Cinefilia 101 | #6: Seven

Este artículo contiene algunos detalles de la trama de la película.

Han pasado ya más de veinte años desde el estreno de Seven (íd., 1995). Dirigida por David Fincher, quien hasta el momento había ganado notoriedad por su trabajo en el mundo de los vídeos musicales y los anuncios de televisión, y que volvía a ocupar su lugar en la silla de director tras el fracaso que significó Alien 3 (íd., 1992), fracaso que lo hizo decir públicamente que “preferiría morir de cáncer de colon antes de hacer otra película”. Uno podría incluso discutir que la carrera de Fincher como director de cine, en realidad, empieza con Seven. Pero, sea cual sea el resultado de aquel debate, lo que es realmente indiscutible es que Seven, aun veinte años después de su estreno, sigue siendo una muestra sólida de lo que el thriller psicológico puede hacer por el cine negro (o neo-noir, para ser más precisos) cuando quien está detrás es un maestro de la precisión.

Bajo una lluvia constante, al parecer interminable, en una ciudad sin nombre, el cínico detective William Somerset (Morgan Freeman) está a siete días de retirarse. Somerset, cada vez más convencido de que no hay forma de que el caos que lo rodea pueda detenerse, conoce a quien lo reemplazará, un joven con deseos de convertirse en héroe, el detective David Mills (Brad Pitt), al mismo tiempo que se abre un nuevo caso para investigar la muerte de un hombre que ha comido hasta reventar, y detrás de cuyo refrigerador la palabra “gluttony” (gula, en español) indica que esto es solo el primer paso dentro de una cueva cada vez más oscura. Así, pues, esa es la premisa de la cinta. Simple, clara, y una que ya hemos visto. Incluso la relación entre Mills y Somerset es la que se calca de las buddy-cop films tan populares en los años previos al estreno de Seven, y que, además, extiende su sombra hasta el día de hoy en ejemplos contemporáneos (véase la primera temporada de True Detective). Aunque, por supuesto, la película se distancia de aquellos elementos, o, mejor dicho, los extiende, planteando una disparidad muy singular que condensa el claro interés de Fincher por la dualidad. Somerset y Mills son, por así decirlo, la versión de Fincher de El Quijote y Sancho.


¿Qué es entonces lo que destaca de un filme como Seven, si bebe de tantas fuentes conocidas? En primer lugar, su precisión. La concisión de Fincher a la hora de entregar y presentar información. Y, en segundo lugar, una estructura poco común en este tipo de thrillers, con la elección deliberada de no proponer un juego de gato y ratón, sin ningún interés de plantearle al espectador un rompecabezas que pueda ir armando en su cabeza, dándole pistas de quién puede ser el asesino (quien no aparece hasta la hora y media de película y cuyo actor no fue incluido en los créditos iniciales), sino con la única motivación de sumergirle en este mundo en el que la única sensación posible es la de estar rodeado de lo peor de la miseria humana.

El guion de esta película se merece todo el crédito que se le dé, pero es también fantástica la forma tan clara que elige Fincher de establecer los puntos de vista tan diferentes de sus dos protagonistas: Somerset es metódico, mientras Mills es descuidado e impulsivo. Esto es algo que aprendemos en los primeros quince minutos de metraje con total claridad, y no solamente mediante lo que se desprende a través de los diálogos, sino que esto también es armoniosamente acompañado por un sobresaliente trabajo de fotografía de la mano de Darius Khondji, quien aprovecha al máximo la profundidad de cada imagen, sin dejar a ninguna sin un propósito narrativo claro en su discurso sobre luchas de poder y la naturaleza del caos.

En cuanto a las interpretaciones de esta película, uno no puede sino rendirse ante el trabajo de un Kevin Spacey de lujo, que durante los noventa estaba disfrutando de los mejores años de su carrera cinematográfica. Morgan Freeman, asimismo, es perfecto para el papel del detective Somerset, totalmente hastiado ya del rol que le ha tocado desempeñar en este escenario que nunca cambiará. Es Brad Pitt, sin embargo, quien en los noventa aún tenía muchas cosas que probar, principalmente para quitarse de encima la etiqueta de niño bonito. Y por eso 1995 fue un año clave para él, ya que, además de Seven, protagonizó junto a Bruce Willis la cinta de ciencia ficción Doce monos (Twelve Monkeys, 1995). Con ambas interpretaciones empezó a consolidarse como una de las estrellas más grandes de Hollywood y es probable que sin ellas nunca hubiéramos tenido a Tyler Durden, Jesse James y al teniente Aldo Raine con la fuerza que los tuvimos en pantalla. Seven es la película que significó el despegue de David Fincher, pero fue un paso similar y probablemente más relevante en la carrera de Brad Pitt.

Incluso cuando Seven es una película redonda, no está libre de algunos detalles problemáticos que vale la pena destacar, como, por ejemplo, la facilidad con la que se rinde a convertir a Tracy (Gwyneth Paltrow) en lo que ahora se conoce como La Mujer en el Refrigerador, concepto que nació en el mundo del cómic y explora la tendencia tan común de eliminar personajes femeninos de la forma más cruel simplemente para hacer avanzar la trama o excusar la evolución de un personaje masculino. Tracy es un ejemplo totalmente literal de este concepto y, aunque el resto de elementos de la película encajen perfectamente donde tienen que encajar, es justo también hablar de cómo la única oportunidad que tenemos de conocer a Tracy (y con mucho éxito, a pesar de la corta duración de estos momentos) son dos escenas concretas: la cena que comparten los tres y, posteriormente, su conversación con Somerset en una cafetería. Seven es, entonces, una película que se apoya solo en los elementos justos para contar su historia y plantear sus mensajes e ideas, y en ese escenario Tracy solo existe cuando es necesario.

Después de todo esto solo cabe decir que Seven no solo es una gran película de entrada; Seven es, de hecho, una gran película, a secas. Gran guion, grandes interpretaciones, gran dirección y un gran despliegue técnico. Sólida, redonda, certera. Y a pesar de que han pasado más de veinte años desde su estreno es increíble lo bien que se mantiene, considerando especialmente que Fincher no ha dejado de perfeccionar su estilo, explotando al máximo su conocimiento del medio y siempre con una clara idea del ritmo, probablemente ultimada en La red social (The Social Network, 2010), satisfaciendo durante ya más de dos décadas los perversos ojos de sus espectadores que quizá crean, como el detective Somerset, que dentro de toda esa oscuridad aún hay algo por lo que luchar.

Comentarios