Cinefilia 101 | #9: Vértigo (De entre los muertos)

Este artículo contiene spoilers de la trama de la película.

Alfred Hitchcock decía que el cine son un montón de butacas que llenar, y así lo hizo con la mayoría de sus películas, que si bien no gozaban de un reconocimiento artístico absoluto (eso vendría después), sí que atraían a mucha gente a las salas. Sin embargo, no todas sus creaciones consiguieron interesar al público, y es revelador obsevar la posición que ocupa Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958) en su filmografía: la hizo después de Falso culpable (The Wrong Man, 1956), una película muy inusual que nos presentaba un caso real de una enorme tristeza y oscuridad, y antes de Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), filme con el que volvería a las grandes recaudaciones. Porque Vértigo, hay que recordarlo, fue considerado un fracaso en la taquilla. Motivos se podrían dar muchos, aunque el principal diría que fue la estructura de una historia que revelaba su misterio cuando todavía quedaba un buen tramo de película, dándole la sensación a los espectadores de la época que sobraba metraje ya que a partir de ahí no existía interés. Han pasado muchos años, se ha escrito mucho sobre ella e incluso lidera o está incluida en bastantes listas de las mejores películas de la historia. No es para menos, pues esta enfermiza historia de amor y obsesión nos adentra, como pocas veces, en la psicología de uno de los más extraordinarios directores de la historia del cine.

Hay películas que cambian en cada visionado. No solo tu opinión respecto a ellas, si te han gustado más o menos que en pasadas ocasiones, sino tu percepción: encuentras nuevos detalles, miradas que te habían pasado desapercibidas o que habías interpretado de otra manera, que componen, de repente y sin previo aviso, una película absolutamente nueva. Esta es la tercera vez que veo Vértigo y me ha vuelto a pasar. Creo de verdad que es una de las obras de Hitchcock que más invitan a ser revisitadas, ya que diría que es la más compleja desde cualquier ángulo posible y también la más completa. Nos encontramos por un lado con una trama policíaca en la que un agente de la ley retirado, Scottie (James Stewart), es contratado por un viejo conocido para que siga a su mujer Madeleine (Kim Novak), que se está comportando de forma extraña; y a partir de ahí se desarrollará la gran historia de Vértigo, ese amor obsesivo que se tornará en tragedia a poco más de la mitad del filme y que alcanzará su clímax, en un sentido muy enfermizo, con la posterior resurrección.

Intentar abarcar esta obra maestra es complicado porque uno no sabe nunca por dónde empezar. Siempre que pienso en ella de lo primero que me viene a la cabeza son esos colores con los que rueda Hitchcock tanto a la ciudad de San Francisco como a sus personajes. El maestro del suspense ya había realizado algunos filmes en color con anterioridad, como Crimen perfecto (Dial M for Murder, 1954) o La ventana indiscreta (Rear Window, 1954), pero aquí llega a su culmen no solo en el sentido estético, con una belleza casi pictórica, sino también narrativo. El color juega un papel relevante en la narración subtextual de la trama, especialmente ese color verde que reclama protagonismo en los momentos más definitivos. Fijémonos en la primera aparición de la supuesta Madeleine en un restaurante de paredes rojas y en el que ella lleva puesto un vestido verde impresionante, hasta tal punto de que parece una ensoñación del propio Scottie. Más adelante, tras la muerte de la verdadera Madeleine, aparece Judy, de nuevo vestida de verde pero en esta ocasión con un jersey de un verde sucio y muy feo. Hitchcock utiliza el color para marcar el contraste y la separación de la mujer que enamoró a Scottie siendo la que no era y la que le volverá a atrapar, aunque sin éxito para que la ame siendo ella misma. Incluso el propio Scottie lleva prendas verdes cuando está cayendo en el hechizo que tan bien han ideado para él. El verde en Vértigo representa la muerte y la resurrección; es imposible no acordarse de no solo una de las mejores escenas de la película sino diría que del cine en general, que es en la que Madeleine “resucita” a través de Judy, que sale del baño y se dirige hacia Scottie sumida en una atmósfera verdecina producida por las letras de neón del hotel. Magia.

Vértigo es, también, una de las películas más enfermizas de Alfred Hitchcock, tratando temas como la necrofilia desde un punto de vista muy inquietante y poniéndonos de protagonista a un hombre con el que simpatizamos al principio pero que, a partir de la mencionada muerte, se convertirá en un tipo obsesivo hasta límites insospechados. Porque lo que empieza como una historia de amor (inusual y adúltera, sí, pero una historia de amor al fin y al cabo) se transforma en un relato de las pulsiones humanas más bajas, de la depresión, de la incapacidad para aceptar lo sucedido y de la obsesión más absoluta. Todo nos lleva a un final demodelor, en el que Scottie consigue superar sus miedos a las alturas pero, a su vez, vuelve a perder a Madeleine cuando Judy se cae por el campanario por culpa de una monja, cuya sombra se alza como si del mismo demonio se tratase. Intervención divina para devolver a Madeleine de nuevo a la tumba. Es uno de los cierres más depresivos de la filmografía de Hitchcock, pues si bien en Falso culpable nos intentaban relajar con una elipsis que nos llevaba a la reconciliación y a la felicidad (aunque, como decía Godard al respecto: “Saquen sus propias conclusiones”), en Vértigo no hay giro positivo que valga. Se comentaba que había otro final pensado en el que Scottie volvía a estar en el piso de su amiga Midge (Barbara Bel Geddes), que juega un papel materno, y ésta se alegraba por la desaparición de Madeleine/Judy porque así tendría opciones con su amigo. Me alegro mucho de que eligieran el final que ha quedado, la verdad.

Al parecer Alfred Hitchcock no tenía en tan alta estima a Vértigo, también porque se sentía frustrado al no haberla podido rodar con Vera Miles, que estaba embarazada y no pudo realizar el papel. Al británico no le gustaba Kim Novak, y sin embargo ya es imposible imaginarse esta película sin ella; además, realiza un tipo de actuación, con la cara impasible, que le viene muy bien al personaje, pues alienta a las interpretaciones y a intentar adivinar qué está pensando (algo que no ocurre mucho en el cine de Hitchcock, en cuyas películas nos mete en la cabeza de los personajes a través de miradas o el movimiento de la cámara). Y sobra decir que James Stewart realiza otra actuación prodigiosa, porque cuándo no. Todos los implicados parecen estar a su mejor nivel, y eso incluye a un Bernard Herrmann que compone una de sus mejores partituras para esta película y cuya música se hace imprescindible para entender la fuerza del conjunto.

Vértigo no es solo mi película favorita de Hitchcock sino que está en los puestos más altos de mi olimpo cinematográfico particular. Hay obras que te dejan sin palabras, que parecen flotar y simplemente existir, y esta es una de ellas. Un prodigio absoluto en cualquier sentido. Hay que avisar, también, de que quizá no sea la mejor película para iniciarse en el cine de este hombre (considero más recomendable hacerlo con Psicosis u otras como La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones o la segunda versión de El hombre que sabía demasiado; o simplemente de forma cronológica), pero eso no evita que la podamos considerar una película de iniciación y, claro, una película para aprender sobre el cine y descubrir cosas nuevas en él. Ya digo: la primera vez que la vi fue cuando estaba empezando, me impactó bastante pero ni de lejos la tenía como la obra maestra absoluta que me parece ahora. Es un filme para volver a él, descubrir nuevos detalles y entender con mayor profundidad el universo de un cineasta único e irrepetible.

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