Cinefilia 101 | #7: Psicosis

En el cuarto artículo de esta sección, el cual se dedicó a una cosa maravillosa, aproveché para hablar sobre mi predilección hacia el cine de terror y cómo probablemente comentaría bastantes películas de género en mis entregas de Cinefilia 101. Desde hace un tiempo rondaba por mi cabeza la idea de, a través de distintos artículos, hacer un repaso por mi subgénero de terror favorito, los slashers, así que aprovecharé el contexto de esta sección para hablaros de este tipo de films a través de varios títulos célebres y esenciales para comprender su historia, los cuales en sí mismos también son obras maestras cinematográficas de visionado casi obligatorio. El pistoletazo de salida a esta especie de miniciclo va a ser principalmente un prólogo, porque nos vamos directos a 1960, cuando el slasher aún no existía y el cine de terror no estaba aún tan consolidado pero sí estaba ganando cada vez más adeptos.

Hasta aquél entonces casi todo lo que se había visto del género en la gran pantalla pertenece a las obras del expresionismo alemán —con F.W. Murnau y Fritz Lang a la cabeza— y los monstruos de Universal Pictures, con muchos otros filmes de temática terrorífica siendo definidos como “melodramas oscuros”. En los cincuenta, el terror made in Hollywood se encontraba en otros géneros, principalmente en propuestas de ciencia ficción con bajo presupuesto, mientras que el cine británico se puso las pilas a través de las producciones de Hammer que recurrían al terror gótico de forma similar a los filmes de Universal de la década anterior. Pero una vez llegamos a 1960 nos encontramos con dos películas consideradas las principales precursoras de mi querido subgénero: El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) y el film que nos ocupa en esta ocasión, Psicosis (Psycho, 1960). El símil de la primera con los slashers es muy claro, ya que en ambas tenemos a un asesino en serie como figura central y reconocible dentro de la película, un número de víctimas que va subiendo y un personaje femenino que cumple como final girl, aunque sin el simbolismo añadido un par de décadas más tarde. En cuanto al film dirigido por Alfred Hitchcock, hay menos elementos atribuibles a los slashers pero la influencia que ha tenido en la historia del cine de género ha sido muchísimo mayor.

Basada en la novela homónima de Robert Bloch —la cual está inspirada por el asesino real Ed Gein—, la película se centra en Marion Crane, una secretaria en una inmobiliaria a quien encargan llevar el dinero de un cliente al banco. Un total de cuarenta mil dólares que ella decide robar con tal de saldar las deudas de su novio y así poder casarse y vivir una buena vida juntos. Durante el camino en carretera entre Phoenix, Arizona y Fairvale, California —su ciudad y la de su pareja respectivamente—, Marion se deshace de su coche con tal de evitar ser rastreada y pasa la noche en un motel de carretera regentado por un joven tímido y amigable llamado Norman Bates, quien vive con su enferma madre. Y hasta aquí puedo leer. Porque una parte importante de Psicosis son las sorpresas de la segunda parte. De hecho, antes de la proyección un gran cartel con el director británico como protagonista insistía en la importancia de ver la película desde el minuto cero y no contar las sorpresas a aquellos que no la habían visto y quisieran disfrutar de ella. Aunque en mi caso el reciente visionado de la película se viera ligeramente condicionado por la sobreinformación característica de internet, no quiero que este artículo contribuya directamente a ello y en el momento que tenga que desvelar información crucial lo avisaré.

En 1960, Alfred Hitchcock ya era un reputado cineasta. Con decir que tenía su propio programa de televisión (Alfred Hitchcock Presents) y que venía de rodar Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958) y Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) creo que os imagináis a lo que me refiero. Por esto mismo es sorprendente que le costara tanto sacar adelante el proyecto de Psicosis, el cual no encontró financiación en Paramount debido a la violenta naturaleza de la historia del libro en que se basaba, algo que denota el puritanismo que existía en la industria y el público con lo que se podía mostrar en pantalla por aquél entonces. Finalmente, el “Maestro del Suspense” no tuvo más remedio que autoproducirse el film con un presupuesto mucho menor. Echó mano de parte del equipo de producción del programa televisivo, consiguió reducir los salarios de las estrellas y utilizó celuloide en blanco y negro, una medida a la que además se recurrió para evitar que algunas escenas fuesen demasiado explícitas para los espectadores. La austeridad se nota ligeramente en la factura técnica, la cual contiene menos alardes que otros proyectos, pero por suerte todo esto no afectó en absoluto a su estilo de dirección, siempre repleto de estimulantes ideas visuales y con la capacidad de jugar en todo momento con el espectador y sus expectativas, despistando y creando tensión para acabar sorprendiendo a lo grande.

