D’A Film Festival 2017 – Parte III: Tour D’A y Extra

¡Sorpresa! Seguro que pensabais que el anterior artículo, el segundo de la cobertura de la edición de este año del D’A Film Festival, iba a ser el último. Yo mismo creía lo mismo cuando lo publiqué hace unos días, pero tras acercarme al llamado Tour D’A, una serie de proyecciones de películas del festival que se realiza por toda Cataluña y algunos puntos de la geografía española, pensé que os podría comentar lo que me han parecido los filmes visionados en El Prat de Llobregat —la subsede más cercana a Barcelona AKA la única a la que puedo llegar en metro—. Además, a modo de extra os hablaré brevemente de algunos largometrajes que también pasaron por el D’A pero que un servidor ya pudo disfrutar antes del festival.

La región salvaje

México se ha erigido recientemente como una cantera de realizadores con mucho que decir, con directores como Alejandro G. Iñárritu, Alfonso Cuarón, Carlos Reygadas o Amat Escalante que aprovechan la coyuntura social en que se encuentra sumida el país, una situación que arrastra desde hace años, para narrar historias contundentes. Normalmente estas propuestas se encuentran enmarcadas en géneros como el drama o el thriller, pero recientemente algunos como Emiliano Rocha Minter con Tenemos la carne (íd., 2016) o el mismo Escalante con La región salvaje (íd., 2016) se han acercado al cine de género para así introducir nuevas formas de representar estos problemas nacionales. El último título mencionado podría verse como un mero drama familiar al girar alrededor del matrimonio formado por Ángel y Alejandra, el hermano homosexual de ésta, Fabián, y una misteriosa chica llamada Verónica que acaba entrando en la vida de ambos hermanos. Y durante buena parte del relato lo es. Sin embargo, en el núcleo de la historia encontramos una extraña entidad utilizada en conjunción con las vidas de este heterogéneo grupo para dejar patente la presencia latente en México de machismo y homofobia, o lo que es lo mismo, realizar una denuncia de la resistencia actual de los valores más conservadores que llevan una eternidad. Esta entidad lleva a nuestras protagonistas a la liberación sexual y así a abandonar la necesidad de la figura masculina para satisfacer uno de sus instintos más primarios. La mezcla de géneros presentada aquí probablemente no será del gusto de todo el mundo, pero aquellos que disfruten de una buena atmósfera inquietante con toques místicos y busquen una forma refrescante de hacer crítica social se verán recompensados.

Verano 1993

Tras los premios recibidos en la Berlinale y el Festival de Málaga y la confirmada presencia en Cannes era difícil no ir con bastante hype a ver la que parece va a ser una de las películas españolas de 2017 que más va a gustar a crítica y público —aunque eso no se vaya a traducir en taquilla—. Os estoy hablando de Verano 1993 (Estiu 1993, 2017), la autobiográfica ópera prima de Carla Simón, donde reconstruye el verano en cuestión desde una visión nostálgica que incluye todos los ingredientes propios de los veranos rurales en Cataluña —y de los veranos en general—: “capgrossos i gegants” aderezados de sardanas en la plaza mayor durante las fiestas, canciones repetidas hasta la saciedad en la radio, helados de vainilla y chocolate, piscinas de pueblo abarrotadas de menores chapoteando y reuniones familiares bajo el sol estival. En este ambiente es donde sitúa su historia, que se convierte en la historia de Frida, una niña de seis años que queda huérfana tras la muerte de su padre y acaba yendo a vivir con sus tíos y su prima, quienes se convierten en sus nuevos padres y su nueva hermana. La pérdida maternal y las secuelas deja en la pequeña, la suplencia de esta ausencia por parte de su tía/madre y la adaptación de todos los miembros de la familia a esta nueva configuración son las piezas que vertebran la cinta, un relato contado íntegramente desde el prisma de la pequeña y con la cámara siguiendo cada uno de sus pasos y, sobre todo, lo que siente y piensa a cada instante. La conexión personal de la directora con el material hace que sepa construir con detalle y precisión a todos los personajes, especialmente a tres protagonistas femeninas dotadas con una gran cantidad de matices emocionales. Estas emociones son transferidas al espectador, pero para ello no se recurre a sentimentalismos, los sentimientos fluyen de forma totalmente orgánica en cada escena y eso provoca una respuesta emocional tan pura como la de un niño.

La efectividad de esta obra a la hora de llegar al corazón proviene de las interpretaciones. Verano 1993, desde punto de vista infantil e inocente, captura las idiosincrasias de la forma de pensar de los niños en las diferentes situaciones que muestra, con buena parte del mérito viniendo de la naturalidad abrumadora por parte de las dos jóvenes actrices —y tan jóvenes— Laia Artigas y Paula Robles, para quienes el rodaje es un juego y así queda plasmado en cada una de las secuencias que comparten y que, justamente, representan el juego constante producido durante los días veraniegos. Difícilmente no te robarán el corazón con esos toques de humor que aparecen cuando menos te los esperas, con divertidas líneas de diálogos propias del ingenio infantil. Artigas se erige como la estrella absoluta de la película, capaz de transmitir felicidad o tristeza según el filme lo requiera. La complejidad emocional de su personaje, en plena fase de aceptación de la mortalidad y adaptación a su nuevo nucleo familiar, contrasta con los momentos de pura sencillez propia de un infante que se rige por los instintos más básicos y su afán por pasarlo bien —y que representa tan bien el adorable personaje de su hermana Anna—. Por otro lado tenemos a Bruna Cusí con el difícil papel de la madre adoptiva, quien debe aprender a regular su relación con una imprevista segunda hija, ardua tarea ante el comportamiento comprensiblemente errático de la protagonista. No sabía qué esperar ante la lluvia de halagos que esta ópera prima ha ido recibiendo y me alegra muchísimo unirme al club de fans de Verano 1993, otro debut catalán espectacular tras las estupendas El rey tuerto (El rei borni, 2016) y Las amigas de Àgata (Les amigues de l’Àgata, 2015).

