Cinefilia 101 | #3: El bueno, el feo y el malo

El western siempre se ha considerado el género que representa el cine americano por excelencia. Desde la fundacional Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, 1903) hasta las mezclas de género en películas actuales como Bone Tomahawk (íd., 2015) o Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015), el western ha dado mucho al cine. Su edad de oro se hace ya muy lejana y si ahora ver una película de estreno ambientada en el viejo oeste americano es una excepción, antes era la norma. Por el público que trae a los cines y por la cantidad de filmes que se producen al año, lo más parecido que vivimos hoy culturalmente a aquella época de mayor apogeo del western es, para bien o para mal, el cine de superhéroes. Esta etapa comenzó alrededor de finales de los años treinta, empezándose a consolidar cuando John Ford —el director insignia del género, junto a Howard Hawks— estrena La diligencia (Stagecoach, 1939). Durante casi dos décadas Hollywood no paró de producir westerns (era el género de moda), pero hacia principios de los años sesenta la formula se empezó a ver desgastada y el público se lo dejó de tomar en serio, poniendo su interés en otro tipo de cine. El western entró así en decadencia y pasó a ser un género de nicho, del que surgirían dos fenómenos: los western crepusculares y el auge del western europeo, en especial el italiano, que sería bautizado despectivamente —los críticos de la época menospreciaban estas películas— como spaghetti western.

A pesar de que ya llevaran unos cuantos años produciendo en serie películas del oeste en Europa (producciones de escaso presupuesto y con una marcada estética sucia y llena de personajes amorales, alejados de los héroes del western clásico), no fue hasta 1964, con el éxito de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), cuando se percibe en este subgénero un verdadero potencial para traer a las masas al cine, al menos a nivel nacional (e incluso europeo). Dicha película, protagonizada por un joven y cuasidesconocido Clint Eastwood, estaba dirigida por el aún más desconocido director italiano Sergio Leone, el que será a partir de ahora y para la posteridad el gran abanderado del spaghetti western. Leone elaboró en un marco de tres años (a película por año) una saga de tres películas denominada como la trilogía del dólar, una de las trilogías más importantes e influyentes de todo el cine moderno: la ya mencionada Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) y El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), la película en la que nos centraremos en esta entrega de Cinefilia 101.

La trilogía del dólar es tal por su temática, no por su conexión argumental. Quiero decir, no son secuelas la una de la otra y no hay un seguimiento de una historia o un arco a lo largo de ellas. Sin embargo, hay elementos en común que las relacionan y hacen que las veamos como un todo, aunque funcionen a la perfección como películas individuales (de hecho para Leone no era saga alguna). Todas tienen como Macguffin cierta cantidad de dinero que mueve a los protagonistas a participar en la historia;  al “héroe sin nombre” de Clint Eastwood con su poncho, su revolver, su sombrero y su semblante; y a Ennio Morricone como compositor. Aunque disfrute muchísimo con las dos primeras de esta trilogía creo que El bueno, el feo y el malo supone el culmen cinematográfico hasta el momento de un genio en ciernes como Leone, que estaba desarrollando y perfeccionando poco a poco su sorprendente e ingeniosa habilidad para filmar en estos años de rodaje de la trilogía.

No es para menos que muchos consideren esta película como una de las mejores dirigidas de la historia. No sólo consolidó un género por el que nadie daba un duro sino que inspiró a toda una generación de cineastas que luego serían grandes nombres en la industria, lo que se dice un maestro de maestros. Ver las citadas películas teniendo en cuenta su contexto histórico y las producciones coetáneas crea una sensación en mí de que Leone se adelantó a su tiempo como ninguno, pocas películas de aquellos años tenían esa ambición estilística y esa capacidad imaginativa de confeccionar planos y llevarlos tan a buen puerto. No me extraña, por tanto, de que entre todos los géneros ya existentes Leone se dedicara en cuerpo y alma al western, pues como decía Jean Renoir: “el western siempre es lo mismo, lo cual da un libertad tremenda al director”. Parece que Leone siguiera esa sentencia al pie de la letra y basara su cine en ella. Ya solo con el primer plano con el que comienza El bueno, el feo y el malo se demuestra que estamos ante un director especial: vislumbramos un árido paisaje en un plano general durante unos segundos, hasta que —sin cortar a otro plano— se mete en cámara un señor, en un primerísimo primer plano. Leone experimenta todo lo que puede y le sale bien siempre.

Se nota bastante, si vienes de las dos anteriores, que Leone cuenta aquí con un presupuesto mucho mayor y que se puede permitir ciertos lujos y caprichos que antes no podía. Si comenzó haciendo una película en la que toda la acción sucedía literalmente en un pueblo, ahora es capaz de encuadrar la película dentro de la guerra civil norteamericana y mostrarte una refriega con todo tipo de medios a su alcance. ¿Pero de qué va El bueno, el feo y el malo? Como todo el cine de Leone lo importante no es el qué sino el cómo, pero voy a explicarlo rápido. La película sigue a tres cazarecompensas que de una forma u otra llegan a tener constancia de un tesoro enterrado en un cementerio, pero el asunto se pone interesante cuando deben colaborar entre sí para conseguir el botín pues ninguno de ellos puede encontrar el dinero sin la ayuda del otro. Todo esto en una película de tres horas que pasan volando y en la que no paran de suceder cosas. La épica, el drama, la aventura y la comedia se mezclan en este explosivo coctel de cine protagonizado por Clint Eastwood, Eli WallachLee Van Cleef.

