, en la que Dan intenta convencer a Larry de que Anna no lo ama y que se encuentra mejor con él, reprochándole que no entiende que en estas cosas hay que obedecer al corazón, ante lo que Larry responde preguntándole si alguna vez ha visto un corazón humano. “Parece un puño envuelto en sangre”, añade, antes de decirle a aquel escritor, a aquel “mentiroso”, que se vaya a la mierda. 

No vemos a nadie más aparte de estos cuatro personajes, no vemos escenas de esta historia al menos de que dos de ellos estén hablando, y no les vemos hablar de otra cosa que no sea relevante para este relato de (des)amor. Así, pues, solo les vemos o enamorándose o empezando a odiarse, mentirse los unos a los otros, incluidos aquellos a quienes dicen amar. Y es esta dinámica la que hace que del guion se puedan escoger, no sin dificultad, momentos cruciales en los que la visceralidad de Closer puede ser claramente percibida. Otro de mis favoritos es la discusión que tienen Larry y Anna cuando él descubre que ella le ha sido infiel con Dan, en la que su obsesión con la verdad ─aunque parcial y, por lo tanto, un poco hipócrita─, parece liberarlo más que a los demás. Pero, sin duda, la secuencia del club de estriptis entre Larry (otra vez Larry, sí) y Alice, en donde ella es la que se quita la ropa, pero donde él termina de desnudar cualquier debilidad y deseo que él pueda tener.

Destacar a Larry es algo a lo que me siento tentado a hacer porque le tengo cierta simpatía al personaje (teniendo en cuenta, también, cada rasgo nocivo de su naturaleza) y algo que se debe al talento del actor que lo interpreta. Clive Owen participó en la obra de teatro original, colocándose bajo la piel de Dan, lo que explicaría por qué conoce tan bien los puntos débiles del personaje al que da vida Jude Law y, obviamente, cómo es que sabe con qué intensidad y hasta qué punto llevar a su compañero de reparto. Y es que Closer no solamente es el resultado de haber reunido a un grupo de actores tan solventes, sino también del trabajo de un director que ha pasado a la historia del cine como uno que sabía exactamente lo que quería sacar de cada uno de sus actores y los medios para hacerlo de la manera más natural posible. Así, por ejemplo, es que Dustin Hoffman pudo estar a la altura de Anne Bancroft en El graduado (The graduate, 1969), y es así como Natalie Portman, aún inexperta y a la espera de consolidarse, da la talla con creces en cada escena en la que aparece. 

Closer es, por todas estas cosas, una película sobre gente hermosa que es, secretamente (domésticamente, si se quiere), horrenda. En la que, de la peor manera posible y en el peor de los sentidos, los personajes principales no se merecen otra cosa que estar los unos con los otros, hasta que la verdad, los instintos más básicos, las traiciones y el dolor, no dejen a nada más que a un puñado de extraños que no se conocen ni lo más mínimo.

Comentarios