Cinefilia 101 | #5: Ciudadano Kane

Hablar de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) plantea la dificultad de que, a estas alturas, es prácticamente imposible comentar nada nuevo sobre ella. Se ha escrito tanto sobre la ópera prima de Orson Welles y está posicionada en un puesto tan importante en la historia del cine que da hasta respeto intentar plasmar tu opinión sobre el papel. Sin embargo, y sabiendo que esta sección está orientada a hablar de películas con las que alguien se pueda iniciar en esto del séptimo arte, me es imposible ignorar el hecho de que Ciudadano Kane fue una de las piedras angulares sobre las que se sustentaron mis inicios. También es complicado lanzarse a escribir al respecto, no tanto por el hecho de que hay muchísimos libros que la analizan al detalle, sino porque entiendo que a mucha gente le pueda provocar incluso pereza el enfrentarse a ella. Pasa con muchas de las películas que son llamadas por críticos y expertos como las mejores de la historia, y la de Welles, por ejemplo, estuvo décadas y décadas en el primer puesto de la lista de la prestigiosa revista Sight & Sound (hasta que fue desbancada por Vértigo, algo con lo que estoy muy de acuerdo). Conociendo esta sensación, mi objetivo con el presente artículo es comentar Ciudadano Kane como lo que simplemente es: una película extraordinaria.

A menudo se aborda esta obra maestra desde el punto de vista de la innovación técnica y de estructura argumental, y no es para menos: Orson Welles consiguió, ya en su primera película, utilizar ciertos elementos cinematográficos como nunca antes. O bueno, con unas intenciones diferentes a las de aquella época, porque está claro que la profundidad de campo ya se había utilizado en películas anteriores, solo que Welles la forzó y llevó más allá, como se puede observar en la escena en la que vemos a Kane de niño jugando con el trineo en la nieve, siempre (re)enmarcado por la ventana al fondo del encuadre. También es cierto que por ejemplo John Ford ya había enseñado techos en La diligencia (Stagecoach, 1939), pero, de nuevo, Welles (que, según dicen, se vio cuarenta veces dicha película de Ford antes de rodar Ciudadano Kane) lo amplió en algunas escenas en las que literalmente hizo huecos en el suelo para poder meter la cámara y conseguir esos contrapicados imposibles en algunas secuencias en la redacción del periódico que dirige el protagonista. Otro de los aspectos en los que esta película se siente diferente a lo que se hacía por aquella época es el estilo de la fotografía, a cargo de Gregg Toland, y es que juega continuamente con los personajes en sombra y en contraluz; es ya antológica la escena en la sala de proyección, con esas dos enormes fuentes de luz que nos impiden ver las caras de los presentes (al parecer Welles les dijo a los del estudio, la RKO, que estaban haciendo unas proyecciones y no grabando una escena, ya que quizá se habrían horrorizado al ver el planteamiento visual que estaban realizado esos dos muchachos), al igual que es mítico el plano con el que entramos a esa improbable biblioteca, con una sala iluminada por un único rayo de luz hacia una mesa. Una luz que se conseguía poniendo diez veces más potencia de la normal para un lugar así, y el resultado es maravilloso. Además, todo aliñado por la compleja música de Bernard Herrmann, que compone una partitura variada que acompaña a la perfección cada momento.

También existía cierta innovación en la forma de contar la historia, tanto por estar estructurada en forma de puzzle, con saltos hacia adelante y hacia atrás, como por las técnicas a la hora de contarla. Por ejemplo, después del famoso plano con el que abre la película y la muerte de Kane (con el aún más conocido macguffin de Rosebud, su último suspiro que no escuchará nadie al estar solo en la habitación pero que todo el mundo parece conocer), se nos introduce una especie de nodo sobre la vida del propio Kane, que nos habla de sus inicios, de cómo se hizo editor de un periódico de capa caída, cómo creó un imperio a partir de ahí, cómo se casó, cómo engañó a su mujer, cómo fracasó en su carrera política y cómo, finalmente, le dijo adiós a la vida. Es decir, nos cuentan gran parte de la película en cinco minutos editados, curiosamente, no por el montador del filme, Robert Wise (que luego se convertiría en director, con películas como Sonrisas y lágrimas o West Side Story), sino por la gente que montaba los noticiarios en el estudio, ya que querían darle esa sensación de realidad, de que estaban haciendo un reportaje sobre una figura pública. Toda esta mezcla de estilos y ritmos, encapsulada en una estructura basada en el encuentro de un periodista con figuras importantes en la vida de Kane que nos trasladarán, flashback mediante, hasta esos momentos, otorga a Ciudadano Kane una vigencia absoluta; es una película que no solo se siente moderna en muchos de sus aspectos, sino que sigue sorprendiendo por la madurez y sabiduría con la que un Orson Welles de 25 años entendía el cine. Ahí queda esa prodigiosa dirección de actores, donde se intuía que Welles venía del teatro y sobre todo de la radio, ya que se trajo a muchos de los intérpretes de allí, haciendo que debutaran, con total acierto, en su primera obra; por no hablar de que él mismo está espectacular interpretando a Kane, especialmente a la hora de plasmar las diferentes etapas de la vida del magnate. Nos lo creemos cuando es joven, cuando es un hombre adulto y cuando es un hombre anciano; y he aquí otra innovación, ya que en 1941 suponía algo totalmente nuevo los maquillajes para envejecer con mayor o menor intensidad utilizados con estos fines.

Para mí Ciudadano Kane es una película repleta de magia, de una fuerza cinematográfica que te supera y te arrastra, que deja clara que el director que está a los mandos es un genio. Orson Welles es uno de los autores más importantes que jamás ha dado el séptimo arte, un tipo al que el celuloide le corría por las venas y que dejó claro a lo largo de su carrera, aún con todos los impedimentos que tuvo y maltrato que sufrió por parte de Hollywood, que nada le impediría seguir haciendo películas. Mejores o peores, pero siempre llenas de esa fuerza, ese nervio indescriptible y esa sabiduría absoluta. Ahí quedan tantas maravillas, como Sed de mal (Touch of Evil, 1958), El extraño (The Stranger, 1946), Mister Arkadin (Mr. Arkadin, 1955) o El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942), que demuestran la grandeza de este hombre. Y queda, claro, Ciudadano Kane. Olvidémonos por un minuto de su posición como película mito, olvidemos que para muchos es la mejor de la historia, y acerquémonos a ella como si fuera el primer paso de un genio: lo que nos encontramos es espectacular. No es una película perfecta y redonda, como podría ser considerada El cuarto mandamiento; ni tiene esa fuerza arrolladora que te cala hasta los huesos de Sed de mal, pero tiene la grandeza de las más grandes, esa sensación de estar ante algo monolítico, una obra a la que ya nadie podrá quitarle una pizca de valor. Para un servidor es una enorme obra maestra y una de las mejores películas que nos ha dado el cine. Si no la habéis visto, por favor, vedla sin miedo; y si la habéis visto y os han entrado ganas de revisionarla, por favor, hacedlo, porque no os vais a equivocar.

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