Eastwood, gracias a la trilogía y en especial a esta película, se convirtió en una estrella internacional. Todo gracias a su “héroe sin nombre”, uno de los iconos del cine más consolidados de la cultura pop. Con solo un par de escenas ya entendí el porqué de su estatus, lo comprendí todo. Es un héroe, pero no como aquellos del cine clásico, es un ser áspero y recto que rige su vida por la justicia, como los samuráis del cine japonés (Leone es un apasionado de Kurosawa, del que directamente copió en Yojimbo el argumento para Por un puñado de dólares). Y encima está cargado de frases lapidarias que se han quedado para la posteridad. El Tuco de Eli Wallach es el más visceral de los tres, el más mundano, pero no por ello el menos peligroso, a ello se le añade que es el que aporta algún que otro punto cómico al filme. El filo rostro de Van Cleef, por su parte, interpreta a un ser sin escrúpulos y que funciona a las mil maravillas como antítesis del personaje de Eastwood.

Esta tensa relación del trío protagonista y el afán por conseguir su objetivo, encontrar el dinero escondido, culmina en uno de los clímax más famosos de la historia del cine, el cementerio de Sad Hill. El montaje en el cine de Leone siempre ha destacado por sus proezas narrativas y la dilatación del tiempo en los duelos de sus pistoleros, pero es aquí, en este enfrentamiento final donde crea una secuencia digna de orfebrería y que todo los interesados en esto del cine deberían estudiar con atención. Lo que otros hubieran filmado con un par de planos una acción que no duraría más de diez segundos, Leone lo convierte en el momento crucial de todo la obra alargándolo artificialmente en una ristra de nada más y nada menos que 65 planos a lo largo de tres minutos en los que argumentalmente pasa más bien poco, solo miradas, pero cinematográficamente es pura magia. Podría haber quedado excesivo pero el resultado es todo lo contrario, se siente real y crea una tensión de una forma original a la par que nos da una lección matemática de montaje que creará escuela, por no hablar del fantástico acompañamiento musical, del que ahora comentaré. El duelo, o triello que es como se conoce esta secuencia, termina con una de las frases más badass que recuerdo, salida como no de la boca de Eastwood: “En este mundo hay dos tipos de personas, amigo: los que tienen un revólver cargado y los que cavan. Y tú cavas”.

No se puede entender el cine del director romano sin su relación con Morricone, a mi juicio una de las mejores alianzas que ha dado el séptimo arte junto a la de Spielberg y John Williams. Es curioso saber que director y compositor se conocían desde bien pequeños, incluso compartieron aula en el colegio. Personalmente me parece bastante loco e inaudito que dos genios coincidieran con tanta exactitud, a veces el destino se pone de nuestra parte. He mencionado a Williams y me parece otro gran ejemplo de música de cine que trasciende la pantalla, todo el mundo tiene en la cabeza la melodía de Tiburón (Jaws, 1975) o la marcha imperial, al igual que esos silbidillos del tema principal de El bueno, el feo y el malo. Morricone sin saberlo estaba haciendo historia, no solo revalorizó la importancia de una buena banda sonora en una industria cinematográfica que prefería acompañar las escenas con música que no aportara nada al conjunto, sino que este tema principal trascendió tanto que hoy en día no es extraño que si alguien piensa en el western lo primero que le venga a la cabeza sea ese par de notas con el que se presenta esta película, a menudo, sin siquiera haberla visto. Y aunque no lo parezca, este tema principal tan identificable es algo más complejo de lo que se puede apreciar en primera instancia. Morricone divide el tema en tres tonos diferentes en los que nos presenta mediante el sonido la actitud de cada uno de los tres protagonistas, minutos antes de verlos en pantalla, ya en los títulos de créditos. Aún así, creo que toda la fama de este tema principal hace desmerecer el resto del maravilloso repertorio, como las melodiosas La missione de San Antonio, Marcetta o La storia di un soldato y dos de mis piezas favoritas de música de cine: Il Triello y L’estasi dell’oro, pura épica.

No sé a vosotros, pero a mí se me hace bastante raro pensar que una de mis películas favoritas y una de las que el gran público cree que es uno de los pilares del cine americano está rodada a pocos kilómetros de casa, en Almería, en Burgos, en Madrid; y encima por un director y un equipo que en su mayoría eran italianos y españoles. El director de fotografía, por cierto, fue Tonino Delli Colli, que ha iluminado películas de culto como Saló o los 120 días de Sodoma, El nombre de la rosa o El verdugo, película que caerá más pronto que tarde en esta sección. En definitiva, no puedo hacer más que no parar de recomendar ya no solo El bueno, el feo y el malo, por todos los motivos citados a lo largo de estos párrafos, sino toda la trilogía del dólar. No creo que sea la mejor de las incursiones que puede hacer uno en el western (porque luego cuando vayas a las películas de la edad de oro del género puede que te sepan a poco), pero sin duda se hace un visionado obligado para todo amante del cine y por eso quería traerla aquí. Uno de los mayores divertimentos mejor filmados del cine.

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