Cinefilia 101 | #4: La cosa

Llevo veintidós años viviendo conmigo mismo y si os soy sincero me conozco relativamente poco. Esta frase parece muy extraña para empezar un artículo sobre La cosa (The Thing, 1982), pero creo que es ideal para introducir aquello que quiero expresar en las próximas líneas. Y es que, si me preguntáis, no os podría decir de dónde nace mi cinefília. Si me preguntáis por las series me remontaría al verano de 2009, cuando me enganché a Perdidos, pero si pasamos a la gran pantalla es difícil acordarme de un punto en concreto. Del mismo modo, no se desde cuándo ni por qué me empecé a interesar por el cine de terror. Es un género peculiar, ya que dentro de los géneros de ficción es de los pocos que se ha individualizado con respecto al resto, dando lugar a una numerosa cantidad de “aficionados del terror”. Durante mi etapa más adolescente (antes de los quince años) a mí no me gustaba nada, especialmente tras un par de experiencias furtivas que me dejaron sin dormir cuando era aún más pequeño. Sin embargo, ahora mismo os podría decir que es mi género favorito sin saber muy bien el motivo. Puede que sea por pura curiosidad ante la posibilidad de ver explícitamente el lado oscuro del ser humano, que sea porque realmente soy yo quien tiene un lado oscuro y lo canalizo a través del visionado de estos filmes, o que sea porque me gusta sentir miedo y tensión ante lo que ocurre en la pantalla que tengo enfrente.

Sea como fuere, el terror me encanta y por eso es más que probable que me leáis comentando mucho cine de género en esta recién creada sección. Uno de los títulos más célebres de todos los tiempos dentro del cine de terror es La cosa —y no me refiero a la de Los Cuatro Fantásticos—, la cual hasta hace nada aún se encontraba en el interior de mi interminable ‘watchlist’. Esta cinta se enmarca dentro de una década de oro para el género, los ochenta, una época donde los slashers y el body horror facturado por maestros del horror tales como Wes Craven, David Cronenberg, Tobe Hooper o Sam Raimi aterrorizaban a los espectadores que se acercaban a las salas. En este caso nos encontramos con otro cineasta, un nombre que es especialmente conocido para los aficionados tanto del género como de la década en cuestión: John Carpenter, autor también de otras obras míticas como Halloween (íd., 1976), 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981) o Están vivos (They Live, 1986).

Para quien no la conozca demasiado, La cosa es una adaptación de ¿Quién anda ahí? (Who Goes There?), novela corta de John W. Campbell que ya se adaptó al cine con El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951). La cinta en cuestión se ambienta en la Antártida, más concretamente en una estación de investigación donde un equipo de científicos deberá hacer frente a una criatura alienígena parasítica que asume el cuerpo de aquellos a quien absorbe. El cine de terror no se suele caracterizar por contar historias con planteamientos y desarrollos excesivamente elaborados y este caso no es la excepción a esta regla. Habrá dramas que busquen sonsacar emociones a través de complejas construcciones de personajes, o thrillers que pretendan sorprender a base de giros de guión que rompan las ideas preconcebidas del espectador sobre todo aquello que le han contado hasta el momento. En este tipo de cine, sin embargo, se buscan otras cosas, principalmente generar una sensación de terror y miedo en todos aquellos dispuestos a acabar siendo asustados. Debido a esto es muy importante la forma en que el director gestiona todos los estímulos visuales y auditivos para generar esa respuesta, y aquí Carpenter lo hace de miedo.

Tras el visionado del film en cuestión, escribí un breve comentario en mi cuenta de Letterboxd en el que decía que La cosa me parece la película de terror más completa de entre las que he visto hasta el momento. Esto se debe a la perfecta combinación que se hace en ella de dos tipos de terror que nos podemos encontrar en cintas de este género, el terror físico y el terror psicológico. El primero de ellos siempre lo asocio a las reacciones de pavor que vienen motivadas por elementos explícitos, lo que comúnmente se conoce como gore, algo que en The Thing se lleva un paso más allá con la cantidad de asquerosos engendros que pasan por la pantalla. Unas criaturas inhumanas creadas a base de efectos 100% prácticos, con técnicas de maquillaje y maquetas que no han envejecido ni un ápice tras más de treinta años y que se sienten más reales que buena parte del carísimo CGI que se utiliza actualmente con mucha frecuencia.

