Cinefilia 101 | #24: La cabaña en el bosque

C’est fini. Quinta y última parada de este particular ciclo enfocado en los slashers dentro de Cinefilia 101. Todo empezó con Psicosis (Psycho, 1960) y siguió con La noche de Halloween (Halloween, 1978), Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984) y Scream, vigila quién llama (Scream, 1996). Cuatro filmes que, más allá de marcar un antes y un después dentro del subgénero, se encuentran entre las mejores películas de terror del siglo pasado para un servidor. Para terminar toca cambiar de siglo y de milenio, ya que es el turno de hablar de los —aproximadamente— últimos quince años del subgénero, una época en que los slashers han tenido sus altibajos con el público mainstream pero también han encontrado la supervivencia gracias a nuevas ventanas de distribución, el boom de la cinematografía indie y al creciente nicho de aficionados fieles al cine de terror.

Los 2000 empezaron con buen pie gracias a la originalidad del high-concept de Destino final (Final Destination, 2000), en la que un grupo de jóvenes se salvan de un mortal accidente gracias a la premonición de uno de ellos y posteriormente la muerte, a modo de asesino invisible, empieza a cargárselos uno a uno en divertidos accidentes. Sin embargo, al poco llegó una moda de innecesarios remakes y reboots, la cual empezó con el éxito de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 2003). Pocos clásicos se quedaron sin una versión actualizada, desde la Holy Trinity de los ochenta formada por Halloween (íd., 2007), Viernes 13 (Friday the 13th, 2009) y Pesadilla en Elm Street: El origen (A Nightmare on Elm Street, 2010) a otros más modestos como Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 2006), La casa de cera (House of Wax, 2005), San Valentín sangriento 3D (My Bloody Valentine 3D, 2009) o Cuando llama un extraño (When a Stranger Calls, 2006). La taquilla de último título inspiró una oleada de filmes calificados PG-13 de violencia suavizada y caras televisivas con tal de atraer al público adolescente a las salas, pero al final el gore más explícito del torture porn —subgénero que bebe del slasher y el splatter— a través de películas como Saw (íd, 2004), Hostel (íd., 2005) o The Collector (íd., 2008) acabó dominando la cartelera durante la segunda mitad de la década.

Otros títulos que merecen la pena ser destacados son los intentos en el subgénero en otras partes del mundo, ya que con la globalización el slasher ha dejado de construirse exclusivamente con el patrón americano y se ha ido adaptando a otras culturas. Cold Prey (Fritt vilt, 2006) en Noruega, Alta tensión (Haute tension, 2003) y Al interior (A l’interieur, 2007) en Francia o Wolf Creek (íd., 2005) en Australia son algunos de estos ejemplos, mientras que en España la influencia de los slashers noventeros dio a luz a aberraciones y guilty pleasures diversos, como Tuno negro (íd., 2001) o Afterparty (íd., 2013).

Y para terminar con la retahíla de nombres, vuelvo a la autoconsciencia y la sátira características de Scream, la cual en los últimos tiempos se ha visto potenciada de muchas maneras, ya sea a través las reglas de las nuevas generaciones en Scream 4 (íd., 2011), el homenaje a la serie B en Hatchet (íd., 2006), el mockumentary en Detrás de la máscara: El encumbramiento de Leslie Vernon (Behind the Mask: The Rise of Leslie Vernon, 2006), la perspectiva y los prejuicios —o clichés— en Tucker & Dale contra el mal (Tucker and Dale vs. Evil, 2012), la victima convertida en heroína en Tú eres el siguiente (You’re Next, 2011), el toque musical en Stage Fright (íd., 2014) o una mezcla loca de géneros en Castigo sangriento (Detention, 2011). O, simplemente, a través de la mejor carta de amor al cine de género y a sus fans que se ha escrito nunca, que es lo que constituye el núcleo de la maravillosa La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, 2012).

Si solo conoces el título y la premisa, una vez le das al play es probable que la primera escena te descoloque, ya que nos sitúa en un blanquecino edificio con dos oficinistas —Bradley Whitford y Richard Jenkins disfrutando y pasándoselo de miedo— hablando del trabajo y de su vida más allá de este, como si de una workplace comedy se tratara. Una vez el título de la película salta a la pantalla se nos presentan a los jóvenes universitarios —entre los que encontramos a Chris Hemsworth— que derramarán su sangre en la cabaña, pero ese prólogo nos indica que no nos encontramos ante un slasher normal y corriente. Precisamente esta ruptura de las expectativas es con lo que la película quiere jugar constantemente. Conforme avanza el filme todo ocurre según lo planeado y para cuando los estereotipados protagonistas de la historia llegan a la cabaña para pasar el fin de semana probablemente el contador de clichés ya ha explotado de la sobresaturación. Ahí es donde entran en acción los dos trabajadores y en narrativa dual vemos su papel en la escapada de las jóvenes víctimas. Y como es imposible hablar de lo que hace especial a esta película sin hacer spoilers…

Durante los dos próximos párrafos, spoilers masivos de La cabaña en el bosque.