Psicosis contiene una de las escenas más famosas de la historia del cine. En efecto, hablo de la escena de la ducha, la cual vista a ojos del público del siglo XXI parecer demasiado falsa o poco impactante, principalmente a causa de la desensibilización ante la violencia explícita mostrada en el medio audiovisual que hemos sufrido progresivamente como espectadores ante películas y series cada vez más gráficas. Como ya hemos dicho, los años sesenta eran una época muy diferente y la representación en pantalla de la violencia era muy limitada, así que hay que tener en cuenta a la hora de valorar esta escena las evidentes restricciones presentes sobre qué se podía rodar de la muerte en cuestión. Es por ello que cada vez que veo la escena no hago más que sorprenderme por lo extremadamente efectiva que es a la hora de representar un asesinato sin llegar a mostrar el cuchillo entrando en la piel en un solo fotograma. Siendo el director podríamos asignar todo el mérito a Hitchcock, pero la escena es el resultado del excelente trabajo de un equipo de personas brillantes en su ámbito. Los instrumentos de cuerda dirigidos por el compositor Bernard Herrmann destacan durante toda la cinta, pero aquí son especialmente punzantes y se sienten como dolorosa puñaladas bajo el agua. De la misma manera, la edición de George Tomasini es extremadamente agresiva, con una gran cantidad de planos sucediéndose para volver loco —para bien— al público. Tampoco se le puede restar mérito al cinematógrafo John L. Russell a la hora de iluminar, planificar y plasmar en la pantalla los creativos planos que Saul Bass dibujó en el storyboard. Una maquinaria que funciona a la perfección para brindarnos unos minutos absolutamente icónicos.

En el siguiente párrafo hablaré de detalles importantes de la peli, así que si no habéis visto Psicosis… ¡id a verla ya!
O podéis pasar al último párrafo directamente.  

La escena de la ducha también es célebre por lo que supone dentro de la película. Por un lado, el inicio de la secuencia son los primeros segundos de alivio para el personaje de Marion Crane tras convertirse en una delincuente. La ducha deja de ser un lugar seguro en el preciso instante en que el asesino irrumpe en el cuarto de baño para ejecutar el fatal destino de la joven. Por otro lado, el personaje interpretado por Janet Leigh es asesinado cuando aún queda más de media película y tras haber sido el claro protagonista durante todos los minutos de metraje hasta ahora, algo que rompe los esquemas de lo habitualmente visto en Hollywood —y otro de los motivos por los que no le financiaban la cinta—. Lejos de perder interés, para lo que queda de película el protagonista pasa a ser Norman Bates, un personaje cuya construcción psicológica lo convierte en uno de los mejores villanos cinematográficos. Alrededor de su figura se plantean ciertas pistas hacia lo que va a venir, como su afición a la taxidermia, el hecho de que nunca vemos el rostro de su madre, el agujero que tiene para espiar a las mujeres de la habitación uno o la personalidad introvertida, sumisa y errática que imprime Anthony Perkins. Todo ello acaba apuntando a una extraña dinámica entre él y la figura femenina, en este caso representada por su madre, y que acaba confirmándose con la gran revelación final, la cual es fácil que te pille por sorpresa si llegas a ciegas y te dejas engatusar por la inocencia de Bates.

Psicosis es de esas películas antológicas que redefinen la historia del cine en fondo y forma. Expandió los límites de lo que se podía mostrar en pantalla, sorteando la censura de una sociedad delicada y consiguiendo un rotundo éxito con una historia violenta. A su vez, el film se ha establecido como un referente que ha influido ya a varias generaciones de cineastas de género, hasta el punto de servir de germen para un subgénero entero. Hitchcock coge una historia que le entusiasma y —junto un gran equipo de colaboradores que aporta su granito de arena en la banda sonora, la edición, la fotografía monocromática y el diseño gráfico— la llena de buenas decisiones en la dirección para suplir todas las limitaciones técnicas de un presupuesto muy por debajo de lo habitual. Aunque lo que realmente le hace merecedor de todos los halagos que pueda recibir es cómo dirige las emociones y tribulaciones del espectador ante lo que está viendo mientras logra construir a un fascinante personaje antagonista lleno de matices psicológicos.

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