Por su parte, el terror psicológico suele estar relacionado con la tensión derivada de las situaciones del film y la exploración emocional y mental de los personajes. En este punto es donde la mano de Carpenter hace maravillas al aprovechar la aislada localización para crear una lúgubre e inquietante atmósfera en la que jugar con sus personajes, quienes acaban confinados en la estación durante la oscura noche y enfrentados entre ellos ante la alta posibilidad de que la persona que tienen sentada a su lado pueda ser el temido parásito. Poco a poco la paranoia se instala entre el equipo, convirtiéndose en un peligro mayor aún que la criatura extraterrestre y mostrando ese lado oscuro del ser humano que sale a la luz cuando aflora el instinto de supervivencia.

Otro de los elementos que le aportan a La cosa un encanto especial para un servidor es su condición de ser hija de su época, condensando tendencias tanto del cine de género como del cine comercial de los ochenta. The Thing vive en pleno nacimiento de la noción del “blockbuster” y los “high-concept” tras el estreno de películas como Tiburón (Jaws, 1975), La guerra de las galaxias (Star Wars, 1976) y En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), juntamente con el auge un cine de terror en las salas que cada vez era más sangriento y multitudinario. En esa conjunción, encontramos como La cosa contiene un componente alienígena, una de las temáticas preferidas para los cineastas de aquella década, y destaca por el body horror manufacturado a través de los efectos prácticos ya alabados anteriormente, siendo esta película uno de los primeros exponentes ochenteros que podemos encontrar de este tipo de filmes junto a muchas de las cintas dirigidas por Cronenberg. También podemos ver como sigue la narrativa del héroe de acción, la cual aún crecería aún más durante el resto de la década con Arnold Schwarzenegger, Chuck Norris y Sylvester Stallone entre otros. Aquí liderando al plantel de personajes tenemos a R.J. MacReady, una figura hipermasculina cuya personalidad está lejos de desprender kilos de carisma pero es capaz de tomar las riendas de la situación y no dejarse llevar por el caos que entra en Outpost 31 desde el minuto uno. Además, lleva la cara —y la barba desaliñada— de uno de los héroes ochenteros por excelencia, Kurt Russell.

Por último, Carpenter es conocido por componer muchas de las bandas sonoras de su filmografía, remarcando así la importancia de la misma dentro de su obra cinematográfica, pero La cosa es una de esas pocas excepciones donde el director delega semejante tarea en otra persona, en este caso el legendario Ennio Morricone. El compositor italiano venía de labrarse una carrera en westerns y terror gótico italiano, de manera que este encargo supuso un cambio que le llevó a adentrarse en el terror hollywoodiense. Apenas conozco la obra del maestro italiano como para comparar con otros trabajos, pero la partitura compuesta en esta ocasión, juntamente con el sonido electrónico de los sintetizadores propios de la década donde se encuentra, es de gran ayuda en la construcción de esta terrorífica atmósfera.

Todo lo mencionado anteriormente forma parte de los motivos por los que pienso que The Thing es una obra maestra del cine de terror y del cine ochentero. Un caramelo que sabe a mal rollo y asco a partes iguales y sin agotarse dentro de un envoltorio antártico tenso y espeluznante. Sorprende y mucho la tremendamente negativa recepción de esta cinta en su época, algo similar a lo que sucedió con otra obra capital del terror como es El resplandor (The Shining, 1980) o en menor medida con Blade Runner (íd, 1982), la cual se estrenó el mismo día que el filme de Carpenter con criticas reguleras. En el caso de la cinta que protagoniza este artículo, este efecto puede que estuviese motivado por el momentum de E.T. el extraterrestre (E.T, the Extraterrestrial, 1982), una propuesta diametralmente opuesta dentro del subgénero alienígena. Años más tarde esta recepción es radicalmente distinta para las cintas defenestradas y no son pocos los que, gracias a filmes como La cosa, Halloween o En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994), consideramos a John Carpenter una figura clave del cine de terror del último cuarto de siglo.

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