La presencia de clichés en la historia es absolutamente intencional desde el lado de los cineastas —Drew Goddard y Joss Whedon formando una gran dupla— y es de vital importancia dentro del argumento. El objetivo de los técnicos es provocar la muerte de estos personajes arquetípicos mediante el control de absolutamente todos los aspectos del escenario, ya sea convirtiendo a una de las chicas en tonta al manipular el tinte rubio, añadiendo niebla con feromonas para provocar actos sexuales o provocando calambres para que algún personaje deje un arma cuando seguro la necesita. Esta forma con la que fuerzan los tópicos de los slashers, además de servir como elemento cómico que hace las delicias de los fans, se convierte en parte de un proceso en el que uno a uno van siendo asesinados para seguir un ritual anual en el que la muerte de estos cinco jóvenes se brinda como sacrificio para unos seres superiores.

La cabaña en el bosque representa a través del ritual la relación entre el espectador y la industria cinematográfica, aunque con un énfasis en los fans del género y su sed de muertes en la pantalla. La industria recurre a cumplir tópicos, estructuras y estereotipos para crear algo que sea satisfactorio para el público. Clichés cinematográficos ya convertidos en elementos culturales reconocibles que están aceptados e interiorizados y esperan que sean del agrado del espectador. Los técnicos y los distintos departamentos representan el equipo de una película, quienes controlan los eventos para que el resultado final no enfade a aquellos seres de los que dependen y ellos desaten el apocalipsis. ¿Y quién controla todo el proceso? Pues Sigourney Weaver haciendo de un personaje llamado “The Director”, contribuyendo aún más a esta gran metáfora que culmina con la ruptura del ritual y la rebelión de la originalidad en un tercer acto lleno de gore y locura. Esta deconstrucción de las fórmulas del slasher es un homenaje al subgénero americano por excelencia, a la vez que sirve como crítica de la dependencia que este y otros subgéneros —porque los fantasmas japoneses no se salvan— tienen a ciertos patrones interiorizados por Hollywood y el público, lo que en muchas ocasiones acaba limitando la creatividad en el resultado final. Es así cómo la ópera prima de Drew Goddard se convierte en una de las grandes obras del posmodernismo y la autoconsciencia en el séptimo arte.

Poco más de un lustro es más que probable que sea un marco temporal insuficiente para sacar conclusiones remotamente acertadas, pero el efecto que La cabaña en el bosque puede haber tenido sobre la industria es peculiar. Es imposible imitar el mensaje o el desarrollo de la película de forma eficiente, de ahí que no haya habido un boom de copias a posteriori como ha ocurrido con otros slashers analizados en esta sección. Pero sí es posible que la película haya influenciado la regeneración del cine de terror que se ha vivido estos últimos años con su mensaje a favor de la originalidad y la ruptura de tópicos. En tiempos de sustos fáciles, voces frescas están surgiendo para llevar el terror a una nueva época de esplendor. Expediente Warren (The Conjuring, 2013), Déjame salir (Get Out, 2017) e It (íd., 2017) han logrado un éxito de crítica y taquilla sin precedentes, mientras que obras como The Babadook (íd., 2014), It Follows (íd., 2015), La bruja (íd., 2015) o La cura del bienestar (A Cure for Wellness, 2017), por poner unos ejemplos, han entusiasmado especialmente a los fans del género.

Por otro lado, el crítico Andy Crump dice en un gran artículo de The Hollywood Reporter cómo en Cabin “se tratan las metáforas como texto en vez de subtexto”. El uso de las metáforas en el terror no es en absoluto una novedad pero, unido a la forma en que el género se puede utilizar para exorcizar miedos internos, puede ser un muy eficaz recurso para tratar temas de forma poco convencional y dar lugar a obras muy potentes. Algunos de los ejemplos anteriores cumplen también con esto, pero me encanta cómo Bajo la sombra (Under the Shadow, 2016) recurre a lo sobrenatural para hablar de los terrores infantiles, el papel de la mujer en la sociedad iraní y los conflictos políticos en los años ochenta, mientras que Crudo (Grave, 2016) es un espléndido relato de despertar sexual transmitido al espectador por vías de lo caníbal.

Y hasta aquí ha llegado esta serie de artículos enfocados en mi subgénero de terror favorito. Para el que escribe estas líneas ha sido todo un placer utilizar el contexto de Cinefilia 101 para echar la vista atrás a buena parte de lo que han dado de sí los slashers a lo largo de la historia del cine a la vez que he ido comentando más en profundidad algunos de los títulos más representativos e importantes. Esperemos que los años venideros nos traigan muchas joyas que hagan crecer el género y nos bañen con sangre de adolescentes lujuriosos.

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