20th Century Women

La segunda película de Mike Mills fue una de las que sonaron bastante de cara a los Oscar de hace unos meses. Al final solo cayó una nominación en la categoría de guión original, pero eso no significa que no nos encontremos ante un peliculón sorprendente. Ambientada en los años 70 californianos, sorprende cómo el eje de la cinta es un hombre y no las tres 20th Century Women (íd., 2016), como reza el título. Esto se debe al carácter semiautobiográfico de la obra, con Mills viéndose representado como el adolescente Jamie, pero que este jovenzuelo sea el centro del largomentraje no le resta protagonismo a los personajes femeninos, en absoluto, dado que el objetivo final es el de homenajear a las mujeres que estuvieron en la infancia del director y le criaron para salir adelante. Unas mujeres dispares que representan distintos tipos de relación con el joven protagonista —amor romántico/amistad femenina, amor fraternal y amor maternal—, cada una en fases distintas de la vida y con preocupaciones totalmente diferentes pero todas ellas en fase de transición, perdidas en mayor o menor medida, buscando su lugar en el mundo o reinventándose ante los nuevos tiempos. Otra sorpresa, absolutamente agradable, es encontrarse cómo se aborda el feminismo y la libertad sexual femenina desde la naturalidad y sin ningún tipo de tapujos, especialmente desde los personajes de Elle Fanning y Greta Gerwig, quienes inician al joven Jamie en estas cuestiones mientras Annette Benning, la mayor de todas, se mantiene recelosa ante los cambios y nuevos pensamientos. Por último, durante el visionado me pilló por sorpresa el estilo visual y narrativo de Mills, muy dinámico a la hora de utilizar referencias a la cultura pop o a eventos futuros para complementar y contextualizar el relato pero especialmente brillante durante la presentación de personajes, ya que con cuatro pinceladas de su pasado consigue definirlos sin estereotipos.

Kékszakállú

Seguimos con el primero de un trío de filmes argentinos que pretenden radiografiar el estado de la sociedad del país, el cual se puede transportar fácilmente al sentir de la población de muchos otros paises. En Kékszakállú (íd., 2016), una película inspirada libremente en la ópera El castillo de Barbazul de Bela Bartok, el director Gastón Solnicki recurre a la estabilidad de los contemplativos planos fijos —con muchos fotogramas visualmente dignos de postal— como representación del inmovilismo vital y profesional en el que se encuentra la juventud, que se adentra a la vida adulta con menos opciones que nunca y el miedo de acabar hundidos en un futuro negro. Por su parte, el ritmo pausado con escenas que saltan y nos llevan de un lado a otros introduce al espectador en una letargia desde los primerísimos compases donde de muestra esta juventud muerta como un grupo de zombies vacacionales.

El futuro perfecto

Y de un futuro negro pasamos a un futuro perfecto, el de la protagonista de El futuro perfecto (íd., 2016), una joven asiática que recientemente se ha mudado a la ciudad de Buenos Aires. Pero no me refiero tanto a una prosperidad próxima sino al tiempo verbal, dado que parte del hilo conductor del filme se encuentra en las clases de español que recibe para sobrevivir y adaptarse en tierras argentinas. El desarrollo de la premisa es bastante ligero, recurriendo al “pez fuera del agua” para crear situaciones que sirven tanto para el disfrute cómico como para la evolución del personaje principal, quien crece de igual manera que crece su conocimiento de español y por ello la complejidad de los diálogos. Lo peculiar es cómo Nele Wohlatz lleva esta evolución a las formas de su primera obra en solitario, especialmente con las últimas secuencias una vez Beatriz/Xiaobin aprende el condicional para expresar sus deseos y su visión del futuro.

Los decentes

La guerra de clases, igual que muchas otras realidades sociales, es un tema que ha sido ampliamente tratado en el séptimo arte, pero pocas veces se ha mostrado de forma tan literal como en Los decentes (íd., 2016). Esta entretenida dramedia de Lukas Valenta Rinner gira alrededor de Belén, una limpiadora del hogar en una casa perteneciente a una familia de clase alta localizada en una urbanización que comparte frontera con una comunidad naturalista. La curiosidad hace que nuestra protagonista se adentre al otro lado y experimente una fase de autodescubrimiento y liberación personal al encontrarse en un entorno donde ella se siente cómoda, alejada del artificio y la superficialidad de los ricos. Esta colisión entre mundos previamente anunciada es constante durante todo el metraje a través de diferentes situaciones pero explota en un último cuarto de hora bastante salvaje. Una vez acaba no deja mucho poso ya que no hay un discurso contundente, pero su visionado resulta agradable y el clímax final deja buen sabor de boca.

Para terminar definitivamente y poner el broche final a la cobertura, os dejo el ranking del D’A 2017 actualizado con los últimos largometrajes comentados sobre estas lineas. Como podéis ver en la lista está incluida High-Rise (íd., 2015), dado que hubo una proyección gratuita durante el festival, pero la película no se encuentra en los artículos del D’A al haber hablado ya de ella durante el Festival de Sitges 2015.

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